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¿Se le hubiera ocurrido éste final a Hitchcock?.
Es algo díficil de creer…Francia saliendo del ataúd camino del cementerio para borrar en el último instante del drama, esa agobiante desventaja de 1-0, y proyectarse a través de una espectacular resurrección, hacia una victoria gloriosa de 2 por 1, con ese gol, que fue más de alma que de oro, logrado con esa estocada de zurda de Trezeguet, agitando millones de corazones,
Al minuto 90, con el marcador 1-0 a favor de Italia gracias al acierto de Del Vecchio muy temprano en el segundo tiempo, ví al gran Zinedine Zidane bajar los brazos, como lo hizo Napoleón en Moscú…Unas lágrimas salían desde la cima de la Torre Eiffel, el Arco del Triunfo se había ocultado masticando frustración, se escuchaban desgarradores gemidos en Notre Dame y El Sagrado Corazón de Jesús, y el flujo del río Sena se había detenido…Francia sufría.
El Campeón del Mundo, con toda su constelación de estrellas, había sido superado por un equipo italiano, que supo saltar por encima de las murallas que levantan Nesta y Cannavaro, aprovechar algunas oportunidades, tomar espacios vacíos y generar peligro para construir esa ventaja y acercarse a la orilla de la coronación soñada desde 1982.
No, ayer en Rotterdam, los italianos no fueron sepultureros del buen futbol. Se arriesgaron, ofrecieron un buen espectáculo, y estaban acariciando la Copa Europea en aquel minuto 90, mientras Zidane, Henry y Barthez, parecían resignados a escuchar el doblar de las campanas.
Pero quedaban 4 minutos de alargue para recuperar el tiempo perdido, y eso, en ocasiones como la de ayer, es demasiado tiempo.
Ah, si hubieran sido sólo tres minutos, sería Italia y no Francia el campeón de Europa…Pero, no, era necesario jugar ese maldito minuto cuatro y vimos a Del Piero con la angustia reflejada en su rostro…Del Piero, el ídolo italiano que ingresó en el segundo tiempo para agilizar el juego y tuvo en sus botines, dos grandes posibilidades de “acuchillar” las esperanzas de Francia, pero falló…Primero fue sobre un pase medido milimetricamente por Totti en el minuto 13 del segundo tiempo, y después, a los 39 minutos de esa misma etapa, malogrando un pase tres cuartos de gol enviado por Albertini que Barthez alcanzó a desviar con la punta de su zapato derecho…Ah, si Del Piero hubiera concretado una de esas dos opciones claras, Italia hubiera conseguido la victoria con todo el merecimiento del caso…Pero, cuántas veces los merecimientos se estrellan como el Titanic contra las rocas de una cruel realidad.
Quedaban cuatro minutos con los franceses cabalgando sobre el potro de la agonía y los italianos atravesando el mar de las angustias…Pasaron tres minutos y quedaba uno, sólo uno Dios Mío, ¿cómo podría cambiar en tan poco tiempo el desenlace de ésta Copa?.
Y ocurrió, ante el asombro del mundo entero.
Sylvain Wiltord entró en el minuto 58 por el ensombrecido Dugarry, y desde que puso un pie en la cancha, se sintió una carga eléctrica…El muchacho es veloz, desconcertante, atrevido, irreverente y se tiene una confianza bárbara…Fue él quien recibió la pelota a sólo 30 segundos del festejo italiano, consiguió el perfil requerido y su remate raso tomó a Toldo saliendo en busca de otro achique…la pelota pasó debajo del manotazo del arquero y fue a las redes…La Torre Eiffel comernzó a enderezarse en ese momento y la espalda del Jorobado de Notre Dame recuperó su esbeltez.
Hace 30 años, en el Mundial de México, cuando Alessandro del Piero todavía no había nacido, Alemania con un gol de Schnellinger sobre el pito del árbitro, le empató a Italia tan dramáticamente como Wiltord lo logró ayer, pero la Squadra Azurra, a diferencia de lo que sucedió en Rotterdam, triunfó en el tiempo extra.
Era obvio que Francia, saliendo de los escombros, sería el equipo más crecido espiritualmente para la etapa extra de esfuerzos, y estuvo llegando con más consistencia…Italia, naturalmente, se refugiaría en esa extraordinaria capacidad de contención para recurrir al olfato, los reflejos y la agilidad felina de Toldo en los penalties.
El público holandés, del lado de los franceses, no quería quie el partido llegara a ese punto, pero para eso, se necesitaba una genialidad.
Y ocurrió, amigos, no anunciada como las de David Cooperfield, pero si deslumbrantemente elaborada, como un milagro.
Robert Pires, otro jugador utilizado por Lemerre como reemplazo oportuno, fue hasta el fondo por el sector izquierdo mientras Toldo se movía a cuidar el primer palo, maniobra que le había proporcionado excelentes resultados en el juego…Cerrándose el ángulo de tiro, Pires envió un pase en diagonal hacia atrás y apareció Trezeguet como si fuera el Fantasma de la Opera, y utilizando un improbable espacio vacío, enganchó la pelota con su zurda, completando un giro brusco, como esos ganchos que disparaba Joe Frazier, sacudiendo la red de Toldo para matar a Italia.
Atrás, muy atrás, quedaba el largo pase de Pessoto desde la derecha hacia Marco Del Vechio para el gol italiano a los 55 minutos, justo premio en ese instante, a una disciplina táctica manejada con orden y sólidez a hierro y fuego.
Después del gol de Trezeguet para el 2-1, el Arco del Triunfo regresó al lugar de siempre en los Campos Eliseos…No para ver pasar las tropas de Bonaparte, sino para recibir a éste equipo que fue capaz de salir de hoyo a última hora, para proyectarse en menos de 10 minutos, hacia una resonante victoria.
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