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La escasez de maíz es apenas un indicador de las limitaciones alimenticias que van cercando a los nicaragüenses, que hemos visto crecer las áreas de cultivo de granos básicos sólo en los indicadores oficiales, mientras las pérdidas de producción son grandes.
Es difícil así que Nicaragua vuelva a ser el granero de Centroamérica, como en la década del 70, porque cosechamos menos y gastamos más dólares en la importación de alimentos. En los últimos tres meses, por ejemplo, el país ha comprado afuera más de cien mil quintales de maíz.
En el caso del arroz, la producción bajó de 3.8 millones de quintales a 1.4 millones entre 1998 y principios del 2000.
Por otro lado, los precios del frijol suben con frecuencia por las “exportaciones”, porque vienen salvadoreños a comprar las cosechas, sin que eso signifique siempre un beneficio real para el productor y el país.
El productor, por lo general de escasos recursos, tiende a perder porque vende a precios bajos tratando de cubrir sus necesidades urgentes; y el país porque a la postre gasta más en la importación de lo que gana por la exportación. Quienes ganan mucho son los comerciantes que compran barato y revenden en otro país.
La mayoría de campesinos siembran maíz con dos propósitos: Vender una parte para obtener otros productos básicos y almacenar para la alimentación de la familia, porque en áreas rurales importantes, al norte, centro y occidente del país, la comida diaria es tortilla con sal y en ocasiones especiales le añaden frijoles.
Para estos campesinos la exportación no existe. Ellos venden su maíz por necesidad y guardan otro poco para sobrevivir hasta la próxima cosecha. Si les cae una sequía, inundación u otro desastre natural, tan comunes aquí, quedan por completo a expensas de la ayuda exterior.
Después de cada cosecha de maíz, los agricultores nicaragüenses pierden más de 60 millones de córdobas en granos que se dañan por falta de almacenamiento y al menos 34,000 familias padecen hambre por esa razón.
Desde hace ocho años la Cooperación Suiza para el Desarrollo (COSUDE) ha pretendido que 200,000 productores de maíz dispongan de silos artesanales, para que guarden al menos 18 quintales por familia y garanticen su subsistencia. Sin embargo, sólo lo han logrado con 27,000 agricultores, el 13.5 por ciento.
¿Por qué? Parece que la mayoría de los productores de maíz no disponen de 700 córdobas para comprar un silo artesanal, porque viven “coyol quebrado coyol comido”, como decimos aquí.
Cuando el huracán Mitch dañó gran parte de Nicaragua, a finales de octubre de 1998, el Programa Mundial de Alimentos (PMA) tuvo que distribuir, entre los damnificados, más de cinco mil seis cientas toneladas de comida durante los dos meses siguientes.
Para completar la asistencia, el PMA tuvo que desviar dos barcos hacia Nicaragua. Uno iba para Angola con 1,200 toneladas de cereal de soya y el otro llevaba 2,600 toneladas de maíz hacia Honduras. Por avión entraron otros víveres.
Esa experiencia nos hace pensar que nuestro país, vulnerable a los desastres naturales, necesita por lo menos una reserva de alimentos, de cuyo aseguramiento deberían ocuparse el Estado y las ONG del sector, ya que es difícil pensar en que habrá seguridad alimenticia, a mediano plazo, si en el campo la gente ni siquiera puede cosechar el maíz necesario para comer cada día.