JORGE [email protected]
La razón que se ha dado para redactar un nuevo Código Penal en Nicaragua obedece a la necesidad de contar con una legislación moderna y funcional que supere las deficiencias que tiene el código actual. Dentro de ese proceso de redacción, nuestros legisladores pronto tendrán que decidir si ese nuevo código deberá permitir o no la práctica legal del aborto en determinadas circunstancias, específicamente, en el caso del llamado aborto terapéutico. El código vigente, que data de fines del siglo XIX, lo permite. La pregunta es: ¿deberá continuar siendo permitido, o por el contrario, es una de las deficiencias que el nuevo código debe superar?
El aborto terapéutico es aquel en que el médico mata al niño para salvar la vida de la madre. Cuando se redactó el Código Penal vigente, la ciencia médica estaba en pañales y la disyuntiva entre salvar una vida o la otra era patética, pero en la actualidad, con los avances de la medicina, prácticamente no existe. Son muy raros los casos de conflicto entre la vida de la madre y del hijo. En Chile, por ejemplo, donde no está permitido ese tipo de aborto, no se ha reportado, desde 1989, ninguna muerte de madres por ese tipo de embarazos. La cesárea, que en épocas pasadas resultaba en la muerte de la madre en un 80% de los casos, es ahora un procedimiento común y seguro que puede salvar la vida de ambos. A pesar de ello, no son pocos los que siguen proponiendo el aborto terapéutico bajo premisas inexistentes.
Los proponentes del aborto en Nicaragua, al igual que en todas partes del mundo, pretenden presentar el problema como uno entre fanatismo religioso y ciencia. Ellos, obviamente, pretenden estar ubicados del lado de la ciencia. De hecho, es todo lo contrario. Tales personas insisten, sin ninguna base científica, en que aquello que se destruye en todo aborto no tiene más significancia moral que la de un tumor. Pero no es así. Lo que se destruye es una vida humana que empezó en el momento de la concepción, o sea, en el instante cuando se unieron el óvulo y el espermatozoide. En ese instante empieza el proceso de formación de un ser humano específico, único e irrepetible. Si ese proceso no se interrumpe, dará lugar en su oportunidad al nacimiento de un varón o de una mujer que vivirá equis número de años. Todos —incluyéndonos usted y yo, apreciado lector— pasamos por ese proceso. El hecho de que hayamos llegado a la edad que tenemos es porque nuestros procesos formativos no fueron interrumpidos. El Dr. Bernard Nathanson, médico norteamericano de origen judío, y que fue uno de los grandes promotores de la legalización del aborto en los Estados Unidos, dice: “Como científico no es que crea; es que sé que la vida empieza en el momento de la concepción y debe ser inviolable”. En definitiva no es un asunto de fe; es un asunto de ciencia. Tan es así que recuerdo varias veces haber visto en las marchas contra el aborto en Washington, D.C. a un grupo de personas que se identificaban como “Ateos por la vida”. Es obvio que su posición contra el aborto no podía obedecer a ningún “fanatismo religioso”.
El problema empezó en los Estados Unidos en 1973 cuando la Corte Suprema de Justicia, en un acto de desprecio por la más elemental embriología, describió al feto como “vida en potencia” y legalizó el aborto. Con ese fallo se abrió paso en ese país a la cultura de la muerte, al punto de que el miércoles de la semana pasada la Corte Suprema de Justicia falló otra vez para elevar a rango de derecho constitucional “fundamental” el procedimiento quirúrgico que permite abortar —léase matar— a un niño ya casi nacido.
Desgraciadamente, nuestro país está bajo la influencia y presión de instituciones financieras, de organismos no gubernamentales y de países que promueven el aborto. Debemos de resistir esa presión. Aprendamos lo mucho de bueno que pueden enseñarnos los países desarrollados como los Estados Unidos, pero decidida y enérgicamente rechacemos lo malo de esas sociedades.
Todo el lenguaje justificativo del aborto que utilizan los grupos locales que lo promueven es una vulgar copia de los grupos antivida de esos países. El aborto es muerte. No resuelve ningún problema; ni el de la madre, ni el de la sociedad, y mucho menos el del niño a quien se le niega la oportunidad de vivir. Amemos y defendamos la vida. Digamos no a cualquier forma de aborto.
El autor es miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA