La derrota electoral que sufrió el Partido Revolucionario Institucional (PRI), después de 71 años de continuismo y de 14 elecciones consecutivamente ganadas o arrebatadas a la oposición, significa el fin del régimen autoritario de partido-Estado en México y el inicio de una nueva revolución mexicana.
En realidad, no nos equivocamos al señalar el sábado 1 de julio, que estas elecciones tendrían para México y el mundo el mismo significado histórico que tuvieron los comicios de febrero de 1990 en Nicaragua, cuando la poderosa maquinaria partidista, política, militar y estatal del FSLN fue derrotada electoralmente por la oposición democrática aglutinada en la UNO.
Ahora bien, la nueva revolución democrática que comienza con la victoria electoral de Vicente Fox, del conservador Partido de Acción Nacional (PAN) y la Alianza por el Cambio (que formó el PAN con el Partido Verde Ecologista), es muy diferente a la primera revolución mexicana que en noviembre de este año cumple su 90 aniversario. La de 1910 fue básicamente una revolución agrarista, en tanto que la de ahora es una revolución fundamentalmente democrática y moral.
Tan sólo el hecho de que hubiera una elección libre y limpia tenía que significar una revolución en México, donde en los últimos 70 años los procesos electorales fueron pervertidos por el fraude, la imposición y la corrupción. Apenas 6 años atrás, en 1994, el pueblo mexicano sufrió su última gran frustración política cuando el gobernante PRI arrebató, mediante el fraude, la victoria electoral de Cuauhtémoc Cárdenas y su centro izquierdista Partido Revolucionario Democrático (PRD).
Cabe esperar ahora que, dado el liderazgo que ejerce México en Iberoamérica, la nueva revolución mexicana democrática ejercerá una influencia muy beneficiosa en los países latinoamericanos donde la democracia subsiste en precarias condiciones, debido a la pobreza pero sobre todo por la corrupción gubernamental y la contumacia del autoritarismo y el continuismo.
Para Nicaragua, cuyos vínculos con México son particularmente estrechos debido a múltiples causas y razones históricas, culturales, étnicas y socioeconómicas, las lecciones principales de la histórica y revolucionaria decisión electoral mexicana del domingo pasado, son -entre otras- las siguientes:
Primero, que la realización y el aprovechamiento propagandístico de obras materiales del Gobierno no hace diferencia a favor del partido y el candidato oficialista, si la mayoría de los ciudadanos tiene conciencia de la necesidad del cambio político y moral en el país.
Segundo, que una buena situación macroeconómica, inclusive excelente como la que hay en México actualmente, tampoco inclina obligatoriamente la balanza electoral a favor del partido oficialista. Igual ocurrió en las elecciones presidenciales de Guatemala en 1999.
Tercero, que para vencer a un poderoso partido político gobernante que ha hecho del Estado una finca y que aprovecha todos los recursos públicos, no es absolutamente necesario formar una alianza de todos los partidos de oposición. El PAN únicamente se alió con los ecologistas, pero inclusive un sólo partido puede vencer a la poderosa maquinaria del partido-Estado, si logra representar la esperanza y la necesidad de cambio democrático, moral y socioeconómico de la nación.
Cuarto, que el partido y el líder político alternativo al sistema autoritario y corrupto, debe asumir y proclamar con audacia las reivindicaciones y demandas democráticas y progresistas de la población, no dejarlas en manos de los tradicionales sectores de derecha y de izquierda que las manipulan con habilidad y demagogia.
Finalmente, la histórica y revolucionaria elección del domingo pasado en México fue posible también porque las autoridades electorales son autónomas, ajenas a las directrices y las influencias de los partidos políticos. O sea, todo lo contrario de lo que hay en Nicaragua con el nuevo Consejo Supremo Electoral bipartidista.
Finalmente, fue emocionante ver cómo de parte del Presidente Ernesto Zedillo no hubo lágrimas de ira o resentimiento, ni amenazas con “gobernar desde abajo”, cuando le tocó ser el primer líder del PRI en toda la historia que admite la derrota de su partido.
Mientras tanto, en Nicaragua seguimos caminando hacia atrás, como el cangrejo.