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El fenomenal velocista norteamericano Michael Johnson.

Entran las fieras de pista y campo

El deporte rey, el atletismo, despegó en los Juegos Olímpicos de Sydney, Australia, 2000 Edgard Tijerino M. Enviado [email protected] SIDNEY. Las pruebas de pista y campo han sido, desde que se inventaron los Olímpicos, la esencia de los Juegos… Y están por arrancar, con todo el ímpetu que garantizan las fieras en busca del oro […]

  • El deporte rey,
    el atletismo, despegó en los Juegos Olímpicos de Sydney, Australia, 2000

Edgard Tijerino M. Enviado [email protected]

SIDNEY. Las pruebas de pista y campo han sido, desde que se inventaron los Olímpicos, la esencia de los Juegos… Y están por arrancar, con todo el ímpetu que garantizan las fieras en busca del oro y las marcas.

Desde chavalo siempre tuve una idea fija alrededor de los 100 metros: no existe un evento deportivo más electrizante y envuelto en una mayor dosis de suspenso, que la lucha entre los relámpagos de la pista.

En los 100 metros, nadie puede parpadear. Todos: público, protagonistas, jurados y periodistas, nos sentimos a bordo de un tren bala, atrapados por una agitación imposible de controlar… Ese ruido de tambores de guerra —¿lo han escuchado alguna vez?—, es producto de los latidos de nuestros corazones.

Es, como si por diez segundos, el mundo se detuviera, la gravedad dejara de funcionar, y el viento se empinara para no perderse detalle.

En 1996, en el Estadio Olímpico de Atlanta, igual que en Los Angeles 84, y Barcelona 92, ahí estaba yo, en medio de 80 mil testigos disfrutando de ese gran momento, viendo al favorito Frankie Fredericks –reciente vencedor de Michael Johnson en los 200 en Suecia— en el carril 5, con el deslumbrante Ato Boldon en la pista número 3 y Donovan Bailey, listo para proyectar todo su ímpetu por la carretera 4… Y estaban también Christie y Marsh, y el explosivo Denis Michell y Davison Ezinwa, y Michael Green… Es decir, los ocho hombres más rápidos del planeta y sus alrededores.

Para todo sprinter, los minutos, las horas, los años de adiestramiento, se diluyen en 10 segundos o menos… Todo es demasiado rápido y una falla, por muy pequeña, resulta mortal… Pregúntenselo a Silvio Leonard, quien permitió que le sacaran la medalla de oro del bolsillo en los Juegos de Moscú hace 19 años… Se atrevió a lanzar un vistazo sobre sus rivales y Allan Wells se le metió por la puerta de la cocina.

Cuando hace tres años en Atlanta, el sonido del balazo llegó hasta nosotros, las imágenes de ocho competidores se habían convertido en algo borroso… Vi a Frederick, hombro a hombro con Mitchell mientras Bolton se adelantaba, pero el flash fue Bailey, quien pareció no tocar nunca la pista con la suela de sus pinchos… Más que volar, daba la impresión de estar desplazándose descalzo sobre carbones encendidos sin quemarse los pies… En todo instante, fue un fogonazo cegador, y haciendo saltar los cronómetros con un tiempo de 9.84 segundos, estableció la nueva marca mundial.

Cuando todos regresamos a la tierra, pensé una vez más: ¿Podrán seguir las arremetidas?

En 1988, durante los Juegos de Seúl, Ben Johnson estremeció al mundo corriendo el hectómetro en 9.79 segundos… Aquello fue insólito, pero más adelante se descubrió que fue necesario el aporte de una sustancia llamada estanozolol, para lograr la increíble marca… Naturalmente lo descalificaron y en el aire quedó flotando una interrogante: ¿Quién podrá llegar a devorar la pista en ese tiempo algún día?

Y en Atenas, en una tarde de 1999, el 16 de junio, el brillante ganador de la Copa del Mundo del 97, Maurice Greene, convertido ahora en un estable y casi invencible sprinter, lo logró limpiamente…Con el viento paralizado y sin necesidad de ningún estimulante ilegal… ¿Un tiempo de 9.79 segundos?.. ¡Por Dios!, cómo fue posible?

En 1997, un corredor de dos años de trabajo, Maurice Greene, saltó al escenario con sólidas pretensiones… El compañero de campamento de Ato Boldon, mostró rápidamente la dentadura y comenzó a crecer… En Atenas, durante el Mundial, atrapó el oro provocando un gran impacto… En apenas seis meses, se había transformado en una estrella de la pista.

Mientras transcurría 1998, acentuó su dominio y una tarde no muy lejana en 1999, hizo explosión, enfrentando el reto de Boldon, Surin y Fredericks, el excepcional Greene, en ruta hacia una nueva marca mundial: 9.79 segundos, no dejó huellas porque nunca tocó el piso… Boldon obtuvo la mejor salida y se mantuvo al frente por 40 metros, pero Greene terminó de poner a funcionar sus motores, y como si fuera un McLaren o un Ferrari, trazó un arco iris de asombro fabricando la proeza.

¿Qué nos espera aquí en Sydney en la prueba reina?… ¿Por cuánto tiempo sobrevivirá la marca de Greene?… ¿Qué es lo que estará escrito en las estrellas que iluminan las pistas?…Estas intrigas quedan abiertas.  

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