- Derrochar el dinero ensangrentado fue su perdición
- Cruz Barba cometió un error garrafal, una elemental falta de sentido común que habría de costarle caro. Comenzó a gastar a manos llenas el dinero obtenido de manera tan sangrienta.
Anuar Hassan y Emiliano Chamorro
Históricamente, la mentalidad de los asesinos ha corrido casi siempre aparejada con los avances de la época en materia de investigación criminal. Sin embargo, ha habido casos y no tan raros por cierto, en que la agudeza mental del delincuente supera con creces la de sus enemigos por naturaleza, para quienes los adelantos en la criminología resultan de escasa ayuda en el esclarecimiento de un evento sangriento.
Queremos decir con esto que si Cruz Barba Zeledón hubiera iniciado su carrera en estos días y en un país científicamente adelantado no habría tardado más de unas cuantas horas en ser apresado por la Policía.
El sábado 14 de abril de 1956 en la hacienda cafetalera El Tizate, enclavada en las brumosas cumbres de El Crucero, a 20 kilómetros de Managua, había gran movimiento de gentes: era día de pago y los mozos se agrupaban alborotados alrededor de la casa hacienda donde recibirían su salario semanal.
Muy temprano de la mañana el pagador de la hacienda, Dolores Canales, había salido hacia las oficinas de su patrón, Rafael Cabrera, en Managua, para traer el dinero de la planilla.
Y aunque las actividades delictivas no eran tan frecuentes en la zona, sus compañeros le recomendaban que pidiese a su patrón que lo proveyese de algún arma de fuego para defenderse de cualquier eventual agresión, por transportar regularmente grandes sumas de dinero
Lolo agradecía a éstos su preocupación y los tranquilizaba al decirles que él no tenía enemigos grandes ni chiquitos y, por lo tanto, no había nada que temer. Olvidaba sí, que el dinero que a veces llevaba consigo en cuantiosas sumas tenía también amigos que, llegada la oportunidad, no dudarían en preferir su compañía.
Ese sábado pues, la aparición de Lolo era esperada con la misma ansiedad de todos los días de pago. Pero pasadas las horas en que aquél acostumbraba regresar a la hacienda, entre las diez y las once y media de la mañana sin que llegase con el dinero, la intranquilidad empezó a adueñarse de todos.
La noticia de que era portadora la niña Gloria Figueroa de nueve años e hija de un trabajador de la hacienda sacudió como un rayo en verano a los trabajadores. ¨Lolo está muerto en el guindo¨, dijo entre jadeos la niña que inmediatamente se mostró dispuesta a llevar a los asombrados peones al sitio del hallazgo.
Efectivamente, a unos 400 metros de la entrada de la hacienda se encontraba el cadáver de Canales. Estaba en el fondo de una cañada de las que conforman la accidentada topografía de esa zona del sur de Managua.
Los investigadores solicitados a la Central de Policía de Managua descubrieron un orificio de bala en el costado derecho de su cuerpo. En su curso el proyectil dañó vitales arterias que causaron la muerte casi inmediata del pagador.
En uno de los bolsillos del pantalón los agentes encontraron un solitario billete de cinco córdobas. Pero la alforja en donde Canales llevaba los siete mil córdobas para pagar a los trabajadores había desaparecido.
Los detectives reconstruyeron la escena. Confirmaron que Canales se bajó del bus en el kilómetro 20, en donde un rótulo señala la entrada a ¨La Horqueta del Tizate¨. De este sitio a la casa-hacienda hay unos tres kilómetros de terreno accidentado. En un punto del camino solitario lo esperaba el asesino que le disparó desde el lado derecho. Al caer Canales mortalmente herido, su asesino se acercó, tomó la alforja con el dinero y huyó.
Durante la vela del cadáver del pagador fueron arrestados dos hombres, entre ellos Jacinto Reyes, un campesino de la zona cuyo comportamiento ese día fue considerado como sospechoso.
Pero los dos o tres sospechosos detenidos en relación con el caso fueron liberados poco después al comprobarse que no tenían nada que ver.
El martes 17, tres días después del asesinato, la alforja en donde Canales llevaba el dinero del pago de los trabajadores de la hacienda fue descubierta en los alrededores. En su interior había 487 córdobas que el asesino, apremiado por algún motivo, no tuvo tiempo de llevarse.
Este hecho no dejó de llamar la atención de los investigadores, quienes siguiendo la línea de pensamiento del asesino suponían que éste se había llevado la alforja con el dinero y la había quemado o enterrado después. Además, por información del señor Cabrera sabían que los siete mil córdobas estaban distribuidos en billetes de 10 y 20 córdobas, lo que significaba una enorme cantidad de billetes que hacían difícil su traslado, a no ser que el asesino hubiese llevado otro recipiente al que trasegó el dinero de la alforja.
Aún debieron transcurrir algunos días más para que la hipótesis de la Policía sobre la procedencia del asesino se viera plenamente confirmada.
Que se supiese, una vecina llamada Lucía Vega Castro no había recibido ninguna herencia ni ganado algún premio de la Lotería, pero de pronto comenzó a dar señales de cierta bonanza económica, en contraste con la vida de estrecheces que la gente le conocía.
El súbito cambio en el tren de vida de la mujer fue comunicado a la Policía, que la arrestó para interrogarla.
Tras una serie de explicaciones cuya nula credibilidad los investigadores le demostraron, la mujer se rindió. Dijo que el dinero se lo había dado, el mismo día del asesinato del pagador, un sujeto llamado Cruz Barba Zeledón, ex trabajador de El Tizate con quien había hecho vida marital pero del que estaba separada desde hacía algún tiempo.
El tal Barba hacía ostentación de mucho dinero, dijo la mujer. Agregó que el hombre le dijo en confianza que había encontrado muerto al pagador y aunque no habló nada sobre la muerte de éste ni del dinero que Canales llevaba, su petición de que asistiesen esa noche a la vela ¨para que no sospechen de mí¨, la hizo a ella sospechar sobre el verdadero origen del dinero y del autor del asesinato.
Barba y la mujer estuvieron efectivamente en la vela de Canales, a cuya esposa le trasmitieron su pesar y no se retiraron de la casa hasta que el sueño los venció.
Pero Barba ya no estaba en El Tizate. Después de regalar a su madre la suma de 700 córdobas se dirigió a Matagalpa, de donde era originario.
Una comunicación con la Policía matagalpina permitió conocer a los investigadores que Barba Zeledón era un tipo peligroso, que había huído de aquella ciudad después de asesinar a tiros a finales de los años 40, cuando salía de misa de un templo, a un miembro de la familia Arteta con la que mantenía rencillas de vieja data.
Cuando la Policía matagalpina le cayó, Barba Zeledón ya se había gastado más de dos mil córdobas, incluyendo la compra de un tocadiscos en 700 córdobas. Además, acometido de un acceso de súbita generosidad, había dado en préstamo a algunos amigos unos cuantos centenares más.
Interrogado en primer lugar sobre la procedencia del dinero tan espléndidamente gastado, dijo que procedía de la venta de una pequeña finca que tenía en Matagalpa.
A esta ciudad, dijo, había viajado para cobrar 500 córdobas que le entregaría el doctor Luis Alberto Gutiérrez, aunque había gastado mucho más que esa cantidad.
Dijo que el día del asesinato del pagador se encontraba en la cantina de su amigo Alfredo Joya, detrás del comando militar de El Crucero. Precisamente fue en la cantina de Joya donde se enteró del asesinato del pagador y como era muy amigo suyo por haber trabajado en la hacienda, se dirigió al comando donde con una patrulla que aceptó llevarlo llegó hasta el lugar del crimen.
El cantinero confirmó la presencia de Barba ese día en su casa y agregó haber recibido de éste, en calidad de préstamo, la suma de 500 córdobas. Los detectives preguntaron a Joya por la denominación de los billetes que Barba le entregó y dijo que eran billetes de 10 y 20 córdobas, exactamente de la misma denominación de los que el pagador llevaba en su alforja cuando fue asesinado.
Finalmente admitió haber vendido a un tipo llamado Fermín Blandón, de Matagalpa, la pistola 38 especial, calibre corto, con que presuntamente asesinó a Canales. Había suficientes presunciones contra Barba Zeledón. Según los investigadores, una simple operación aritmética demostraba el desbalance entre el dinero obtenido lícitamente, según Barba, y sus gastos.
Sin embargo, algo que hubiera hundido sin remisión al sospechoso como fue el resultado de la llamada prueba de Addhler, efectuada por el laboratorio de la Policía en las prendas de vestir que Barba llevaba el día de la muerte de Canales, no tuvo mucho efecto. Según los resultados de esa prueba, las manchas en la ropa eran de sangre, a lo que Barba no puso objeción, pero aclaró que se trataba de la sangre de un cerdo que había matado la noche anterior. La Policía no contaba entonces con medios para hallar la diferencia entre los dos tipos de sangre.
El puntillazo final contra el sospechoso lo dio una empleada de la hacienda, Julia Martínez, quien dijo a la Policía haber visto correr a Barba procedente del sitio donde fue encontrado el cadáver del pagador pero poco rato después, cuando se encontró con él, llevaba puesta otra ropa.
Con todos estos elementos, el juez Gonzalo Barberena dictó contra Cruz Barba auto de segura y formal prisión.
Pocos meses después fue encontrado culpable por un jurado y condenado a doce años de cárcel.
HIJO DE TIZATE
– En 1956 los investigadores policiales nicaragüenses no disponían, por ejemplo, de la prueba del ADN, tan común en estos tiempos, para determinar, casi en cuestión de minutos, de quién es la sangre encontrada en alguna pieza de vestir o en cualquier otra evidencia.
– Dolores Canales era un legítimo hijo de El Tizate. Nacido y criado en aquellos auténticos ventisqueros, había desempeñado todos los trabajos relacionados con la siembra, cuido y cosecha del café, hasta llegar a ser el pagador y hombre de confianza del señor Cabrera.
– El carácter afable de Canales, muy alejado del trato grosero y agresivo generalmente dispensando a sus compañeros por el típico mandador de las fincas nicaraguenses, le había granjeado el cariño y el respeto de la peonada y del resto del personal de la hacienda.
– Poco después de las doce y media la pequeña Gloria Figueroa, de nueve años, hija de un trabajador de la hacienda, llegó corriendo presa de gran agitación al encontrar el cadáver de Dolores Canales.
– Una de las medidas aplicadas por la Policía en su intento de esclarecer el asesinato, fue el decomiso de todas las armas de fuego en varios kilómetros a la redonda, la cual no dio igualmente los resultados esperados.
