LA DICTADURA NO PUEDE OCULTAR LA VERDAD

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Matrimonios en dificultades

J. Dávila y Castellón

La iglesia es madre y maestra de todos los hombres. Como Madre, le sobra comprensión y ternura, no juzga, no condena a nadie, está para servir. Como Maestra, ofrece la Palabra que ilumina y purifica, habla con claridad, corrige y orienta. La Iglesia alimenta, fortifica, enseña y sana por medio de la Palabra y los Sacramentos. La Mesa de la Misericordia y el Perdón está preparada para todos los que estén en las debidas condiciones y dispuestos a acercarse a ella.

Pero esta madre amorosa ¿posee una palabra para los matrimonios en dificultades? Claro que sí. Y es una palabra de profunda caridad como de diáfana claridad. En consecuencia, cuando el Vicario de Cristo, Juan Pablo II, toca este delicado tema, lo hace con amor de padre y transparencia de maestro a la vez. Y así se expresa sobre este particular: “No podemos ignorar el hecho de que algunos matrimonios fracasan. Es, sin embargo, nuestro deber proclamar las enseñanzas divinas en lo tocante al amor matrimonial e insistir en la fidelidad a tales enseñanzas, para alcanzar la plenitud de la vida en el Reino de los Cielos. No olvidemos que el amor de Dios por su pueblo, el amor de Cristo por su Iglesia, es eterno y no tendrá fin. Pues bien, igualmente indisoluble e irrevocable es el pacto entre un hombre y una mujer unidos por el matrimonio cristiano (Cfr. AAS 71, 1979, 1224). Esta verdad representa un gran consuelo para el mundo y, aún cuando algunos matrimonios fracasan, la Iglesia y sus miembros han de proclamarla siempre con fe”, señala el Papa.

Amar no significa comprometer la verdad ni disimular, disminuir o callar las exigencias que implica vivir según dicha verdad. Por lo mismo, el Papa reafirma la invariable doctrina sobre el matrimonio: el matrimonio es permanente e indisoluble, expresa el amor de Dios a su Iglesia y viceversa; amor que no se muda de acuerdo a los vaivenes de los caprichos y conveniencias. Más, también Su Santidad hace ver y sentir la presencia de Cristo a los matrimonios en crisis, destacando de esta manera el aspecto maternal de la Iglesia, cuando agrega: “Cristo, fuente viva de gracia y de misericordia, está junto a todas las personas cuya vida matrimonial ha pasado por pruebas difíciles, dolorosas y angustiosas. En todas las épocas, innumerables parejas de esposas han extraído del misterio pascual de la cruz y de la resurrección de Cristo la fuerza suficiente para testimoniar de un modo cristiano –no exento a veces de grandes dificultades– la indisolubilidad del matrimonio cristiano. Como ya he explicado en la Exhortación Apóstolica Familiaris Consortio, la Iglesia trabaja intensamente en la labor pastoral con las familias que de una u otra forma tienen dificultades. Debemos estar con amor –el amor de Cristo– al lado de los que han sufrido el dolor de su fracaso en el matrimonio, de aquellos que cargan solos con el peso de una familia que han de sacar adelante, de aquellos cuya vida familiar está marcada por la tragedia o por la enfermedad física o mental”, recomienda el Papa.

En este mundo donde los valores se olvidan con frecuencia o se pierden totalmente, no es de extrañar que se vaya perdiendo u olvidando en la práctica el sentido sacramental del matrimonio. Peligrosamente se considera el matrimonio como un mero compromiso social, del cual puede uno desligarse en cualquier momento, más que como una alianza de amor que, como reflejo de amor eterno de Dios al hombre y del amor de la Iglesia a Cristo está llamado a ser perdurable y definitivo: “Lo que Dios unió, no lo separe el hombre”, ordena el Señor. San Pablo, por su parte, considera el matrimonio como un gran sacramento referido a Cristo. Cuando una pareja se casa por la Iglesia no va sola; la acompaña Cristo. Lo importante es que los casados no lo expulsen de su vida y de su hogar.

El Papa finaliza enfocando el tema con estas palabras de aliento y exhortación: “Me merecen los mayores elogios aquellas personas que ayudan a las víctimas de un matrimonio fracasado, llevándoles la piedad de Cristo y aconsejándoles según su verdad. A las autoridades públicas y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad os digo: ‘tened en gran estima a vuestras familias. Proteged sus derechos”.  

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