- El viaje de día, temprano brinda la oportunidad de un periplo entretenido. El bosque, que a partir de Waspuk Ta adquiere mayor presencia, transmite la sensación de descubridor, de creerse el primero en circular por esos lares. Realmente es lo contrario
- Uno de los mayores atractivos del río son los lagartos. La escena es breve. Apenas advierte la ruidosa presencia humana, el cuerudo animal que fresco posa sobre una piedra, se esconde bajo el agua. Su descenso es lento y hermoso
Amalia [email protected]
Hay tres opciones para empezar la travesía por las comunidades del río y la reserva: río Coco abajo, desde Wiwilí, río Bocay abajo desde el Cuá Bocay o Ayapal y por Waspán río Coco arriba.
En el pueblo Agua de Danto (Waspán, palabra mayangna), la capital miskita, los proberos advierten que la travesía hasta San Carlos es larga, por lo que aconsejan llevar un “preparito”. La mansedumbre de las aguas de la cuenca media despiertan un hambre casi incontenible.
En realidad no mienten. Entre el pueblo y la comunidad hay una distancia de 138 kilómetros, eso significa sobre río con un motor de 40 caballos, que es lo usual en la zona, entre seis y ocho horas de viaje.
Para no desesperarse no conviene saber el tiempo que dura el viaje, que es como en realidad se miden las distancias en esos lugares.
El viaje de día, temprano brinda la oportunidad de un periplo entretenido. El bosque, que a partir de Waspuk Ta adquiere mayor presencia, transmite la sensación de descubridor, de creerse el primero en circular por esos lares. Realmente es lo contrario.
Pero si viaja de tarde y bajo lluvia, la selva espesa se pierde pronto o sencillamente, en la preocupación por llegar seco, ni siquiera se advierte.
La noche sobre el río es brillante si hay Luna. Su claridad transforma en plata el agua, que durante el día es achocolatada.
La travesía nocturna sin Luna es casi fatal. Pese a la tranquilidad de las aguas, hay trechos con troncos y piedras que de chocar con el bote o la panga puede ser fatales.
En el mejor de los casos, el accidente puede interrumpir el viaje hasta el día siguiente y en el peor se puede dar vuelta. Pero con la pericia de los marinos de río este riesgo es bastante remoto.
Si la travesía pretende concluir en Wiwilí, lo que representa un viaje de cuatro a cinco días, San Carlos es un puerto obligado. Ese caserío, que cuenta con hospedaje, es un rescoldo de pueblo. De ahí en adelante, no existen las condiciones a las que un viajante común y corriente está acostumbrado. En el resto del viaje, la sobrevivencia depende mucho de la relación con la gente. No es cuestión de torturas, pero conviene tomar en cuenta que para el paradero final faltan 351 kilómetros sobre río.
Ese largo periplo contiene pasajes asombrosos como la zona de raudales del territorio Kipla Sait Tasbaika, que está contiguo a Li Lamni. Aunque los lugareños asustan y exageran a los pasantes, el raudal no deja de infundir respeto. Sobre todo, después que se deja Siksa yari.
Cuando la contracorriente arrecia y las piedras a un lado y otro obligan a zigzaguear, el motorista precavido avisa que llega la hora de caminar, con lo que corta de un tajo los deseos de aventura de cualquier viajante que con salvavidas puesto, se cree capaz de sortear la furia, que en esos recovecos, demuestra el agua.
La caminata es poco agradable. Por la humedad constante de la zona es inevitable hundirse y resbalarse en un fango arcilloso, en el que también a ratos se pegan las botas. La pasada con carga vuelve más tortuosa la pasada. Las manos sueltas son necesarias para agarrarse de las ramas y apaciguar crueles caídas.
El paso a pie lleva menos de una hora, lo que se prolonga por casi tres horas y media es el paso del bote. La agitación del trecho obliga al motorista y su pareja de ayudantes, a que por lo menos en dos ocasiones, se baja y se suba la carga de la embarcación. Si no se toma esa precaución. Las maletas no sólo corren el riesgo de remojarse, sino de perderse en las bruscas corrientes.
Esa obligada estación es la que demora por nueve horas el viaje entre Siksa yari y San Andrés de Bocay o de Río Coco, como también se llama.
Algunos tramos de ese recorrido son animados por los adioses de mujeres y niños, de diversos caseríos, que se lavan y bañan en El Coco.
Pero sin duda, uno de los mayores atractivos del río son los lagartos. La escena es breve. Apenas advierte la ruidosa presencia humana, el cuerudo animal que fresco posa sobre una piedra, se esconde bajo el agua. Su descenso es lento y hermoso. Un espectáculo que no se repite en la trayectoria que comprende San Andrés de Bocay-Wiwilí, que con suerte dura 12 horas.
Las primeras horas, de la recta final de la travesía, son fascinantes. Entre las cinco y las ocho de la mañana da la impresión que la embarcación se desliza sobre una nube. El rocío, sudor matutino de la montaña, provoca la sabrosa neblina que se esfuma por completo antes de las nueve.
Después el turno es para el sol, que se adhiere y sofoca los cuerpos hasta casi las cuatro de la tarde. En ese lapso se pierden las ganas de contemplar paisajes. El bote resulta más incómodo. El cuerpo cambia de posición cada minuto. Es desesperante. Sólo se amortigua con la refrescante agua de un inesperado manantial, que como oasis en el desierto, desemboca en el Coco.
Pequeños pájaros y el ruido del motor, son los eternos compañeros de esa travesía, que entre más se acerca a Wiwilí, es menos atractiva.
Poco a poco la montaña se pierde. El bosque se diluye en potreros y plantíos de maíz. Estos signos depredadores, más visibles del lado hondureño, son la visa de vuelta al mundo mestizo.
