Rafael A. Díaz
En la próxima votación del año 2001, estará en juego el cambio de sistema. Votaremos por un sistema democrático o por un sistema no democrático.
En la próxima contienda política, votaremos no por una persona, partido o contra un gobierno, sino que nuestra decisión será por un sistema de libertad de empresa, expresión e iniciativa privada; o por un sistema que se opone a todo lo anterior bajo la ideología marxista de economía colectiva, con su vocación guerrerista salvaje y la permanente amenaza de confiscación de la propiedad privada y de las libertades humanas básicas.
Hay que entender bien la diferencia: en la democracia tenemos libertad en campo abierto. En el sistema no democrático tenemos libertad, pero dentro de una cárcel gigantesca.
¿Quiénes van a ser el próximo año los “tontos útiles”? Reflexionemos con mucha serenidad, objetividad y sentido común; porque estará en juego nuestro patrimonio, familia y el futuro de nuestros hijos. El próximo año, con nuestra decisión, Nicaragua gana o pierde.
Los demócratas debemos esforzarnos en deponer egoísmos y odios partidarios estériles. De cara al futuro pensemos y actuemos unidos con visión de nación, desarrollando y replanteando estrategias políticas inteligentes, con proyectos atractivos y coherentes con las necesidades del pueblo y que el pueblo sienta que realmente se le va a cumplir.
La frustración del pueblo democrático expresada como abstención o como voto castigo, revela una grave crisis de confianza y credibilidad. Escuchemos y atendamos el clamor de la “Vox populi” que a gritos demanda a funcionarios y líderes, el imperativo de honestidad, integridad y trasparencia en sus acciones, al igual que una decidida vocación de servir y cumplir lo prometido.
La evidencia es clara y convincente: el Partido Liberal, por no escuchar y repetir la historia, ha cometido errores graves en su dirección y estrategias. La falta de cumplimiento a los electores que con valor y confianza en 1996 le depositaron su voto, con la esperanza de ver satisfechas sus demandas de justicia en sus reclamos y aplicación de la ley a los que ilegal y arbitrariamente usurparon propiedades que no les pertenecen. La confrontación y falta de tactocon gremios importantes de la sociedad como médicos y empresarios.
La preferencia de círculos cerrados con nicas foráneos o casi extranjeros que no han vivido la realidad social de nuestro país. El aislamiento y a veces ostracismo de legítimos líderes naturales, líderes de opinión, liberales auténticos. La falta de aplicación de la ley en aquellos casos debidamente comprobados y que la sociedad ha señalado como actos de indebida corrupción; y por último, la alianza con un partido no democrático para una supuesta gobernabilidad que sólo ha servido para debilitar la ya débil estructura de mando del gobierno y para entregar las riendas del mismo a individuos de reconocida trayectoria antidemocrática, y algunos inclusive con un señalado pasado delincuencial.
El Partido Conservador, como se dice en física: incoloro, inodoro e insípido; deslustrado e insulso sin revelar un programa político o estrategias definidas.
Sus líderes sólo saben repetir y repetir como disco rayado una diatriba grosera, pobre, chocante y vulgar contra la figura del presidente y su gobierno. No demuestran inteligencia ni siquiera imaginación y el colmo es que ni siquiera son conservadores auténticos. No alcanzan la talla de los que en otro tiempo dieron brillo y lustre al partido como ejemplo del ilustrado talento de un Carlos Cuadra Pasos y otros tantos que le dieron fama y prestigio.
Ante estas realidades, ¿será posible que estemos preparando el jaque mate al progreso, la paz y al desarrollo de la libertad? ¿acaso estamos propiciando el cambio de sistema? Cuidado, nuestros hijos van a leer mañana en los libros de historia: “En el año 2001, en Nicaragua se votó contra la democracia”.