Silvio Méndez [email protected]
Nuestra república enfrenta el desafío de construir una democracia y economía de mercado con un crecimiento firme y duradero para forjar un sistema social equitativo. Esto conforma la dimensión política, económica y social del desarrollo humano.
La mejor virtud de la democracia es que sólo se puede sostener por medio de su cuestionamiento y perfeccionamiento permanentes, especialmente en el caso de las jóvenes democracias latinoamericanas, a sabiendas de que ninguna de ellas se encuentra aún en el punto de no retorno, que muchas están estancadas y la amenaza de crisis e involución sobrevuela en sus panoramas.
Las dificultades no pueden verse sólo predominantemente bajo la tensión tradicional entre democracia y autoritarismo, mas sí en la búsqueda de legitimidad social que produzca un nuevo modelo de desarrollo. Los problemas siguen siendo la pobreza y sufrimiento de un amplio sector de nuestra sociedad que desgarran el tejido social, impidiendo el progreso de la ciudadanía y la creación de una nación genuina.
Para erradicar la pobreza y fomentar la ciudadanía, necesitamos crecimiento, no cualquier crecimiento sino uno firme y sostenido. Para esto hace falta mucho más que disciplina fiscal, liberalizaciones, desregulaciones y privatizaciones. Las democracias sólo pueden avanzar y sostenerse, asegurando el crecimiento sostenido en conjunción con la universalización de la ciudadanía, mediante la eliminación de la pobreza y el avance de la justicia.
Crecimiento, democracia y equidad eran consideradas como metas incompatibles en los momentos iniciales de una democratización. Prevalecía un concepto duro de desarrollo, se concedía importancia exclusiva a la acumulación de capital, inspirado en la expansión clásica de éste y en las experiencias exitosas de la industrialización, justificando así la represión de los derechos civiles y políticos de una generación.
Algunas de estas experiencias han respondido efectivamente a este patrón, muchas más han fracasado. De hecho, reportes del Banco Mundial y del BID en años recientes dicen que: “No hay correlación causal necesaria ni en el ámbito teórico ni empírico o estadístico, entre acumulación de capital, autoritarismo y desigualdad. Es más, la inclusión del capital humano y del capital social como factores determinantes del desarrollo sostenido, así como el descubrimiento de la relevancia de la ‘eficiencia adaptativa’ frente a la mera ‘eficiencia asignativa’ han producido una revalorización de la equidad y la democracia como metas e instrumentos del desarrollo a la vez”.
El modelo duro tenderá obviamente a conceder prioridad a los intereses empresariales para ampliar la potencialidad productiva de la nación y advertirán contra las preocupaciones distributivas y de equidad en las tempranas etapas de desarrollo. Como señala Amartya Sen: “El hecho de que el desarrollo social, por sí solo, no necesariamente pueda generar crecimiento económico es totalmente coherente con la posibilidad, actualmente comprobada a través de muchos ejemplos, de que facilita considerablemente un crecimiento económico rápido y participativo, cuando está combinado con políticas amigables a efectos de mercado que fomentan la expansión económica”.
Estudios estadísticos sistemáticos concluyen en que no se corrobora la hipótesis que hay conflictos generales entre derechos políticos y rendimiento económico. Estos vínculos dependen de otras circunstancias donde algunos observan alguna relación más o menos negativa, otros una firmemente positiva. Estos derechos, civiles y políticos, se justifican en la medida en que se amplían las capacidades de los individuos para gobernar sus vidas, como se ha demostrado a través de los estudios de Sen, donde los derechos civiles y políticos actúan como incentivos democráticos, protectores contra las consecuencias de catástrofes o errores políticos.
La democracia sigue siendo un valor en sí mismo, cuya consolidación y avance sólo puede lograrse desde una teoría y estrategia integral de desarrollo. La gran meta es la formación de comunidades auténticamente nacionales, con una ciudadanía republicana y universal que pueda superar la duplicidad y exclusión presente y procure la fuerza de legitimidad colectiva para así abordar el desarrollo humano. Esta tarea no es solamente de expertos, sino de líderes y emprendedores en los diversos ámbitos de la vida colectiva.
No hay sistemas de los que puedan deducirse inequívocas políticas de desarrollo, se ha sufrido mucho para continuar creyendo en este tipo de “falacias tecnócratas” hoy inexcusables. La transformación que produce el desarrollo sólo se da por medio de acción e interacción humana, lo que Tocqueville llamó “el arte del gobierno”, distinguiéndose en esto la ciencia política. Nuestros lideres necesitan marcos de referencia teóricas y apoyo experto, pero necesitan ante todo la competencia del liderazgo transformador, lo que Berlín llamaba “el buen juicio político”, que puede ser aprendido en la acción y reflexión.
Se debe llegar a interesar a quienes tienen responsabilidades o que influyen en la política. La democracia no es un tema de la agenda política sino del desarrollo humano y por lo tanto, nos concierne a todos. Es la democracia demasiado importante para dejársela sola a los políticos. No todos hemos de hacer política, ni ser políticos, ni buenos ciudadanos. Al serlo, estaremos reivindicando la necesidad de la política y los políticos, a la altura de los desafíos que enfrenta nuestra nación
* El autor es Ingeniero, Candidato Ph.D. Ciencias Políticas y Ex-Cónsul General de Nicaragua en Los Angeles.