LA DICTADURA NO PUEDE OCULTAR LA VERDAD

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desde que nuestras instalaciones fueron tomadas y nuestro gerente general Juan Lorenzo Holmann fue detenido.

con las instalaciones tomadas y nuestro gerente general Juan Lorenzo Holmann detenido.

Los que la hacen y los que la pagan

  • Una sociedad que coloca el individualismo entre sus valores más apreciados, inevitablemente acaba por ser implacable con quien utiliza su libertad para violar las reglas y hacer daño

Carlos Alberto Montaner*

El presidente Bill Clinton, ha tenido el buen gusto de no firmar la sentencia de muerte de un criminal condenado a la última pena por los tribunales federales. No lo ha hecho en sus ocho años de inquilino de la Casa Blanca y hubiera sido desagradable dejar ese reguero de sangre en el salón oval, pocos días antes de abandonar la presidencia. Sin embargo, no va a conmutarle el castigo por el de cárcel perpetua al angustiado prisionero, un hispano apellidado Garza. Clinton se ha limitado a trasladarle a George W. Bush esa incómoda decisión. Que lo mate o lo perdone su sucesor.

Primera pregunta: ¿no le resultaba más fácil a Clinton -partidario, pero sin fanatismo, de las virtudes de la pena de muerte- librar de la ejecución al delincuente y trasladarlo para siempre a una celda? ¿por qué esa ambigua muestra de compasión? Probablemente, por pura matemática partidista: el sesenta y cinco por ciento de los norteamericanos está resignadamente de acuerdo con que se les quite la vida a los asesinos vinculados al tráfico de drogas, a quienes cometen crímenes horrendos y a los que violan y destripan niños o personas desvalidas. Los políticos saben este dato y no se enfrentan a la opinión pública. Gore y Bush -por ejemplo- en las recientes elecciones dejaron en claro que apoyaban la pena de muerte. Decir lo contrario era enajenarse un buen número de votos.

Segunda pregunta: ¿por qué la población norteamericana, tan cristiana, repleta de organizaciones caritativas espontáneamente surgidas de la sociedad civil, es, simultáneamente, una nación tan estricta, tan punitiva, en la que hay dos millones de personas en la cárcel y treinta estados en los que a los peores criminales se les quita de en medio mediante descargas eléctricas que dejan un penetrante olor a chamusquina, o se les envenena por vía intravenosa o con gases mortíferos? Curiosamente, la respuesta está en el reverso de una sólida virtud norteamericana: el individualismo. No debe haber en el planeta una tribu en la que se valore más la libertad individual. No hay frase más gringa que el orgulloso «mind your own business» -«métase en sus asuntos»- con que suele apartarse al extraño de la vida propia. Y no hay actitud más reprochable que la del que se recuesta en el otro.

¿Qué tiene que ver eso con la pena de muerte y la actitud punitiva? Mucho: la otra cara del individualismo es la responsabilidad. Uno debe ser y hacerse responsable de sus actos. De la misma manera que los norteamericanos se enorgullecen de sus éxitos y triunfos, los «perdedores» deben asumir sus errores y equivocaciones. Una sociedad que coloca el individualismo entre sus valores más apreciados, inevitablemente acaba por ser implacable con quien utiliza su libertad para violar las reglas y hacer daño. La compasión americana se reserva para el que es víctima de la fatalidad, no de sus propias decisiones.

Esto explica que los norteamericanos no estén escandalizados con unos cuantos datos tremendos: entre las naciones desarrolladas, sólo en Rusia la proporción de presidiarios con relación a la población es mayor que en USA. Hay más jóvenes negros e hispanos en las cárceles norteamericanas que en las universidades. Hay más prisioneros que soldados. ¿Indican estas cifras que algo funciona mal en la sociedad estadounidense? Por supuesto, pero no es así como se ve en Norteamérica. Lo que se anuncia a bombo y platillo es que el crimen declina y las medidas punitivas tienen éxito. La preocupación no está en tratar de erradicar las causas del delito sino en castigar a los delincuentes y sacarlos de la circulación.

Mala cosa. Si en algún lugar se conoce a fondo la manera de disminuir el número de presidiarios es en Estados Unidos, donde las estadísticas muestran que el ochenta por ciento de los delincuentes habituales comenzaron sus carreras delictivas en la adolescencia, de manera que es en ese punto, tras la primera detención, cuando se hace necesario un intenso trabajo de modificación de la conducta del joven transgresor. ¿Cómo? Tal vez con las técnicas de Glaser, un eficaz sicólogo que demostró, precisamente en las cárceles juveniles estadounidenses, que es posible transformar el comportamiento de casi todos los muchachos delincuentes -siempre hay un porcentaje de sicópatas insalvables-, pero el tratamiento es individualizado y requiere de buenos especialistas capaces de transformar la escala de valores de sus jóvenes pacientes hasta dotarlos de una conciencia crítica que los lleve a respetar los derechos de las otras personas y a reprimir la tentación de violar las reglas.

¿Por qué no se hace? Aparentemente, porque es muy caro y porque se supone que esa tarea debe realizarse en el seno de la familia. En realidad es una falsa conclusión. Es más barato emplear a una legión de sicólogos a la edad precisa que luego tener que emplear a un ejército de jueces, abogados, policías y guardias de prisiones, sin contar el costo enorme de los daños físicos que causan los delincuentes con sus acciones. Grosso modo, sólo mantener entre rejas a dos millones de norteamericanos adultos cuesta la friolera de 25 000 dólares por cabeza y año. Mucho más sentido económico tendría dedicar una fracción de esa inmensa suma a reorientar la vida de los jóvenes descarriados, pero lamentablemente este análisis se da de bruces con otra frase cómodamente sencilla, propia de las sociedades celosamente individualistas: «el que la hace, la paga». Falso: la pagan todos. [©FIRMAS PRESS]  

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