El mundo entero celebró a lo grande, antes de ayer, el advenimiento del siglo XXI y del III milenio de la Era Cristiana, junto con la llegada del año 2001.
En realidad, la apoteósica celebración del año pasado no fue tanto por la creencia errónea en que el siglo XXI y el III milenio comenzarían el 1 de enero del 2000, sino por la mágica fascinación que los números redondos ejercen sobre los seres humanos, por la sorprendente influencia de las doctrinas milenaristas y por la tensión universal que se creó ante el desconocido comportamiento que tendrían las computadoras, al pasar a marcar las fechas con el triple 0.
Pero pasó el año 2000 y el mundo no se terminó, evidentemente, y la entrada al 2001, al siglo XXI y al III milenio, transcurrió entre jubilosas celebraciones, inclusive de quienes no obstante vivir en la extrema pobreza abrigan la esperanza en un futuro mejor.
Es oportuno, entonces, en esta primera edición de LA PRENSA del año 2001, del siglo XXI y del III milenio, saludar a nuestros lectores y transmitirles nuestros buenos deseos de que sus asuntos personales, familiares y sociales marchen ahora mejor que antes, y de que se cumplan las nobles aspiraciones de libertad, paz, progreso y justicia para toda la humanidad.
Pero también es necesario ser realistas y reconocer que para los nicaragüenses, hablando en términos generales, el 2001 podría no ser mejor sino peor que el año anterior.
En efecto, en el plano económico la caída del precio internacional del café, la subida del petróleo y la posible fuga de las empresas extranjeras de maquila por las campañas que hay contra ellas, podrían neutralizar el efecto positivo del ingreso a la HIPC y hacer que la economía nacional retroceda o en el mejor de los casos que se mantenga estancada. Y en el ámbito político, la celebración de elecciones presidenciales este año y sobre todo el posible triunfo de una opción partidista que infunde temor a amplios sectores nacionales, agrava la recesión económica y amenaza con llevar al país a la orilla de una catástrofe.
Sin embargo esa situación no es fatalmente inevitable. Si bien es cierto que la economía es determinada por factores objetivos, que no dependen de la voluntad de las personas, cabe la posibilidad de aplicar políticas públicas extraordinarias, como podrían ser el control efectivo de la corrupción gubernamental, el enfrentamiento a la crisis del café con un plan de emergencia como el que proponen los caficultores, la reducción del gasto público burocrático y superfluo, el ahorro de energía, etc.
Por otro lado, los factores políticos sí son subjetivos y dependen por lo tanto de la voluntad de las personas, sobre todo de quienes gobiernan y aspiran a gobernar el país. De manera que es responsabilidad de los actores políticos, gubernamentales y de oposición que la situación del país mejore o empeore. Y está en su voluntad hacer que las elecciones de noviembre sirvan para fortalecer la democracia, no para dañarla más; y para resolver o aliviar la crítica situación económica del país, no para empeorarla.
Se dice que los buenos políticos son aquéllos que saben convertir las dificultades en oportunidades. En realidad, “nuestros” políticos podrían, si lo quisieran, transformar las condiciones socio-económicas y políticas adversas que hay actualmente en el país, en una excelente oportunidad para corregir las desviaciones del proceso democrático; para profesionalizar las instituciones; para comprometerse a que cualquiera que gane las elecciones gobernaría para todos los nicaragüenses y no sólo para los de su partido, a que respetaría todas las libertades y garantías individuales, incluyendo la libertad de empresa y la libre competencia económica, y a que gobernaría honestamente. Para eso es que se necesita un pacto político, no para seguir saqueando el Estado y pervirtiendo las instituciones democráticas.
Pero también y fundamentalmente, del voto de los ciudadanos y de su capacidad e inteligencia para elegir mejores gobernantes, es que dependerá que este año resulte mejor que el anterior y que Nicaragua entre con buen pie en el siglo XXI y el III milenio.