Tito Rondó[email protected]
Martes por la noche, una media hora después de terminado el partido entre el León y el Bóer. Un estadio ya prácticamente vacío y oscuro. No lo estaba completamente porque algunos nudos de aficionados se arremolinaban alrededor de unos cuantos radios portátiles.
La razón del interés: el electrizante final del partido, casi mortal para ambos equipos, entre el Chinandega y el San Fernando.
Aun para boeristas, con el fantasma de la eliminación acechando a occidentales y masayas el drama era grande, lo suficiente como para interesar a cualquiera.
Unido a eso, lo cerrado del marcador, la posibilidad de que el que iba ganando fuera a perder, y que ése fuera el rival más tradicional del Bóer (desde 1913), el San Fernando (especialmente ahora sin 5 Estrellas ni Dantos), la información que el estadio estaba lleno y el hecho que los occidentales son el equipo abandonado de la liga, y que a pesar de lo cual están a punto de hacer un milagro, hacían que la gente se aferrara a sus radios.
Si el manager fernandino Julio Sánchez fuera dramaturgo, se hubiera ganado un premio. Le sacó el jugo a la tensión… y de qué manera. La estiró y la estiró.
Cambió de lanzador en ese cierre del noveno a cada momento… utilizó a cuatro pítcheres en total. Después de los dos primeros embasados y un sacrificio, ningún bateador puso la pelota en juego. Un ponche aislado entre tres bases por bolas, y se decidió el encuentro.
¡Qué aburrido!, pensarán algunos. Pero no. Cada bola mala era como una gota de sangre que derramaba el San Fernando. Esas gotas se convirtieron en chorro, y luego el chorro en hemorragia mortal…
Pero lentamente. Entre visitas del manager, del coach de pitcheo, del catcher. Por fin, con tres y uno en el que resultó ser el último bateador, Oscar Danilo Mairena, el también último cambio de lanzadores, relevando Jaime Ramírez. Entró únicamente a lanzar una bola mala, la cuarta mala que acabó con el drama, y en la opinión de muchos, también con las “Fieras”.
Me recordó la época de la Liga Profesional, cuando había buenos aficionados, que se interesaban por los cuatro equipos y no solamente por uno, que seguían las actuaciones de todos los peloteros y no solamente los suyos.
Qué bonito hubiera sido que al terminar el juego entre el Bóer y el León nadie se hubiera movido de su asiento, y que todos los aficionados se hubieran quedado escuchando el otro partido.
Pero no, los ignorantes han matado la afición, y casi nadie lleva radios al estadio. Y con el pésimo estado de las transmisiones, no culpo al público. Pero para los que tuvieron la paciencia de escuchar el drama desde Chinandega, olvídense de apuestas y películas de miedo. El suspenso fue total.