Juan Carlos Vílchez
El arca ha sido nuevamente anunciada. A partir de este momento asistimos a su exposición como objeto de deseo y veneración sobre un altar a la vista de todos. Un resplandor emana de su contenido y una irresistible atracción se apodera de los habitantes.
Desde lejos se pueden atisbar los valiosos objetos. Algunos brillan con extraordinaria fuerza en el interior y otros no menos deslumbrantes yacen en el fondo con todo su abanico de alternativas.
Un gran número de ellos pueden ser identificados gracias a las etiquetas también brillantes adheridas a sus superficies. Las más visibles dicen: “Seguro de vida millonario”, “Modus vivendi luxurii”, “Ganancia fácil”. En otras, semiocultas por las primeras se puede leer: “Estoy aquí para ser usado según tu conveniencia personal” o “Todo tuyo siempre que logres alcanzarme”.
Todos los letreros no logran opacar el rótulo principal cuyo lema puede ser descifrado desde muy largas distancias. De él se desprende una luz idílica con sonidos dulcísimos y con una intensidad de olores y sensaciones paradisíacas, nunca igualada por ningún otro artefacto. En él se puede deletrear con claridad: “GRAN BO-TÍN DEL ES-TA-DO NI-CA-RA-GË-EN-SE”.
Con un año de anticipación esta cámara de incalculable abundancia ha sido develada para ser escudriñada, olfateada y anhelada por los ciudadanos, habiéndose ya fijado previamente la fecha de su repartición. Para atraparla se han delineado entre los interesados, los métodos generales de acecho, y a ello se aprestan entonces pobladores de los más variados oficios, mentalidades y conductas.
Tienen discursos a veces encendidos y polémicos, sus voces se exaltan con la garra precisa para insistir en su primacía, son diversos sus orígenes, creencias y entendimientos, pero coinciden –y en eso están muy unidos-, en el propósito de resolver sus penurias y carencias, a través del disfrute de uno o varios trozos de las maravillas aquí expuestas.
Los trofeos abarcan toda una gama de opciones que van desde el contacto directo con la sustancia deslumbradora hasta el deleite de viajes por el mundo, tarjetas sin límites de gastos, consumo abundante de exquisiteces y regalos sorpresivos de amigos inesperados. No se debe tampoco olvidar la función social del usufructo, pues a través de él se comparten los residuos bajo la forma de empleo y becas, con aquellos que creen en las potencialidades del gozo y sirven de barra en la competencia.
Las satisfacciones alcanzadas superan en esencia a cualquier premio mayor de la lotería, provocando en los ganadores éxtasis de delirio.
Periódicamente el escenario se repite sin mayores modificaciones, pero en ningún caso podemos hablar de monotonía. Más bien presenciamos una actuación muy propia, en cuyo espectáculo se ha incorporado algo de nuestras raíces ecuestres y algo de nuestro terror al ridículo como sana diversión. Así nuestro sentido de la oportunidad nos arroja compulsivamente hacia un paraíso inmediato, al alcance de la mano, escondido en el receptáculo.
De esta manera, ingenieros, artistas, académicos, periodistas, obreros, abogados, médicos y economistas entre otros, se requiebran y se ofrecen a la población en una pasarela, vestidos con sus más exquisitas cualidades y promesas, a cambio de recibir el permiso para capturar los tesoros.
Algunos no han tenido más opción que sacrificarse por el bien común, abandonando la tranquilidad de sus hogares, con tal de penetrar a empujones en el mencionado recinto.
Los avances de la modernidad han trasladado la pugna desde ámbitos oceánicos como era antes la costumbre, a los sólidos territorios continentales. Morgan y Dampierre formaron una escuela que ha debido adaptarse a experiencias más terrestres.
Rostros viejos, en lucha mortal para no ser desplazados por las nuevas caras en la marcha hacia la meta, donde muchos, a pesar del esfuerzo quedan tendidos, avasallados por los más obsesionados. Algunos no queriendo quemarse con tanto destello, envían sustitutos ya preparados para competir en la trifulca, siempre y cuando contribuyan a la confianza, ocultando los nombres de sus mentores y finjan verdadero arrebato en el forcejeo con la piezas.
Empresarios, ejecutivos, filántropos, muy a pesar de su holgura monetaria, sacan a relucir sus sentimientos más nobles, pidiendo entonces se les deje restregarse contra las preciosidades, allí en el centro mismo del cajón.
Todos se purifican y se alimentan espiritualmente, haciéndose depositarios de la palabra divina, aunque solamente los escogidos son ratificados en ella.
Para llegar y tocar aunque sea una parte del cofre, se suscitan los más impredecibles diálogos y compañerismos.
Mientras tanto, las muchedumbres buscan cabizbajas el sustento diario, apenas alzando la mirada, para percibir de reojo todo lo que se juega con la posesión del mencionado baúl.
Tampoco parecen conocer realmente a quién pertenece tanto poder, opulencia y posibilidades, ofrecidos dentro de una urna, mucho menos que se animen a despertar ante la excitación e irracionalidad, estimuladas por la presencia de tales bienes frente al olfato voraz de los promesantes.
En arca abierta hasta el justo peca dice el refrán y esta realidad ha sido ya milenariamente vivenciada por muchos pueblos de la antigüedad y por otros más modernos como Canadá, Suecia, Dinamarca, Noruega, Inglaterra, Francia, Japón, Estados Unidos etc., donde desde hace más de dos siglos se han venido cerrando los accesos y el acoso a las prendas.
La solución es práctica y factible. No es perfecta, pero ha garantizado ser el factor fundamental, en el crecimiento económico y el desarrollo humano de todos esos países.
Ponerle cerrojo a la caja de caudales y además vigilarla en toda hora y lugar, es la respuesta.
La pregunta es si el pueblo de Nicaragua, aún con doscientos años de atraso, querrá iniciar el control de la bóveda donde están contenidas sus riquezas, su futuro, su existencia como nación, allí donde se encuentra permanentemente asediada: dentro del Estado en perpetuo abuso.
¿A partir de cuándo podremos los nicaragüenses convertirnos en implacables custodios de un arca, la cual constituye a su vez la nave única, para salvarse del diluvio y la devastación?
* El autor es escritor.