Historia del traje de baño

El traje de baño o bañador tiene su origen en el siglo XIX, cuando los médicos recomendaban a sus pacientes tomar baños, tanto en balnearios como en el mar, como remedio a ciertas enfermedades. Se le atribuía efectos beneficiosos para erradicar la depresión, y los males de amor. Los europeos empezaron a frecuentar de forma […]

El traje de baño o bañador tiene su origen en el siglo XIX, cuando los médicos recomendaban a sus pacientes tomar baños, tanto en balnearios como en el mar, como remedio a ciertas enfermedades. Se le atribuía efectos beneficiosos para erradicar la depresión, y los males de amor.

Los europeos empezaron a frecuentar de forma masiva las playas. Pero era necesario crear una prenda específica para este tipo de actividad. Era un atuendo complicado. Se trataba de un vestido de baño de franela, de corpiño ajustado y cuello alto; las mangas hasta el codo, y la faldita hasta las rodillas.

Bajo tan severo equipo se vestían los pantalones bombachos, medias negras e incluso zapatillas de lona. Era claro que ese traje no tenía nada de atractivo ni práctico, y no difería mucho de la antigua costumbre de meterse en el agua, tanto para hombres y mujeres.

Mediado del siglo XIX, hacia 1855, el periódico londinense The Times dedicaba varias columnas a mediar en la controversia suscitada en torno al escándalo que suponía el traje de baño. Torció en la polémica el doctor J. Henry Bennet, quien al regresar de unas vacaciones en Biarritz se mostraba entusiasmado con lo que había visto en aquellas playas, la novedad del traje de baño francés.

Escribió: “Damas y caballeros visten trajes de baños con la misma naturalidad que se visten los vestidos de noche para ir a una velada (soirée). El de las señoras consiste en una especie de calzón de lana, y una blusa de color negro que les baja hasta más abajo de la rodilla y se sujeta con un cinturón de cuero. Los caballeros llevan una especie de traje de marinero listado”.

Sin embargo, en el terreno de los bañadores, el gran salto se dio en 1946. Aquel año, el diseñador francés Louis Réard preparaba en su taller parisino un particular pase de modelos. Se iba a presentar una novedad absoluta en el mundo del bañador femenino: el bikini.

Por aquel tiempo, la prensa bombardeaba permanentemente con noticias relativas a las pruebas y explosiones nucleares que se realizaban en el atolón del archipiélago de las islas Bikini, en el Pacífico. Réard convocó a su modelo, una bailarina profesional de casino de París, Micheline Bernardini, ya que las modelos profesionales no habían querido presentar prenda tan descocada, y como le preguntara, previo al pase, cómo podrían llamar a la nueva prenda, la Bernardini contestó sin titubear: “Señor Réard, su bañador va a ser más explosivo que la bomba de Bikini”. Réard quedó con aquella ingeniosa salida de su improvisada modelo, y decidió presentar su bañador con aquel nombre que tan popular iba a hacerse poco después.

Rudi Gernreich fue uno de los diseñadores americanos más originales y más visionarios de su tiempo, también uno de los más controversiales. Fue el creador del traje de baño topless (sin la parte de arriba) y de hilo (tanga), de la camisa transparente y del “look” unisex.