Titanes de la adversidad

La vida es un abanico de opciones y el éxito depende de las decisiones que se toman. Prácticamente esa es la frase que resume la filosofía de Elizabeth Martínez. Martínez, quien desde que tiene uso de razón ha luchado arduamente por alcanzar lo que quiere, lo cual no siempre es fácil cuando, al igual que […]

La vida es un abanico de opciones y el éxito depende de las decisiones que se toman. Prácticamente esa es la frase que resume la filosofía de Elizabeth Martínez. Martínez, quien desde que tiene uso de razón ha luchado arduamente por alcanzar lo que quiere, lo cual no siempre es fácil cuando, al igual que ella, se sufre algún tipo de discapacidad.

Y es que la vida de Elizabeth, tomó un giro inesperado cuando apenas contaba con siete meses de edad, al ser atacada por la poliomielitis. Desde entonces tuvo que enfrentar una serie de limitantes que aunque a la larga la chocaban físicamente en desventaja, nunca lograron quebrantar su espíritu de triunfadora.

Cuando tenía siete años, una amiga le enseñó a leer. Pero no fue sino hasta que tenía 20 años que empezó formalmente los estudios, al ingresar al sexto grado y formar parte de un grupo escolar compuesto por niños. Al estudiar secundaria tuvo que enfrentar otro reto: el instituto era de dos pisos y ocupaba la ayuda de sus compañeros de clases para subir las escaleras, aunque felizmente para ella, posteriormente recibían clases en la planta baja.

Con un promedio de 96 puntos, logró el primer lugar del grupo de bachilleres de 1996, lo cual le abrió las puertas para estudiar lo quería: Sicología en la Universidad Centroamericana.

Con una convicción que cala hasta lo más profundo, Elizabeth asegura que no le gustan “las cosas servidas”, sino las que se consiguen con esfuerzo propio. “Me gusta sentirme útil. Que podés obtener cosas por lo que sos y no porque alguien te lo da por caridad o por compromiso”, dice.

Y esta joven de férrea voluntad, ha realizado actividades que le hacen sentirse útil, al dedicar horas de su vida a compartir sus conocimientos, con otras personas. Por ello, se congregaba con un grupo juvenil católico, enseñó catequesis de primera comunión y confirmación e impartió clases de educación de adultos.

Quizá este ir y venir dentro del mundo de las enseñanzas informales unido con el fuerte deseo de triunfar en la vida y servir a los demás tanto como a sí misma fue lo que la impulsó a estudiar Sicología. “Me pareció una carrera práctica”, recuerda; sobre todo porque, aunque le gustaban las matemáticas, descartó estudiar ingeniería debido a lo difícil que le resultaría el uso de las reglas.

Las clases no constituyen ninguna dificultad para la protagonista de esta historia, todo lo contrario a la movilización. En lo primero trata de ser autosuficiente, en lo segundo, recibe la ayuda de sus compañeros y sobrino.

Elizabeth toma sus apuntes con la mano derecha cuando le es posible utiliza una grabadora. Pero lo realmente importante es que, lo que para cualquier otra persona significaría una fuente de desánimo, para ella es casi una fuente de inspiración. Además, el conocimiento adquirido en su carrera le ofrece otra perspectiva de las cosas.

El brillo de los ojos desaparece cuando habla sobre ello. “Siento que puedo transformar cosas. Por ejemplo, siempre me he cuestionado el hecho que muchas personas con discapacidad no alcanzan altos niveles de desarrollo, sino que lo más que llegan, hasta donde yo sé (es) de vendedores de lotería”.

“La gente los ve como receptores de lástima, lo primero que hacen es darle dinero. Yo sé que se puede demostrar que las personas con discapacidad pueden alcanzar otras metas, metas más altas, y eso va a estar en dependencia de cómo te apoyen la familia y la sociedad”, agrega.

De hecho, nunca decidió formar parte de alguna organización de discapacitados. “Considero que no llena mis expectativas”, asegura. Quizá los retos que le ha tocado enfrentar la han impulsado a pretender más en la vida. Aspira al éxito tanto como a un mejor nivel de vida, aunque supone que “mayores comodidades” dependerán del éxito alcanzado en su carrera, lo cual a veces le preocupa, sobre todo cuando piensa que va a ser muy difícil encontrar empleo.

En medio de las circunstancias que le ha tocado vivir, Elizabeth gusta de las actividades comunes como ver televisión, escuchar música, ir al cine y visitar a sus amigos. “Mi vida es normal, lo más que pueda”, dice.

Esta joven que el próximo 16 de marzo apagará 30 velitas en su pastel, se considera una persona común, lo cual nos devela a una persona humilde, que no se jacta de los logros obtenidos en sus circunstancias. “Nunca los he visto como algo que no pueda realizar otra persona, como si fuera algo excepcional, los veo como algo que cualquier persona que se lo proponga, puede conseguir”, finaliza.

SANDOR GUIDO EN EL BEISBOL

A raíz de su accidente muchos pensaron que nunca más volvería a jugar y que sus aspiraciones en el béisbol estaban truncadas. Sin embargo, este joven demostró que a base de esfuerzos es posible superar las adversidades y coronar sus sueños, siendo hoy una de las jóvenes promesas del deporte rey de los nicaragüenses.

Aficionado desde los nueve años, ahora es un destacado pelotero de la Primera División de Béisbol en Nicaragua, en la posición de primera base. Muchos comparan su destreza en el fildeo con el jugador del equipo del Bóer, Nemesio Porras. Sin embargo, a pesar de los pocos años de pertenecer al equipo de León, Sandor Guido, de 22 años y estudiante del cuarto año de Odontología en la UNAN-León, se ubica entre los primeros peloteros del conjunto leonés, por su destreza en el deporte rey de nuestro país.

Hace dos años sufrió un accidente en Poneloya. El 30 de diciembre de 1998, acababa de terminar de jugar y se fue a una fiesta en Poneloya, con su amigo Mateo Guerrero. Manejaban un cuadraciclo y se estrellaron contra una cerca al ponchársele una llanta.

Producto del accidente resultó con fractura en la tibia y en la mandíbula. Durante dos meses estuvo hospitalizado en el hospital escuela de León y en un inicio los médicos le diagnosticaron que perdería la pierna derecha, hasta que el ortopedista Rafael Cruz, se hizo cargo y tuvo la paciencia de reconstruir el tendón. “Me dijo que no me preocupara, que iba a correr, jugar y caminar como antes”.

El proceso de recuperación tardó diez meses. El último mes estuvo en tratamiento en los Estados Unidos. “Durante tres meses me colocaron fijadores externos y otros cinco con yeso. Dejé de caminar con mis propios pies durante ocho meses”, asegura. Su amigo, Mateo Guerrero, resultó con fracturas en el cráneo, la pelvis y una cervical.

Sandor Guido comenzó a jugar Primera División cuando tenía 15 años. Jugaba en las ligas juveniles en un equipo de la UNAN-León. Un día que participaba en una liga departamental, lo vieron jugar algunos de la directiva del equipo de León, les gustó como lo hacía y le propusieron que fuera parte de ellos, yo me presenté y me inscribí, para entonces estaba el doctor Oscar Larios.

Al inicio era el suplente de José Alarcón, quien jugaba primera base. Sin embargo, un día Ramiro Toruño le brindó la oportunidad en el 95 de jugar y dio cuatro hits en cuatro turnos. A partir de eso lo dejaron jugar todo el año.

¿Dicen que tu fildeo en primera base es tan bueno como Nemesio Porras?

“Creo que a la edad mía, Nemesio Porras y yo, jugamos muy parecidos, he aprendido bastante de él, me da consejos de cómo mejorar el fildeo y bateo. Si en un futuro logro sustituirlo sería un privilegio, tal vez después de Nemesio, ocupe su lugar en la Selección”.

¿Además del béisbol, practicas otro deporte?

“Estoy en el equipo de básquetbol de la facultad de odontología y coordino desde hace dos años un equipo en el barrio. En la facultad también soy miembro del equipo de béisbol, pero no recibimos mucho apoyo como en el básquetbol.

¿Quedaste con alguna deficiencia física después del accidente?

“Tal vez no quedé con la misma velocidad que antes cuando corría, con los ejercicios diarios, espero alcanzar la agilidad que tenía antes, a veces siento que medio falseo pero creo que es por miedo a dañarme la pierna”.

¿Cuáles son tus aspiraciones dentro del béisbol?

“Llegar a ser miembro de la Selección Nacional y sobresalir con el equipo de León, que no pienso dejarlo nunca, para ganar otras victorias. En lo profesional espero coronar mi carrera y siempre jugar béisbol, porque si lo logré mientras soy estudiante por qué no cuando sea profesional”.

Durante fue miembro de las ligas infantil y juvenil, Sandor Guido participó en cinco Torneos Panamericanos y dos Mundiales de béisbol. Perteneció a la Selección Juvenil desde 1993 hasta 1996.