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desde que nuestras instalaciones fueron tomadas y nuestro gerente general Juan Lorenzo Holmann fue detenido.

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El secreto para una real renovación

J. Dávila y Castellón

Hace algunos años, precisamente en un tiempo de Cuaresma, escuchamos la queja de una muchacha respecto a que el mensaje propio de esta ocasión “es igual todos los años”. Naturalmente, tal afirmación no deja de ser cierta, ya que la Iglesia, a través de este tiempo litúrgico, insiste una y otra vez en la necesidad que todos tenemos de convertirnos, tanto personal como socialmente hablando.

Más que fijarnos en la invariabilidad esencial del mensaje cuaresmal, sería de mayor provecho práctico detenernos un poco para meditar qué efecto va produciendo en nuestra vida la Palabra de Dios, el mensaje de salvación que, junto con los Sacramentos de la Reconciliación y la Eucaristía, la Santa Madre Iglesia nos ofrece en esta oportunidad, de un modo muy especial, en procura de nuestra santificación.

A pesar de todo, sabemos que no son pocos los bautizados que quieren vivamente acoger la Cuaresma, según el verdadero sentido cristiano propuesto por la Iglesia. Y, tanto para los interesados como para los demasiado distraídos o superficiales, el Papa Juan Pablo II nos brinda lo que podríamos llamar “el secreto” de cómo vivir una auténtica y fructífera Cuaresma. Comienza preguntando: “¿Cómo acoger la llamada a la conversión que Jesús nos dirige también en esta Cuaresma? ¿Cómo llevar a cabo un serio cambio de vida? Es necesario, ante todo, abrir el corazón a los conmovedores mensajes de la liturgia. El período que prepara la Pascua representa un providencial don y una preciosa posibilidad de acercarse a El, entrando en uno mismo y poniéndose a la escucha de sus sugerencias interiores”, indica Su Santidad.

La Cuaresma, como advierte el Vicario de Cristo, viene siendo un encuentro con Cristo, con vistas a la Pascua del Señor, un período de particular vida interior, una oportunidad para dejarse guiar por los deseos y mociones o movimientos interiores del Espíritu de Dios, a fin de ajustar la propia vida a las exigencias concretas del Santo Evangelio, cuya esencia es el amor. Todo ello presupone la negación constante de sí mismo, lucha interior. Por lo mismo, el Papa expone con claridad y sencillez lo costoso que resulta tomar en serio el Evangelio que la Iglesia nos invita a vivir particularmente con motivo de la Cuaresma. Y, al respecto, continúa exponiendo:

“Hay cristianos que creen poder prescindir de dicho constante esfuerzo espiritual, porque no advierten la urgencia de confrontarse con la verdad del Evangelio. Ellos intentan vaciar y convertir en inocuas, para que no turben su manera de vivir, palabras como: ‘Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odian’ (Lc. 6,27). Tales palabras, para estas personas, resultan difíciles de aceptar y de traducir en coherentes comportamientos de vida. De hecho, son palabras que, si tomadas en serio, obligan a una radical conversión. En cambio, cuando se está ofendido y herido, se está tentado a ceder a los mecanismos psicológicos de la autocompasión y de la revancha, ignorando la invitación de Jesús a amar al propio enemigo. Sin embargo, los sucesos humanos de cada día sacan a la luz, con gran evidencia, cómo el perdón y la reconciliación son imprescindibles para llevar a cabo una real renovación personal y social. Esto vale en las relaciones interpersonales, pero también entre las comunidades y entre las naciones”, hace notar el Sucesor de San Pedro.

El amor al enemigo constituye una de las principales señales características del cristiano. El que ama al enemigo por motivos sobrenaturales —¿se podrá amarlo por otra razón?—, ya entró en la dimensión del amor de Cristo, es decir, ya ama al estilo de Jesús, es un verdadero cristiano.  

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