Ministerio Arquidiocesano de Predicación “Madre de la Nueva Alianza”
La semana pasada nos dábamos cuenta de que el aborto causa traumas grandísimos en la mujer, deja huellas que se necesita de mucha ayuda para ser borradas.
Cuando la mujer logra abrir su corazón en busca de ayuda, es porque ha tenido la sabia decisión de buscar ayuda a lo que está pasando en su interior desde que se deshizo de su hijo. De repente vienen a su mente recuerdos que le hacen sentir muy mal: ¿qué edad tendría el niño?, ¿sería niña o niño?, ¿cómo sería físicamente? La falta que le hace la compañía de ese alguien abortado. Si la razón de aborto fue el momento económicamente difícil: ahora que todo se superó todo sería distinto si no hubiera abortado el niño, no era motivo suficiente… Otros motivos son en algunos momentos los que dirán de la gente, la fama de la familia, cuestiones de sociedad o de honor… Realmente hay que felicitar a las mujeres que se enfrentan a todas esas situaciones con tal de no matar a su hijo. Sí, ¿cuántas mujeres aún cargan el rechazo de la familia (los hermanos, los padres) o los comentarios? (“y parecía tan decente…”). ¿Cuántos hermanos se han convertido en torturadores de sus hermanas porque decidieron tener su hijo y enfrentar el mundo, pero ellas están felices por la decisión firme que tomaron de no cargar con el pecado de matar a su propio hijo? A esas mujeres hay que felicitarlas.
Pero hay mujeres que también por temor de los demás mataron a su hijo. Ahora tienen el trauma, la dificultad de no poder retroceder al pasado para no hacer lo que hicieron, y que ya no tiene remedio alguno.
A esas mujeres la Iglesia tiene las puertas abiertas para ayudarles, acogerlas, sanar sus heridas. No podemos pasar de largo como el levita que vio al hombre mal herido en el camino que iba de Jerusalén a Jericó.
Hemos aprendido que lo que estas mujeres requieren es nuestra escucha y no nuestras fórmulas salvadoras. Lo que necesita esa mujer que nos busca es alguien que le escuche los crueles detalles de su historia. Alguien que no la condene y que le dé una palabra de esperanza. Y mientras uno la escucha, puede uno observar que ella se está escuchando a sí misma decir cosas que nunca había dicho a nadie antes. Habla de su experiencia con su novio, cuando le contaba que estaba embarazada, quién pagó por el aborto, dónde ocurrió, qué sintió y cómo está viviendo su experiencia.
Además, hemos aprendido que estas mujeres no buscan racionalizaciones que les anestesien el alma. Ella no necesita que le digan que “eso” no era un ser humano, sino sólo un puñado de células, como un quiste menudo, y que por tanto no vale la pena inquietarse por eso. Y ella misma ya ha tratado de administrarse unas dosis de anestesia. El resultado de estos procedimientos para “disculpabilizar” es con frecuencia pasajero o, lo que es peor, producen una insensibilización ética que se extiende como una mancha de aceite y les cubre otros sectores de la vida. Ellas necesitan que les ayuden a abrir una brecha por la cual dejar asomar el alma y escaparse así de su negación.
De ordinario el aborto es un acontecimiento muy personal y privado. Por eso es posible que la mujer no llegue nunca a expresar el duelo que la atormenta. Su sufrimiento puede llegar a interiorizarse y expresarse en otras formas. Si no se le da el tiempo y se le ofrece la oportunidad para que exprese el duelo, es posible que éste nunca se resuelva y se enquiste y continúe manifestándose en formas cada vez más patológicas. Necesita que la dejen expresar la tristeza de su duelo. Nadie se lo ha favorecido hasta ahora. Llora en secreto por la pérdida de un ser que estaba muy cercano a ella y que tal vez sólo ahora toma conciencia de lo que ese pequeño ser significaba para ella en las más profundas capas de su alma.
Sabemos con mucha seguridad que no puede haber sanación del trauma posaborto sin Dios. Los psicólogos y demás pueden ser magníficos anestesistas de la conciencia, pero como toda anestesia dura solamente unos momentos, luego vuelve el dolor y con muchísima intensidad. Por esto la Iglesia les dice a estas mujeres que tienen las puertas abiertas para que Dios les ayude a curar el alma.
Curemos el alma, por favor, y todos alrededor sentirán que ya no tiene enfermo el corazón. Dios está esperando.