Con frecuencia se escucha decir que los países ricos deberían aumentar el monto de su ayuda a los países pobres. Quienes así piensan consideran que es a través de un aumento de la ayuda externa que las naciones de más bajo ingreso podrán mejorar sus condiciones de vida. Eso es un error. Las donaciones, en el mejor de los casos -y no siempre es así- sirven sólo para paliar un poco la miseria de la gente más necesitada en los países en vías de desarrollo, y, con no poca frecuencia, para engrosar los bolsillos de políticos corruptos y venales, o los del selecto grupo que integra el club de los “consultores internacionales”.
En nuestra opinión editorial del sábado pasado nos referimos a los puntos de vista expresados por el Presidente del Banco de la Reserva Federal de los Estados Unidos (FED), Alan Greenspan, durante unas audiencias del Senado estadounidense. En esa oportunidad, el señor Greenspan expresó que “el mejor paso que podrían dar los países industrializados para aliviar el terrible problema de la pobreza en muchas naciones en desarrollo sería la apertura unilateral de los mercados a las importaciones”.
Lo que queremos señalar ahora es la gran coincidencia que existe entre la posición del poderoso Presidente del FED y la expresada por el Vaticano en un documento que publicó el 2 de diciembre de 1999, con motivo de la reunión de la Organización Mundial del Comercio (OMC) en la ciudad de Seattle, Estados Unidos.
Se recordará que en esa oportunidad se volcaron sobre esa ciudad estadounidense grupos de activistas que se oponen a la globalización y que pedían mayores regulaciones ambientales y más protección para el sector laboral local a través de impedir la explotación de los obreros en los países del llamado “Tercer Mundo”. En el transcurso de sus protestas causaron graves daños en la propiedad privada y sembraron el caos en la atribulada ciudad.
El documento del Vaticano es un documento muy sensato, mesurado y realista. Dejando de lado todo sentimentalismo estéril, la Santa Sede expresa su preocupación por los desposeídos y hace algunas observaciones que si los países ricos pusieran en práctica servirían para que las naciones más pobres pudieran llegar a tener una participación cada vez mayor en el comercio mundial, que es lo que en última instancia puede hacer que mejoren sus condiciones de vida.
El documento reconoce que el comercio por sí sólo no es una panacea para los problemas de la extrema pobreza en los países en vía de desarrollo, pero llama la atención sobre el hecho de que esos países tienen ahora una participación menor en el comercio internacional de la que tenían en 1990. Refiriéndose sin duda a las preocupaciones expresadas por los manifestantes en Seattle, el documento del Vaticano dice lo siguiente: “Hay algunos asuntos sensitivos que le preocupan a los países desarrollados, así como también a los de mediano ingreso y a los países pobres, tales como los derechos humanos, cuestiones laborales, degradación del ambiente, biotecnología y salud, pero que, independientemente de sus relaciones con el comercio, tendrán su completa solución más allá de los confines de la OMC”.
Y más adelante, haciendo eco de las palabras del Papa Juan Pablo II en su Encíclica Laborem Exercens, de 1981, agrega que “El trabajo infantil, la prostitución organizada, la esclavitud y el trabajo forzado, y la proscripción de los sindicatos, no pueden ser nunca parte de una política nacional o ser defendidos como el derecho al desarrollo de un país”. Pero el Vaticano pone el dedo sobre el meollo del problema cuando, inmediatamente después, dice que “los países ricos necesitan evitar cualquier clase de proteccionismo bajo el disfraz de esos principios”.
Con esas frases el Vaticano aboga, correctamente, al igual que lo hace Greenspan, para que los países ricos abran sus mercados a los productos de los países pobres. Ahora que se acerca la Cumbre de las Américas, a celebrarse en Quebec, Canadá, en este mes, nuestros países deberían aprovechar la oportunidad para presionar por una mayor apertura comercial del mercado estadounidense y del canadiense.