Salvatore N. Nápoli
Con el séptimo concilio ecuménico, el segundo en Nicea (hoy Iznik), bajo la autoridad de Constantino VI, se hizo un profundo examen sobre la teología de las imágenes, se puso fin a las luchas iconoclastas y se desarrolló el culto a las imágenes de forma notable.
Ante las objeciones de los iconoclastas, los teólogos opuestos dirigidos por el gran Giovanni Damasceno, contestaban que era cierto que Dios no se puede representar. Explicaron que, efectivamente, Él es invisible, espiritual, infinito. Pero con la encarnación de Cristo el invisible tomó forma, cantidad y color. A través de la naturaleza humana de Cristo se manifiesta la divinidad. Los acontecimientos de su vida, su enseñanza, sus milagros, nos revelan la verdadera naturaleza de Dios. El Dios de Jesús es un Dios de amor, un Dios que salva. Esta obra salvadora que Dios ha operado en Cristo, puede expresarse con palabras o colores, o sea con pinturas. El icono, como la Palabra, tiene función de anunciar la salvación, es palabra proclamada, escrita con el pincel en lugar del lápiz.
El icono tiene entonces una función “teofánica”, o sea que manifiesta acción y presencia de Dios en nosotros. De hecho Cristo, que le representa, es el verdadero icono del Padre, El es la imagen del Dios invisible (Col. 1-15).
El mismo ha dicho: “quien ve a mí ve al Padre” (Juan 14-9).
También el icono es entonces, igual que la Palabra que veneramos en la Biblia, un vehículo e instrumento de conversión y santificación. Esto podemos mejor entenderlo si se piensa que el icono tiene que ser insertado en el contexto de la liturgia, puesto que éste es su ambiente natural.
A través de la imagen pintada se nos lleva al “misterio” que se celebra. El icono no solamente nos revela el significado del acontecimiento que se celebra, sino su fuerza salvadora. Pero contrariamente a lo que afirmaba un pastor protestante, esto no significa que se liga la fe con la imagen ni que esa quite el alto valor de la fe.
La sagrada imagen, o icono, nos empuja a imitar el prototipo, reanima nuestra fe. Por eso es que los iconos pueden ser besados, darle incienso como se usa con la Cruz o con el libro de los Evangelios. El honor que se dirige a la imagen se atribuye al que está representado. En la Iglesia Católica, la imagen nunca ha sido “adorada”, sino venerada.
Venerando las imágenes de María y de los santos, se venera la presencia de Dios en ellos. El oro que se usa en los iconos, interno y bordes, son un simbolismo que indica por supuesto, esta presencia del Divino que todo ilumina y transforma.
Pero el mundo cristiano, entre todos los iconos sagrados que tiene, uno en particular es extraordinario, único, porque no es hecho por mano de hombre, es la reina de todas las imágenes, es la Santa Sindon de Turín, también conocida en el mundo hispano como la Sábana Santa o Santo Sudario. Del cuerpo entero dorsal y frontal, tal vez, el particular que más impresiona es el rostro: majestuoso y noble.
Nada que ver con la imagen del “Cristo” de la BBC. Bien es lo que declaró el reverendo Saturnino Cerrato con referencia a esta última imagen publicada por la televisión inglesa, que “no tiene ni moral ni espiritual”.
Si hay una imagen la cual, con muchas probabilidades científicas y corroboradas por los cuatro evangelios, pueda ofrecernos el rostro del Cristo de Nazaret, entonces serían aquellas que nos revela la Sábana Santa de Turín.
Pocos saben que los rostros artísticos del Cristo que se nos legaron en los siglos, nunca fueron una casualidad artística, fueron tomados de este lienzo de lino, que los evangelistas llamaban en griego “Sindon” o sea el lienzo funerario usado para envolver el Cristo cadavérico.