Desde la antigüedad se discute acerca de la naturaleza, los fines y las consecuencias del trabajo, y sobre las obligaciones, los derechos y la situación de los trabajadores.
Según la Biblia (Antiguo Testamento, Génesis 3) el trabajo es consecuencia de una maldición divina: “Maldita sea la tierra por tu culpa. Con fatiga sacarás de ella tus alimentos por todos los días de tu vida (…) Con el sudor de tu frente comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra…” Y en el Nuevo Testamento Pablo señala en su Segunda Carta a los Tesalonicenses: “No pedimos a nadie un pan que no hubiéramos ganado, sino que, de noche y de día, trabajamos duramente hasta cansarnos, para no ser carga para ninguno de ustedes (…) cuando estábamos con ustedes les dimos esta regla: si alguien no quiere trabajar, que no coma”.
También para Carlos Marx el trabajo es una maldición, sólo que social, y vaticinó que el progreso técnico y científico liberaría en el futuro a los hombres de la necesidad de trabajar y los dejaría completamente libres para dedicarse a las artes y a las ciencias, para cultivar y disfrutar plenamente las actividades espirituales. Sin embargo el alter ego de Marx, el también teórico comunista alemán Federico Engels, escribió un estudio “acerca del papel del trabajo en la transformación del mono en hombre”, en el que sustenta la tesis de que el trabajo no sólo es la base de la subsistencia sino también la clave de la misma humanización del hombre.
En realidad, el trabajo físico e intelectual es la condición indispensable para la existencia, bienestar y progreso de las personas y de la sociedad. Sólo con el trabajo honrado y creador se puede crear riqueza, transformar la naturaleza en beneficio de la humanidad, producir bienes de consumo y garantizar la existencia individual y social, el bienestar y la prosperidad de los individuos y de las naciones. Por eso es que el peor flagelo que sufre una persona, junto con su familia, es carecer de empleo o perderlo, y también por eso los pueblos más trabajadores son los más desarrollados y ricos, en tanto que entre más indolente es la gente también es más pobre y atrasada.
El trabajo no es un castigo divino ni una calamidad humana. Tampoco es el modo fatal e imperioso de ganarse el alimento y satisfacer las necesidades personales y familiares. El trabajo es en efecto un medio de realización humana, y de allí que quienes tienen trabajo y aman el fruto de su labor, son personas que crecen continuamente, se realizan e impregnan su vida y la de quienes los rodean, de optimismo, tienen seguridad en el presente y confianza en el futuro.
En Nicaragua, lo que se celebra con el feriado de hoy, “Primero de Mayo”, no es el trabajo sino a los trabajadores. Esta es una celebración mundial de origen comunista que nació en 1889, durante un congreso socialista internacional efectuado en París, para exigir el establecimiento de la jornada laboral de 8 horas. Actualmente, algunos trabajadores celebran el Primero de Mayo como una jornada de lucha de clases; otros proclaman la conciliación y colaboración del capital con el trabajo; y en algunos países, como Nicaragua, se hacen manifestaciones obreras para apoyar a partidos políticos y hacer peticiones al gobierno, inclusive para que los líderes sindicales obtengan prebendas gubernamentales.
Ahora bien, no en todas partes es feriado el Primero de Mayo ni se celebra el Día de los Trabajadores. En algunos países lo que festejan es el Día del Trabajo, como en Estados Unidos de Norteamérica, donde celebran oficialmente el “Labor Day”, el primer lunes de septiembre de cada año.
Realmente es justo y necesario honrar al mismo tiempo tanto al trabajo como a los trabajadores. El trabajo no existe sin las personas que trabajan. Los trabajadores sin el trabajo no son nada, pero el trabajo sólo se materializa, tiene valor y produce riquezas, mediante el esfuerzo físico y mental de los trabajadores, de todos los trabajadores, desde el jornalero y la empleada doméstica hasta el ejecutivo empresarial. Y a todos ellos saludamos hoy Primero de Mayo, Día del Trabajo y de los Trabajadores.