Roberto Fonseca [email protected]
El cadáver de mi hermano llegó dentro de un ataúd rústico, labrado de pino. Lo habían vestido con un uniforme camuflado, nuevo. Los pies, sin embargo, los tenía desnudos y fríos como el hielo. El rostro estaba inflamado y de su nariz, al igual que de los oídos, sobresalían aquellos malditos algodones. Mi hermano menor, de nombre Alvaro y del signo Acuario, cumpliría once días después tan sólo 23 años.
Esa mañana del 6 de febrero de 1985, desperté cargando una horrible sensación de angustia. Estaba en una finca de algodón, en la zona de Tipitapa, al frente de un contingente de cortadores de Carazo y, recuerdo que de pronto me vi impulsado a preparar mi mochila.
Esperé. Minutos después, por el radiocomunicador avisaron que pasarían por mí. En un vehículo Niva, soviético, me trasladaron hasta la carretera a Masaya, donde abordé un bus. Llegué luego a Managua, a la sede nacional de la Juventud Sandinista, donde trabajaba mi hermana mayor. Ella estaba en el despacho de Carlos Carrión, llorando, y al verme entrar corrió a abrazarme y me dijo lo que más temía: “Alvaro está muerto, lo mató la Contra”.
Horas después, frente a la propia puerta de la casa de mi mamá, recibimos abrazados su cadáver. Recuerdo que lo trasladaron en una camioneta de tina y lo lloramos a gritos, en plena calle de Colonial Los Robles. Desde entonces, un aire de tristeza y de dolor quedó impregnado en aquella casa.
Aquel diciembre de 1984 sería el segundo que pasaríamos separados. Él en la hacienda Las Lajas, intervenida por el Estado y; yo, en los cafetales de La Meseta, Carazo.
Mi hermano y yo muy pocas veces nos separamos. Entramos juntos al kinder, en el colegio Calasanz de El Carmen y muchos años después nos bachilleramos en el Colegio de los Padres Escolapios. Regresamos juntos a Nicaragua, días después del célebre 19 de julio, y nos incorporamos de inmediato a la Revolución. Durante la Cruzada de Alfabetización permanecimos en Siuna y, después de casarnos, terminamos compartiendo la misma casa. Ambos con un hijo cada uno.
Éramos muy distintos, incluso físicamente. Alvaro era un tipo atlético, mientras que yo no. Juntos parrandeamos, pusimos serenatas, bailamos y ya ebrios, admitíamos que pese a las diferencias de carácter y de personalidad, nos queríamos mucho.
El último recuerdo que conservo de él corresponde a cuando lo llevé a la UCA, para reunirse con los otros cortadores de café. Iba caminando, con una mochila en la espalda. Jamás pensé que no volvería a verlo.
Han transcurrido dieciséis años, sin embargo no hay nada que alivie el luto de mi madre. Por el contrario, los días cinco de cada mes, ella se levanta y se acuesta con los ojos llorosos. Y ni hablar de fechas especiales como las navidades. La muerte violenta e imprevista de mi hermano, es una mochila dura de sobrellevar.
Mi hermano y yo, al igual que muchos jóvenes de los años sesenta, fuimos parte de esa generación de jóvenes que hizo suya aquella consigna que decía: “Sin una juventud dispuesta al sacrificio, no hay Revolución”. Creímos ciegamente en ella y, lo peor de todo, nos esforzamos en cumplirla.
Sin embargo, a lo largo de estos once años me he preguntado una y mil veces: ¿valió la pena su sacrificio?, y cada día me convenzo que no. Su muerte se convirtió en una tragedia familiar aún insuperable, que nos ha afectado a todos hasta la médula espinal.
A mi madre le acaban de donar el terreno del Cementerio Oriental donde Alvaro está enterrado, bajo la premisa que “cayó defendiendo la revolución sandinista”.
Qué absurdo, ese memorándum de la Alcaldía —en honor a la verdad—debería decir que murió “defendiendo” a un atajo de cínicos, que disfrazados de revolucionarios cometieron las mismas tropelías que Somoza: Genocidio, enriquecimiento ilícito y hasta abusos sexuales.
* El autor es periodista.