Eduardo Chamorro Coronel
El mayor obstáculo al desarrollo de la democracia en Nicaragua ha sido el “continuismo” en el poder. La entrega del poder por Daniel Ortega, en el 90, quise creer, era el más reciente y certero golpe al continuismo, maleficio histórico que nos ha condenado al subdesarrollo político. En 96 llegó un gobierno entusiasta y dinámico, con mucho soporte popular, pero que extrañamente buscó el poder en el adversario, más que en su propio partido y aliados naturales. Pronto fue prisionero de las redes orteguistas, quienes conocedores de su vocación, irresistiblemente le indujeron a un continuismo compartido, en donde coincidieron distribuyéndose el poder. Lo que no sabemos es la profundidad de este pacto, hay quienes aseguran, aunque rechazo y cuesta creerlo, que llega hasta un plan a la Colombia, “ahora vos, mañana yo, de nuevo”. Los dos alumnos resultaron más aventajados que los experimentados maestros que idearon este acuerdo.
Durante la mayor parte del siglo pasado, entre Zelaya y Somoza, Nicaragua sufrió del recurrente fenómeno del continuismo. Zelaya quien pudo haber sido un héroe centroamericano, sucumbió ante la tentación del poder por las armas, despreciando el sufragio, jamás recibió un voto popular en sus 16 años de gobierno, fue una constituyente tras otra las que extendieron su presencia en el poder por las armas (1893-1909). Posteriormente la dinastía de los Somoza, perfeccionó el sistema con una fórmula más efectiva; poder por las armas y desarrollo económico, pero cuyo resultado neto consistió en: continuismo en el poder. Todos conocemos el fin de los Somoza, el de Zelaya ha quedado olvidado.
Aún no aprendemos que la alternabilidad es la base de la paz, doña Violeta la practicó, pero pareciera que el Dr. Alemán compromete nuestra estabilidad y desarrollo democrático pretendiendo dominar la Asamblea primero para luego continuar en el 2006, tal como él repetidamente pregona como la “buena nueva” para la juventud liberal, a quien cercena la ilusión de gobernar.
La primera víctima silenciosa es el propio don Enrique a quien previamente le han trazado una frontera que no puede cruzar. Muro rojo que hasta ahora le impide articular una campaña nacional, única manera de culminar su aspiración electoral.
Los verdes por su parte han sido atávicamente enemigos del “continuismo” y adversarios de los que aspiran a perpetuarse en el poder, la historia así lo demuestra, primero los treinta años con 6 presidentes, y luego los dieciocho con 4, aunque sin liberarlos de sus frecuentes y grandes errores, que los llevaron al fracaso, pero al menos dentro del ejercicio imperfecto de la democracia. Desde la Independencia ellos aún no han producido un dictador conservador.
En las próximas elecciones, los sandinistas protegidos por el olvido de once años de ausencia y por el “free ride” (viaje gratis) que el PLC con sus errores les ha proporcionado, seguros de su triunfo, insisten en un Daniel “reformado”, aunque siempre sinónimo de los ochenta.
Ahora al menos, el PLC está consciente que solos no llegan a ninguna parte, que su plan fracasó antes de comenzar, y requieren de los verdes para triunfar. Pero aún no están convencidos, o listos para encarar, que el éxito no reside en una alianza con los conservadores sino en el rompimiento con el continuismo compartido, única condición que permite al país conformar una alianza nacional. El Dr. Alemán, quien personifica al liberalismo, podrá haber tenido muchos “aciertos” en su gobierno, pero malogra a su posible sucesor al condicionarlo a su control desde la Asamblea, garantizando su retorno al poder, y pensar que para entonces tendrá casi la misma edad que don Enrique.
El dilema del conservatismo es navegar entre el retorno al sandinismo o la consolidación del continuismo, sendas de muy triste experiencia en nuestra historia. Condición que los absuelve, de fracasar en su intento de consolidar la ruta democrática en una alianza nacional.
La ruta democrática es posible, aún se puede y debe dar, inclusive con la “personificación del liberalismo”, de comprender los nuevos liberales que el continuismo aun hecho de santos no es repuesta nacional, sino más de lo mismo, contrario a lo que el país y la “nueva mayoría”, la juventud, buscan.
Y por esto cortésmente contribuyo a ponerle el cascabel al doctor, quien tiene más de tigre que de gato, pero quien siendo gran parte de la cuestión es parte de la solución.
* El autor es analista político.