- Para superar el desastre educacional hay que emplear métodos gerenciales y apartar al Estado de la gestión directa de los centros de enseñanza
Carlos Alberto Montaner
La sociedad española está escandalizada con sus escuelas y universidades. Los muchachos terminan el bachillerato sin saber casi nada. Muchos son incapaces de escribir sin terribles faltas de ortografía. De historia no conocen ni siquiera la de España. La mayor parte no puede expresarse coherentemente durante cinco minutos sin recurrir a muletillas y palabrotas. Las pruebas de contraste demuestran que están peor preparados en matemáticas y ciencias que los jóvenes de casi toda la Unión Europea. Y cuando se gradúan de la universidad, a otra escala, se repite el mismo desolador panorama. La universidad también falla. La revista Época lo sintetiza en portada reciente con un titular enorme: «La enseñanza es un desastre». Y la inteligente Ministra de Educación, Pilar del Castillo, la muy aguda y obsesivamente discreta funcionaria del gabinete de Aznar, concuerda con este diagnóstico y trata desesperadamente de ponerle coto mediante una reforma que enfrenta la resistencia de unos burócratas empeñados en trabajar menos, unos sindicatos decididos a ganar más, y unos estudiantes que rechazan cualquier demanda intelectual severa.
¿Hay cura para estos males? Parece que sí, y la medicina viene de la mano del mundo empresarial privado. Vale la pena tomar buena nota de un par de casos espectaculares. En Estados Unidos -por ejemplo- comienza a funcionar con un éxito notable la compañía newyorquina Edison Schools, que cotiza en la Bolsa, y cuya función es vender buena educación a precios competitivos.
¿Qué hace esta empresa? De la misma manera que los Hilton o los Holiday Inn organizan y administran hoteles, Edison Schools organiza y administra escuelas públicas o privadas desde el parvulario hasta el grado duodécimo. Las dotan de un sistema pedagógico eficaz, readiestran a los maestros, redefinen el currículo, imponen la disciplina, aumentan los períodos de clase y mejoran objetivamente los niveles de enseñanza. ¿Costo? El mismo que el Estado les tenía asignado cuando eran operadas por el sector público. Lo que hace Edison Schools es utilizar los recursos disponibles con mayor eficiencia, de manera que les sea posible competir con las buenas escuelas privadas del país, y, además, ganar dinero para distribuir entre los accionistas. ¿Resultado de esta gestión? Los estudiantes de las escuelas Edison están entre los mejor preparados del país. Donde antes las escuelas eran un depósito de alumnos fracasados y de maestros desmoralizados, hoy se yerguen unas instituciones limpias, eficientes, obsesionadas por la búsqueda de excelencia. Y ya es posible afirmar que se trata de una realidad, no de un plan experimental: lo que en 1995 se inició con una escuela piloto, hoy maneja 113 escuelas públicas y 57,000 estudiantes.
El otro caso notorio es el de la limeña Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas. La UPC, es una muy joven universidad -menos de una década- creada y administrada con criterio empresarial privado, en un país en el que muchas cosas funcionan mal, pero especialmente la enseñanza universitaria pública, dato que se comprueba cuando sabemos que San Marcos tiene más de cuatrocientos años de fundada, y en ese largo período no ha parido un solo hallazgo científico, una original escuela de pensamiento o una teoría mínimamente novedosa. (Ha alumbrado, eso sí, legiones de pintorescos revolucionarios convencidos de que conocen los caminos secretos que conducen a la felicidad nacional).
¿Qué ha hecho diferente la UPC? Ante todo, admitir que se trata de una empresa que debe brindarles beneficios a los accionistas mediante la venta de un servicio -educación superior-, en medio de un mercado en el que sus competidores más fuertes -las universidades públicas- prácticamente «regalan» un producto supuestamente parecido. ¿Cómo competir? Muy sencillo y muy difícil a la vez: con calidad, conjugando los objetivos instruccionales generales con las peculiaridades de los individuos, con una absoluta conexión entre lo que se aprende en las aulas y lo que demanda la sociedad, todo ello enseñado mediante acreditados métodos pedagógicos utilizados por profesores que no poseen el estupefaciente privilegio de las cátedras vitalicias. Como en cualquier empresa sujeta a la competencia, el profesor que no rinde lo que de él se espera -o el rector, o los decanos-, se le despide. Exactamente lo mismo que le sucede a los estudiantes que fracasan o a los alborotadores. ¿Consecuencia de este rigor? Mientras los egresados de las universidades públicas peruanas difícilmente encuentran trabajo cuando se gradúan, el noventa por ciento de los graduados de la UPC son contratados apenas se quitan la toga y el birrete. Las compañías saben que los arquitectos, abogados, administradores de empresas, ingenieros o comunicadores salidos de esta Universidad/Empresa son profesionales competentes.
La lección que se desprende de estos dos ejemplos es muy clara: para superar el desastre educacional hay que emplear métodos gerenciales aprendidos en el mercado, y resulta aconsejable apartar al Estado de la gestión directa de los centros de enseñanza. Luis Bustamante Belaunde, el brillante rector de la UPC, lo dice con absoluta claridad en un libro –La nueva universidad- que ningún educador serio debería dejar de leer: «Si una universidad quiere estar a la altura y responder a los retos de hoy debe parecerse más a las organizaciones empresariales del mañana que a los viejos patrones del ayer». Y así es: mientras no admitamos esa verdad seguiremos graduando analfabetos funcionales, o, en el mejor de los casos, profesionales patéticamente inútiles. [©FIRMAS PRESS]