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Al morir Katherine Graham, la semana pasada, periodistas de todo el mundo recordaron la valentía con que ella respaldó a los reporteros del diario The Washington Post, en las investigaciones del caso Watergate, que terminaron con la renuncia del presidente estadounidense Richard Nixon, en 1974.
La mayoría de alusiones a Graham condujeron esta vez a valorar el ejercicio del periodismo frente al poder, que muchos consideran necesario para iluminar los tiempos de oscuridad, pero que requiere una independencia férrea, como la que propició Katherine en el periódico que tuvo que dirigir, de forma inesperada, al fallecer su marido en 1963.
The Washington Post era un periódico sin trascendencia cuando Graham llegó a dirigirlo, y empezó a sobresalir a finales de la década de los 60 al publicar documentos confidenciales del Pentágono, granjeándose una serie de acusaciones de los diferentes sectores con poder.
A ese diario lo acusaron de poner en peligro la seguridad de la Patria por revelar secretos de Estado, pero luego el Tribunal Supremo de Estados Unidos falló a su favor y, más tarde, logró un éxito rotundo al publicar las historias del espionaje que hacía la Administración Nixon en el edificio Watergate, sede electoral del Partido Demócrata.
Treinta años después, diferentes medios de prensa en América Latina afrontan acusaciones o presiones por razones parecidas: develar secretos de gobiernos que afectan a la sociedad y hacen peligrar los procesos democráticos.
Pero quienes detentan el poder en estos países, todavía sostienen que los medios que los critican o los investigan “ponen en peligro la seguridad de la patria”. Es una justificación invalidada desde antes del caso Watergate, cuando a The Washington Post lo favoreció la sentencia de los tribunales norteamericanos, a propósito de los documentos del Pentágono.
¿A qué se debe? El periodista Alfonso Armada, del diario español ABC, considera que el poder, que siempre tiene demasiado que ocultar, “trata a sus ciudadanos como súbditos, niños incapaces de entender la verdad, la envergadura de las tareas para las que se elige a los gobernantes, que siempre saben lo que conviene”.
A simple vista podemos advertir que la gran influencia que adquirió The Washington Post en la sociedad norteamericana proviene de ese ejercicio periodístico de “contrapoder”, pero en el fondo también es producto de la autocrítica sistemática a que tuvo que someterse el equipo de periodistas del diario, tal como reveló después uno de sus directivos y Defensor de los Lectores.
En consecuencia, una de las lecciones que sobresale al morir Katherine Graham, es que si los periodistas estamos dispuestos a contribuir para que prevalezca la verdad, también tenemos que someternos al escrutinio riguroso, analizando con franqueza los errores que cometemos cada día, porque de eso dependerá la fuerza y el esplendor de la luz de nuestros medios.