Jorge Salaverry [email protected]
Debo confesar que cuando supe que el dr. noel Vidaurre había renunciado a ser candidato a la Presidencia de la República por el Partido Conservador, me alegré mucho. Pero cuidado; no quiero que esto sea mal interpretado. Creo sinceramente que el Dr. Vidaurre es un hombre honesto, capaz y bien intencionado. Entonces, ¿de dónde proviene la razón de mi alegría? Pues de saber que su renuncia salvó, sin habérselo propuesto, la posibilidad de que los electores comprometidos con la democracia podamos ejercer el voto cruzado en noviembre para salvar a Nicaragua de un gobierno presidido por el señor Daniel Ortega, y de una intromisión perversa del Dr. Arnoldo Alemán en la Asamblea Nacional. (Como se sabe, el voto cruzado significa votar por don Enrique Bolaños para presidente, y por los candidatos conservadores para diputados.)
En el Partido Conservador había dos corrientes de pensamiento: una que abogaba por incluir como candidatos a diputados a personas identificadas con el sandinismo. El Dr. Vidaurre se suscribía a esa corriente. La otra, abogaba por no permitir esa inclusión. Esta última es la que triunfó, afortunadamente. Y digo afortunadamente, porque, si hubiese prevalecido la primera, habría significado echar por la borda la maravillosa oportunidad que ahora existe de poner en práctica el voto cruzado en las próximas elecciones. Ningún liberal habría votado en una lista de diputados que incluyera a sandinistas.
Porque no hay que olvidar que para que el voto cruzado pueda tener éxito es imprescindible lograr que los electores liberales, sobre todo, voten por los candidatos a diputados propuestos por el Partido Conservador, y no por aquéllos que el Dr. Alemán seleccionó en el PLC con el propósito de manejarlos a su gusto y antojo en la Asamblea Nacional para satisfacer sus desmedidas ambiciones personales. Es así de simple. Si los liberales no cruzan el voto, Alemán gana y Nicaragua pierde.
Se equivocan quienes creen que los liberales aprueban todas las zanganadas que se han cometido en el actual gobierno. Es todo lo contrario; están muy molestos y conscientes de que ni la filosofía liberal ni sus principios son los que han fallado, sino quienes, cobijados con la bandera liberal, llegaron al gobierno, no para dedicarse a servir, sino para servirse. A esa conclusión he llegado después de conversar con muchísimos amigos y amigas que militan en el PLC o que se consideran identificados con esa corriente política.
Las personas que abrazan la filosofía liberal –o la conservadora– son, primero que nada, demócratas que favorecen la libertad individual, el sistema de libre mercado, la propiedad privada y el respeto a los Derechos Humanos; aspiran a tener un gobierno honesto, capaz, y al servicio de todos. Es por eso que estoy convencido de que los liberales, que aman la libertad, la honestidad, la justicia y el progreso, pueden comprender muy bien que les conviene votar cruzado en las próximas elecciones para salvar todos esos valores que les son tan preciados.
Por otro lado, considero que en el Partido Conservador no ha habido ningún desmoronamiento, ni debacle, ni debilitamiento, ni cosa alguna parecida. Lo único que el PC hizo fue, a mi juicio, reafirmar su compromiso con la democracia. Por eso no me sorprende ver que quienes se proclaman desilusionados y molestos con lo ocurrido en del partido verde, no son ni sus militantes ni sus simpatizantes, sino aquéllos que querían que en sus filas se colara una buena dosis de influencia sandinista. Los dirigentes del PC vieron el peligro y lo conjuraron.
El PC no tenía posibilidades –ni antes, ni después de la renuncia de Vidaurre– de ganar la Presidencia. Los números de las encuestas lo sugieren claramente. Pero lo que ese partido tiene, en estos momentos tan cruciales para Nicaragua, es una gran capacidad para contribuir a salvar la incipiente democracia que tanto nos ha costado. Y para hacerlo no tiene que entregarse en las manos del Partido Liberal. De hecho, ya hizo lo que tenía que hacer primero: presentar una buena lista de candidatos a diputados.
Paradójicamente, de ahora en adelante la tarea estará no en manos del PLC ni del PC, sino en manos de todos los ciudadanos que deseamos vivir y progresar dentro de un marco de democracia, paz y libertad, sin importar si somos liberales, conservadores o demócratas sin partido. Una eficiente campaña para explicar y promover el voto cruzado debe diseñarse e implementarse cuanto antes. Alemán y Ortega no quieren una campaña así, pero Nicaragua, por su bien, la necesita con urgencia.
El autor es miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA, y catedrático de la UTM.