Derrotas electorales rojinegras

Roberto Fonseca L.roberto.fonseca@laprensa.com.ni Para mí fue un mal presagio. aquel gato muerto, arrojado al patio delantero de mi casa, lo tomé como un mensaje fúnebre, al estilo del pescado envuelto en periódico, que envía la mafia italiana a su próxima víctima. Sentí zozobra, mucha angustia. Era la mañana del 26 de febrero de 1990, un […]

Roberto Fonseca L.roberto.fonseca@laprensa.com.ni

Para mí fue un mal presagio. aquel gato muerto, arrojado al patio delantero de mi casa, lo tomé como un mensaje fúnebre, al estilo del pescado envuelto en periódico, que envía la mafia italiana a su próxima víctima. Sentí zozobra, mucha angustia. Era la mañana del 26 de febrero de 1990, un día después de las elecciones y el futuro lucía incierto.

No contemplaba la derrota electoral entre mis cálculos, en mis planes. Creíamos ciegamente en el triunfo arrollador. Confiábamos en el rumbo que indicaban las encuestas de opinión pública, favoreciendo al candidato rojinegro, Daniel Ortega, el “gallo ennavajado”. Sin embargo nos equivocamos olímpicamente.

“¿Qué vamos a hacer ahora?”, preguntó preocupada mi primera esposa, y le respondí con franqueza: “No sé, no tengo la menor idea”. Mi hijo cumpliría ocho años en mayo de ese año y su madre intuía que se quedaría sin trabajo. Derrotado el Frente Sandinista no podría sostener su gigantesco andamiaje partidario. Sólo yo tenía trabajo fijo, por el momento.

Recogimos con periódicos el gato muerto, para botarlo, mientras instintivamente volví a ver a un lado y otro de la calle, tratando de encontrar a los culpables, pero estaba completamente desierta. Nadie circulaba, ni en carro ni a pie. Sentía en el ambiente un hálito fúnebre. “Voy a ver qué pasa”, le dije a ella, “voy al periódico”.

Minutos después llegué a Barricada, circulando por calles vacías, polvorientas, fantasmales. Todos teníamos una expresión fúnebre en los rostros, como si se nos hubiera muerto un familiar común. Incluso, al vernos, nos abrazábamos. “Perdimos, hermano, perdimos”, decíamos.

La razón buscaba explicaciones, la cabeza parecía estallar. Alguien repitió lo que había dicho Daniel Ortega horas antes, después del discurso de la derrota en el Olof Palme. “El pueblo nos traicionó”, dijo.

LA INFLUENCIA CHINA

Los comicios de 1996 revelaron con más nitidez la influencia asiática, de la cultura china, en la estrategia electoral sandinista. El documento, redactado por el propio Humberto Ortega, iniciaba con una cita del legendario libro “El arte de la guerra”, de Sun Tzu.

“La excelencia suprema consiste en romper la resistencia del enemigo sin luchar”, rezaba en la primera parte.

Años atrás, en los comicios de 1990, también se evidenció, pero quedó oculta por otras interpretaciones. Se trató de la imagen del gallo, unida a la de Daniel Ortega. La interpretación esotérica —también común en las campañas electorales sandinistas— está relacionada a su fecha de nacimiento: 11 de noviembre de 1945. Según el horóscopo chino, es un “gallo de madera”, correspondiente a los que nacieron entre el 13 de febrero de 1945 y 1 de febrero de 1946.

“Su necesidad de ser escuchado y admirado comienza desde su primer COROCOCÓ en el gallinero”, dice uno de los horóscopos chinos consultados. Entre sus características están: pavonearse, sentirse imprescindible, dar órdenes, lucir impecable y gastar en el look”.

“Nació y morirá siendo jefe de un ejército de fantasmas”, añade el mismo horóscopo chino. Suena a frase lapidaria.

CONSEJO DEL ESTRATEGA ELECTORAL

Cuarenta y ocho horas después de las elecciones de 1996, logré finalmente comunicarme telefónicamente con el estratega electoral de imagen del Frente Sandinista, el costarricense Danilo Morales.

Le había insistido en una entrevista, una y otra vez, cada que vez que lo veía, pero siempre decía lo mismo, después del 20 de octubre. Hombre de palabra, esa noche lo ubiqué en el local de conteo y me brindó sus números telefónicos. Además, su identificación oficial del CSE como asesor rojinegro. “No me gusta la foto, pero podés usarla para ilustrar el artículo”, dijo.

Su candidato había perdido, sin embargo se sentía satisfecho. “Yo me siento orgulloso del resultado de la estrategia electoral”, me confesó, “subir 20 puntos en tres meses es increíble, es una hazaña”.

El comando electoral rojinegro lo dirigía Humberto Ortega, bajo una estrategia política y de imagen diseñada de su puño y letra. Fungía como un general, dirigía las reuniones, contrataba al personal especializado —entre ellos Morales— y estaba pendiente de detalles como los spot publicitarios y los resultados de las encuestas electorales contratadas a CID-Gallup. Tenía varios operativos bajo su mando, entre ellos el ex embajador tico, Carlos Aguilar.

En esa conversación, Morales admitió varios errores, entre ellos el cierre de campaña rojinegro. Había sido apoteósico, masivo y habían pagado para su transmisión en cadena, prácticamente en todos los canales locales. Quiso que nadie se perdiera esa exhibición de fuerza. A su juicio fue un error fatal.

“Yo nunca preví que un cierre así, afectaría tanto al Frente, lo digo con honestidad. Al ver aquella multitud enardecida, triunfalista, a muchos les dio miedo que volvieran las quemas de llantas, las bombas y decidieron votar por Arnoldo Alemán, aunque no fuera su candidato”, añadió.

Finalmente, brindó un consejo al sandinismo, de cara a los comicios del 2001: “El candidato ideal en un futuro debe ser más cosmopolita, más intelectual, más permeable, una persona capaz de hablar dos o tres idiomas, pero a la vez que sea muy sensible a las demandas sociales”, comentó.

De lo contrario, pese a su aprecio personal, afirmaba que el sandinismo volvería a perder.  

×

Apoye el periodismo independiente. Lo invitamos a compartir este contenido.

Comparte nuestro enlace: