“El ave canta aunque la rama cruja”

Víctor Medina Debo admitir con sinceridad que el fallecimiento de los poetas Carlos Martínez Rivas y Pablo Antonio Cuadra conmueve mi sensibilidad de ciudadano común tras largos años de admirar su excelencia poética. Pero la muerte de don Pablo Antonio, por lo más cercano, me hace remarcar su altura humanista y de auténtico “Hijo de […]

Víctor Medina

Debo admitir con sinceridad que el fallecimiento de los poetas Carlos Martínez Rivas y Pablo Antonio Cuadra conmueve mi sensibilidad de ciudadano común tras largos años de admirar su excelencia poética.

Pero la muerte de don Pablo Antonio, por lo más cercano, me hace remarcar su altura humanista y de auténtico “Hijo de Septiembre”, como solía él llamar a los luchadores por una Patria nueva.

Patricio sin premios oficiosos, voz de los sin voz; desde la subliminal tribuna verbal y escrita hasta el planteamiento directo y franco de cara a los políticos injustos. Voz del campesino que siempre va por sus caminos polvorientos y oscuros. Jamás abandonó su denuncia social. Fue proclive siempre como patriota al ejercicio de la Palabra como arma letal para derribar injustos, ahí tal vez estriba su elevado humanismo.

Fue ajeno al premio y la adulación de la canalla política la cual lo escarneció, basta recordar su injusto encarcelamiento en la década del cincuenta durante los Somoza. Fue blanco de asechanzas e intrigas políticas durante la década del ochenta del siglo recién pasado cuando la claque gobernante quiso confrontarlo con Carlos Martínez Rivas.

Hay quienes recordamos la mezquindad de los politiqueros para marginarlo y escarnecerlo ante la opinión pública nacional acusándole de ser “el poeta de la burguesía” y a su vez sus detractores intentaron erigir a Martínez Rivas en su antagónico, lo que resultó finalmente inútil ya que las manipulaciones se derrumbaban por lo cosmogónico de ambos genios.

PAC, como maestro, fue abandonado por sus discípulos durante la década de los 80. Le negaron… ¿por miedo o por interés?. Y aquellos mismos discípulos que le dejaron tuvieron que reconocer, a los pocos años, su grandeza intelectual y su valentía como ciudadano nicaragüense. Aquellos mismos que le negaron volvieron al redil al derrumbarse la utopía que los embelesó y los hizo esclavos. Hay constancia.

Don Pablo entonces continuaba su labor educadora, sabiendo sin lugar a dudas que “el ave canta aunque la rama cruja”. Perdonando y orientando, pese a las acechanzas, a sus queridos discípulos quienes habían trastocado su corazón en dura piedra hipnotizados por la Hidra.

De la extensa lista solamente dos, a lo sumo tres, permanecieron fieles a los aires de libertad que insuflaba don Pablo desde las reapariciones de La Prensa Literaria en la década de los 80.

Bondadoso y comprensivo, como antiguo Zaratustra, PAC los recibía siempre con los brazos abiertos. Los intelectuales que escapaban de la terrible pesadilla política siempre fueron bien recibidos por su Maestro.

¿Qué más diré de su recio espíritu?. En instantes que es la vida, parodiando a Wilde, don Pablo sabía cantar su arte para todos aquéllos que le escucharan, pese a las situaciones políticas difíciles, por no decir peligrosas.

Se nos ha ido, pero el guerrero, el hijo de septiembre no ha muerto… duerme.