¿Cuáles son tus miedos?

¿Cuántos de nosotros tenemos “cuchi cuchi” a algo? Si nos examináramos detalladamente quién sabe cuántos pánicos descubriríamos en nuestras vidas. En esta ocasión estamos hablando de esos pánicos que no precisamente tienen una base sólida, de esos temores que posiblemente los confundimos con supersticiones, o bien ese temor que se originó al escuchar un cuento […]

¿Cuántos de nosotros tenemos “cuchi cuchi” a algo? Si nos examináramos detalladamente quién sabe cuántos pánicos descubriríamos en nuestras vidas. En esta ocasión estamos hablando de esos pánicos que no precisamente tienen una base sólida, de esos temores que posiblemente los confundimos con supersticiones, o bien ese temor que se originó al escuchar un cuento de camino, al ver una película espeluznante o a raíz de la experiencia vivida por un conocido. Estamos hablando de esos temores que a ti te quitan el sueño y que a tus hermanos les hace reír a carcajadas, que a tu novio le causa mucha gracia y a tus compañeros le parece mentira que eso te dé miedo. Pero no creas que eres el único joven del mundo al que le dicen: “Estás loco, ahí no hay nada”, “pareces hijita de mamá ¡dormite ya!”, “no niño, es una sombra”, “despreocúpate es pura casualidad”, y por último que te digan: “mucha película has visto”.

Aquí Entre Nos conversó con algunos jóvenes a los que les dirías más o menos las mismas frases. A continuación te presentamos sus historias.

“Me asustan los gatos”

Daniela González tenía dieciséis años cuando escuchó que unos gatos estaban riñendo en el techo de su casa. Hasta ese día, para ella los gatos eran animales “comunes y corrientes”. Eran como las seis de la tarde y ella se preparaba para recibir la visita de su novio Timoteo.

Para ella la riña de los gatos no tenía nada de trascendental, ya que no era la primera vez que los escuchaba. A la media hora de haber escuchado a los gatos, Timoteo la llamó por teléfono para informarle que no podía llegar. Para González la noticia levantó malas sospechas y ella pasó intrigada el resto de la noche.

Al día siguiente, Juana, su prima, le informaba que había visto al guapo de su novio con una rubia guapísima en el cine. “Yo hablé con él y resultó ser cierto que ese día me fue infiel. Ese mismo día terminamos”, recuerda. Desde entonces González ve en los gatos un animal “maldito que sabe lo que a mí me va a pasar y creo que se ríen de mí por saber antes que yo lo que sucederá. Creo que si la gente les pusiera más atención se darán cuenta de que se ríen”, afirma González entre risas. Ella está totalmente convencida de que ese berrinche que se tenían los gatos en el techo era una señal o un aviso. Desde entonces evita ver a los gatos, y si se topa con uno se dispone a rezar y a rezar hasta que se siente segura. Cree ciegamente que esa técnica le ha funcionado porque no le ha vuelto a ocurrir algo parecido, a pesar de que ha visto gatos.

Pero no crean, Daniela es el hazmerreír de sus hermanos y de una que otra amiga, porque en el lugar que sea, a la hora que sea, siempre y cuando ella ve un gato se pone a rezar y a suplicar porque no le pase nada. Recuerda que una vez iba en el bus, y de largo vio a uno de estos felinos, y lo primero que se le vino a la mente es que el bus iba a chocar, y para evitarse un accidente se bajó del bus y tomó un taxi. “Sin embargo no dejo de tenerles miedo, detesto a los gatos, no sé cómo hay gente que los puede ver lindos. Para mí son malos y aves de mal agüero. Es más, creo que hacen gesto de burla cuando me ven y eso me da horror”, concluye.

Repulsión a las cucarachas

Liana Fajardo, de 19 años, estudiante del tercer año de Administración de Empresas de la UAM, comparte con nosotros sus temores.

Para Fajardo no hay nada más espantoso y asqueroso que matar una cucaracha. “Escuchar el ‘crashhh’ que hace en el zapato me da asco. Puedo ver que la mata otra persona, pero yo no las puedo matar”. La repulsión a las cucarachas la tiene desde que era muy pequeña, y si en su camino se topa una, no precisamente lanza un grito, simplemente se desvía del camino aunque tenga que caminar más. Recuerda la ocasión en la que estaba de visita en casa de una amiga del colegio, y que del abanico, que estaba pegado en el cielorraso, le cayó una en el pelo. “Parecía Gloria Trevi sacudiéndome el pelo y gritando”, narra sonriente. Liana también le teme a las alturas.

“A pesar que nunca me he caído de algo muy alto, cuando subo escaleras o paso por puentes me da una sensación horrible”, apunta. Esta sensación no la experimenta cuando va a bordo de un avión, “en los aviones es diferente porque no estoy viendo abajo y me siento más segura”, afirma.

Una almohada en los pies

Los cuidados que Velia Noguera, de 24 años, debe tener al dormir no son más que tres. Ella antes de acostarse, además de velar porque su bebita esté totalmente cómoda en su cunita, debe ponerse calcetines, bajar las cortinas del cuarto, y por último ponerse una almohada encima de los pies. Por supuesto que cada una de estas acciones son precauciones que las tiene desde que era una niña.

Por ejemplo, las cortinas del cuarto las baja porque “me da horror que alguien me esté viendo, y las bajo aunque me esté muriendo del calor”, a pesar de que William, su esposo, le diga que es loca al hacer estas cosas.

El hábito de dormir con calcetines, bien ensabanada y de ponerse la almohada encima de los pies es para evitar que “un muerto, un vivo o un animal me toque”, explica entre risas. Al mismo tiempo cuenta que a la edad de 16 años su abuelito, que está muerto, le tocó los pies por la noche.

Para variar, Noguera le tiene pánico a los ratones, mas si éstos son pequeños. Dice no soportar ver a esos animales con colas largas, ojos brillantes y moviéndose tan rápido, “peor aún si son negros”, apunta. Tal es el repudio a este roedor que no entra o no pasa por el sitio donde los vio hasta por el lapso de una semana, por temor de encontrárselo nuevamente.

“Duermo con el espejo tapado”

Eva Delia Bonilla, de 20 años de edad, narra para Aquí Entre Nos las fobias con las que ha convivido más de cinco años. Las fobias para esta joven son experimentadas por las noches, exactamente cuando llega la hora de dormir. “A mí me da miedo dormir con los espejos destapados, y también me da miedo verlos por las noches”. Este pavor lo sustenta con un documental que vio por la TV, en el cual salía el testimonio de una muchacha que miraba reflejos y cosas raras en el espejo.

“Ya tenía el temor de ver el espejo por la noche, pero al ver ese documental creí más en la posibilidad de ver algo”, señala. Por tal razón, Bonilla todas las noches debe tapar, con lo que esté al alcance, el espejo de su cuarto, porque “no me gustaría despertarme y ver una imagen. Generalmente lo tapo con una cortina, porque es lo que tengo al alcance”. Pero no sólo es el temor de ver una imagen, también es horror a que alguien la pueda estar viendo a través del espejo.

“Tal vez me pase lo que sucedió en el Abogado del Diablo”, comenta en tono de broma. Añadámosle a este pánico de Eva, el temor que tiene de dormir descobijada. Ella, aparte de asegurarse de que el espejo esté tapado, se cerciora de estar totalmente cubierta con la sábana, haciendo mayor énfasis en los pies, debido a que le parece que una mano la puede tocar durante la noche. Cabe señalar que la sábana no se la quita aunque se esté “muriendo del calor”.

¿Fobias o supersticiones?

“Todos tenemos miedo a algo. Puede ser a lo desconocido, a algo sobrenatural, al poder de Dios, a nuestros padres, entre otros. Posterior al pánico se encuentra la fobia. Ésta es más que un miedo. La fobia ya es un estado patológico. Las fobias son estados de ansiedad o angustia que se pueden generar desde la niñez. Pero no debemos confundir las supersticiones con las fobias. Eso de que los muertos te van a salir y tocar los pies es una superstición, explica la psicóloga Roxana Gutiérrez Arana, catedrática de la Universidad Americana y de la Universidad Centroamericana.

La doctora apunta que no hay que creer que estas personas tienen supersticiones y fobias absurdas, ya que si la persona cree en esto es porque tiene una justificación. Agrega que existen casos en que el miedo puede generalizarse en fobia debido a un hecho trascendental que impacte, por ejemplo las personas que tienen miedo a la oscuridad. Lo más probable es que en su niñez hayan pasado un momento traumático en un cuarto oscuro.

Los casos de fobias se deben tratar psicológicamente cuando éstas comienzan a afectar nuestras relaciones interpersonales o bien cuando empiezan a limitar las relaciones con el medio que nos rodea, señala Gutiérrez.

Las fobias se superan conociendo las causas que las ha generado, saber si son producto de la niñez o de historias que hemos escuchado.

Cabe mencionar que existen personas que tienen zoofobia, o bien miedo a los animales. La persona conoce el animal que le causa la fobia, no puede controlar los temores y se descontrola totalmente cuando lo ve. También para estas personas hay psicoterapia para que el individuo aprenda a enfrentar la fobia.