La gran Compañía Encanto y los recuerdos de “Manojo” Moraga

Para los recordadores irredentos, como llamamos en La Peña del Viejo Solitario a aquellos fraternos amigos de infancia cuyo mayor goce es deshilvanar lejanías de la desaparecida Managua, basta una palabra, un nombre, un apodo o un concepto para que procedan a desencadenar un torrente de añoranzas que rompe todos los diques Mario Fulvio Espinosainfo@laprensa.com.ni […]

José Gregorio Moraga Bermúdez.

  • Para los recordadores irredentos, como llamamos en La Peña del Viejo Solitario a aquellos fraternos amigos de infancia cuyo mayor goce es deshilvanar lejanías de la desaparecida Managua, basta una palabra, un nombre, un apodo o un concepto para que procedan a desencadenar un torrente de añoranzas que rompe todos los diques

Mario Fulvio Espinosainfo@laprensa.com.ni

Eso ocurrió cuando me soqué a platicar con mi “mano” (de hermano) José Gregorio Moraga Bermúdez, aquel chavalo alto y espigado al que le decíamos “Manojo” porque así por fuerza teníamos que apodarlo, pues “Manojo” fue su abuelo y “Manojo” fue su padre don Manuel Moraga Vélez, que fue secretario privado del general Emiliano Chamorro Vargas, el famoso “Cadejo” cachureco.

El señuelo en este caso fue el nombre de Paco García, y el sedal la Compañía Encanto, tanto Goyito como yo casi rascábamos el terreno para comenzar a develar sabidurías pasadas, como en severa competencia para ver quién recordaba más.

“Antes de 1940 ya existía la Compañía Encanto”, afirma Gregorio. “Se presentaba en un patio baldío cercado por tablas que estaba ubicado del tope del parque de Santo Domingo, unos 50 metros abajo, pegado a la que después fue La Defensa. Era muy niño para ese tiempo pero sé que traía entre sus novedades a una muchacha llamada Paquita que cantaba casi igual a Libertad Lamarque”.

Yo por mi parte le digo que recuerdo que la esposa de Paco García era una joven hermosa y agraciada llamada Rosita Meléndez que era parte del elenco en calidad de primera actriz. Una noche mi madre me llevó a ese teatro de tablas a presenciar “Santa”, un melodrama cuyo protagonista principal era un ciego (Paco García), que se enamora de una prostituta a la que él llama Santa, porque es el único ser que lo trata con amor y como ser humano. Recuerdo asimismo que el no vidente le cantaba a su amada una canción nueva para ese tiempo, un bolero de Agustín Lara cuya letra dice: “En la eterna noche de mi desconsuelo/ tú has sido la estrella que alumbró mi cielo/ Y yo he adivinado tu rara hermosura/ y has iluminado todas mi negrura”.

“Cuando eso ocurrió —añade Moraga—, yo tendría quizás seis o siete años. Mis recuerdos son muy vagos. Era un tablado chapado a la antigua con una pequeña entradita, adentro había una especie de carpa, pero no ubico bien ese detalle. Sillas plegadizas, un escenario con telón para descorrerse y si no recuerdo mal, una pequeña orquesta.

“Pilar Aguirre comenzó su carrera artística en ese tablado, y una día se fue como parte del elenco a trabajar con la compañía a El Salvador. Me parece que allí se disolvió el grupo, no sé por qué causa, y nunca más volvieron a juntarse”.

UN AHIJADO DE PEDRO JOAQUÍN

Estamos en un pequeño apartado del negocio de billares que posee Goyito en la Carretera Sur, y nuestra conversación se mezcla con el ruido que hacen las bolas de marfil al chocar entre sí.

“Cuando vi en LA PRENSA de Pedro Joaquín Chamorro —mi padrino— la foto de mi amigo Benjamín “Mincho” Pérez, y leí que recordaba tiempos tan bonitos, sentí nostalgia y me remonté al pasado. Te felicito, yo conocía tu pluma no de ahora sino hace tiempo, nos conocimos en nuestra niñez, nos abrazamos y compartimos momentos felices en nuestro querido y recordado barrio de Santo Domingo.

“Mi padre era Manuel Moraga Vélez. Mi madre, Graciela Bermúdez, fue profesora del Colegio Francés de Granada. Tengo once hijos, cuatro de mi primera esposa María Teresa que vive en EE.UU. y dos hijos a los que, como dice Mincho, no les podría llamar naturales. El mayor es Jorge Aldemaro del cual me siento muy orgulloso, tres de mis hijos son administradores de empresas, otro es un químico, los administradores de empresas son Jorge Aldemaro, Luis Ernesto y Marlon Enrique.

“En aquella Managua recoleta las familias se relacionaban entre sí de manera espontánea, los Moraga con los Espinosa, los Pérez con los Barberena, había solidaridad, compañerismo, una fraternidad que hoy por hoy hemos perdido, y te podría citar un montón de nombres de familias, los Arróliga, los Cabeza, los Cajina, los Pérez, los Espinosa, los Armijo, los Guadamuz, los Selva. Todos de nuestro barrio. Y platicando con mis padres me decían las bondades que existían entonces, de los famosos coches de Juan Gutiérrez y los de Julio Martínez, de la Managua de cuando se empezaron a meter las tuberías, del Mercado Central y del San Miguel en cuya esquina suroriental estaba “El Alma de un Campeón”, que era un atlético buen hombre que siempre nos deleitaba haciendo piruetas en su bicicleta. Tenía “El Campeón” un almacencito donde vendía de todo, era una Managua muy linda y muy sana, es como dice mi amigo Benjamín, en nuestros juegos del trompo, la lechuza, el arriba la pelota, el fusilado, el hand ball, que nosotros jugábamos sin un tinte de maldad.

“En el sector de los mercados recuerdo que estaba situada la Farmacia Ramos. Cómo olvidarse de “El 5–95”. Del lugar del Mercado Central donde comprábamos las tiradoras, que era de la esquina sureste 75 varas al lago. También ahí quedaba una famosa tienda de abarrotes de los Pérez Mora, cerca se situaba al almacén “La Media Luna”, más acá la venta de zapatos de doña Gudelia Lavadí, la tienda de Las Navarro, que se caracterizaba por vender trajes de novia y artículos bordados, también vendían botones y sedinas, eran excelentes modistas y bordadoras”.

¿Dónde naciste?
Si nos ubicamos en lo que es el Parque Santo Domingo, del tope una cuadra hacia abajo y cincuenta metros hacia el lago. En la esquina norte estaba Noche Criolla, cerca vivían los Cajina, estaba Chepe Peña, el Hotel Velásquez, el Hotel Gloria, eso lo recuerdo como si fuese hoy. Muchas veces cuando vengo a Nicaragua con mis hijas las hondureñas, al lugar donde nací, que es ahora un solar baldío, me siento muy orgulloso ante ellas.

¿Otros vecinos del Barrio de Santo Domingo?
Siempre está en mi recuerdo que en una esquinita humilde, del tope del parque una cuadra abajo, tenía su hogar el notable escultor don Pompilio Cajina. Media cuadra al sur estaba don Edmundo Fonseca, un señor bajito, nervudo, de anteojos gruesos, que alquilaba bicicletas. Nosotros le quitábamos los rayos a las bicicletas para fabricar flechas y nos íbamos a cazar garrobos a la costa del lago, también hacíamos flechas de varillas de paraguas. Le cuento a mis hijos que todas esas cosas las hacíamos sin maldad, por sólo llenar una satisfacción de adolescentes.

DON POMPILIO EL ESCULTOR
Don Pompilio Cajina era un hombre delgado, alto, muy simpático. Era escultor. Tenía cuatro hijos, estamos hablando de Pompilio, Ninfa, Pura y Danilo. Creo, si mal no recuerdo, que doña Pura se llamaba la madre y que eran tres Pompilios, Pompilio viejo, Pompilio el escultor y Pompilio que creo se hizo ingeniero.

Otras familias del barrio eran las Arróliga, unas muchachas que eran dueñas de una camisería, una de ellas se casó con el “Flaco” Antonio Hermida, vivían de Santo Domingo una cuadra arriba, en una esquina, eran muy lindas y muy puras. Estoy recordando a los González y que a uno de ellos le decíamos “Cola de Pato”.

A la izquierda de mi casa hubo una comidería donde estaban los Aburto, recuerdo que a Manuel Aburto le decíamos “Malenkele”, que posteriormente fue contemporáneo mío y compañero en el juego de béisbol.

¿Te acordás que frente a don Edmundo Fonseca había un comedor que se llamaba “Acapulco”?
De eso estamos hablando, era de las Aburto. Un plato de comida costaba tres córdobas con cincuenta centavos. “La Chumila” era vendedora de comida así como la Rosa Dormes, pero ésta vendía el mejor mondongo de Managua. Cuando me mandaban a comprar comida donde “La Chumila” yo miraba que ella tenía la comida en unas palanganas enormes, allí el arroz, allí los frijoles, allí el salpicón.

A los hijos del doña Eudomilia les decíamos “Los Chumilos”, y decir “Chumilo” fue, durante mucho tiempo, sinónimo de persona gorda, pero otros gordos de la ciudad fueron “El Pariente” Argüello, el doctor Carlos Morales y Punche Relleno.

¿Dónde estudiaste?
En mi querida Escuela Loyola. Allí estuve hasta quinto grado, después me pusieron donde el maestro “Cebollita” y terminé mi sexto en la República de Chile de don Julio y doña Rosita Vásquez.

LA FAMOSA «MISA DE LOS NIÑOS»
El padre Roque Iriarte nos daba la misa de nueve, que era única y exclusivamente para niños. Fallar a esa misa era imposible. El padre José O. Rossi, desde el atrio, nos empujaba para entrar a la Iglesia. Él celebraba la misa y el padre Iriarte nos hablaba desde el púlpito, y con bellas imágenes y cuentos nos instruía en la religión. A los dos los recuerdo muy bien. Nosotros convivimos con ellos, y ya en nuestros corazones están canonizados, ellos fueron los arquitectos de lo que hoy es el Instituto Loyola y lo que es la Iglesia de Santo Domingo.

El padre Iriarte compró la Casa del Catecismo con la intención de hacer una escuela de manualidades para los jóvenes obreras de Managua. Cuando llegó el padre Atucha le agregó una escuela de primaria para varones.
Es cierto, todos los que pasamos por esa escuela recibimos una excelente enseñanza que derivó hasta convertirnos en hombres de bien. No recuerdo a nadie del Barrio de Santo Domingo y de sus alrededores, el barrio El Caimito, el Luciérnaga y Candelaria que hayan salido hombres vagos, todos fueron profesionales, y ese fue el legado que dejaron los jesuitas de ese entonces.

¿Y quiénes fueron los miembros de tu pandilla?
Mi pandilla era: Mincho, Iván, los Pérez, Julio y Carlos, los Gutiérrez. Había un Antenor que jaló con la Julieta, a Antenor le gustaba montar toros, pero no era del barrio, y cuando jaló con la Julieta todos los chavalos nos sentimos molestos. En el grupo estaban Joseph “El Gordo”, los Cabeza, César Guadamuz, quien tenía dos hermanos, Vicente y Carlos, y a una hermana, Gladis, que creo se caso con un coronel.

Recuerdo a una señora que tenía una pulpería del Catecismo una cuadra arriba, les decíamos “Los Bodegos”, porque eran chiquitos y regordetes. Al frente vivía una viejita que se llamaba Macedonia Morales, y detrás del Catecismo, una viejecita de lentes que daba clase a los párvulos. Allí estuve yo. Llevábamos un banquito para sentarnos, aprendimos a leer rápidamente en los libros de GM. Bruño. En primero y segundo grados ya leíamos perfectamente, fue un fenómeno difícil de creer, porque ahora veo que la juventud, en sexto grado, aún no sabe leer.

A nosotros en ese grado nos enseñaban principios de álgebra y una gramática de primera. Nos cultivaban el hábito de la lectura e íbamos a las bibliotecas de ese tiempo, la Pulgarcito, que quedaba en el Parque Central; en la Biblioteca Americana leíamos El Peneca, El Patoruzito… Todo eso nos convirtió en verdaderos adictos a la lectura.

FAMILIA DE ABOLENGO

-Fue jugador estelar del “Cinco Estrellas” cuando los partidos se ganaban dejando el pellejo en el terreno

-Procede de una familia de abolengo, es managua autóctono y vecino distinguido del antiguo barrio de Santo Domingo

-Nuestra plática rebasó todos los límites, y así quedamos endeudados con “Manojo” para abrir, no sé cuándo, un segundo capítulo.  

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