Barrio El Bóer en el recuerdo de Armando José Soto Morales

Armando José Soto Morales, después de un recorrido de más de setenta años por la vida, evoca las cosas y los casos ocurridos en el antiguo “Estadio de La Peni”, más conocido como “El Field”. Mario Fulvio Espinosamarioflvio.espinoza@laprensa.com.ni “El Field” era una armazón negruzca, de madera, cubierta con viejas latas de zinc que daban sombra […]

“Definitivamente, aquellos tiempos pasados fueron mejores”, dice don Armando.

  • Armando José Soto Morales, después de un recorrido de más de setenta años por la vida, evoca las cosas y los casos ocurridos en el antiguo “Estadio de La Peni”, más conocido como “El Field”.

Mario Fulvio Espinosamarioflvio.espinoza@laprensa.com.ni

“El Field” era una armazón negruzca, de madera, cubierta con viejas latas de zinc que daban sombra y protección contra el sol y el agua a los fanáticos que allá por 1939 invadían sus graderías para presenciar los juegos de béisbol de entonces.

El “score” era un enorme tablón que tenía pintadas las cuadrículas correspondientes a los nueve innings del juego. En la parte superior de cada cuadro había un gancho del cual se colgaba un cartón donde aparecía el número indicativo de las carreras anotadas. En otra sección lateral de la “pizarra” se ponían otros colguijos que señalaban los outs, las bolas y los strikes.

Vienen a la memoria de don Armando aquellos momentos en que todavía “chavalo de calzón chingo”, junto con otros muchachos, se encaramaba en una especie de andamio para guindar en el “box-score” las incidencias del juego, trabajo que desempeñaban gratis con tal de ver al “Bóer” enfrentarse a otros rivales.

“Teníamos que poseer vista de águila para ver desde atrás del ‘center field’ los visajes y movimientos de los ‘ompayers’ cuando marcaban con sus brazos si el lanzamiento del ‘pitcher’ era bola o strike, igual que los ‘fouls’ y demás incidencias del partido.

“No pocos bochinches se armaron cuando por esas distracciones de chavalos alterábamos los datos de la pizarra y creábamos gran confusión en el ‘respetable’, y no fueron pocas las ocasiones en que tuvimos que poner pies en polvorosa tras algún encabe cometido en las anotaciones de un partido en que se jugaba coraje y sangre junto con las fuertes ‘maseadas’ de los fanáticos”, cuenta.

El estadio de “La Peni” estaba situado donde es hoy el Estadio Cranshaw, y le decían así porque calle de por medio, en su costado oeste, se encontraba un viejo y largo edificio de piedra cantera que se extendía buscando para el sur. Sirvió como cuartel de la Guardia Nacional y cárcel para los maleantes, presos políticos y ciudadanos alemanes y japoneses que residían en Nicaragua al comenzar la Segunda Guerra Mundial.

LOS ASERRÍOS DE LA SIN FIN Y LA VELOZ

Nació don Armando en 1927 en una casa situada de la Ermita de San José dos cuadras al sur y 1 y media arriba. “Comencé a tener uso de razón a los siete años. En ese tiempo no existía la Colonia Somoza, y donde ahora está el Estadio ‘Rigoberto López’ sólo había potreros. Del lugar donde estuvo la estatua de Somoza, buscando para el sur, había un boulevard como punta de plancha, con asientos de concreto donde se sentaban a ‘tardear’ algunos viejitos”, recuerda.

“Más al suroeste de l ‘El Field’ estaba un aserradero llamado ‘La Sin Fin’, y alejándose con rumbo sur, atravesando la Calle Colón que era sin pavimentar, yendo por el Camino de Bolas, uno se topaba con una gancho de caminos donde estaba otro aserradero, el de ‘La Veloz’, ahí había unas máquinas con ruedas muy grandes que me causaban estupor”, dijo.

Media cuadra al sur del Sonny Boy, existía un predio vacío que era el paradero de las carretas que llegaban de León, La Chinampa, el sector occidental de Las Sierritas, el Ingenio Dolores y San Rafael de Sur.

Otras carretas se estacionaban en el lugar que ahora ocupa la Iglesia de El Carmen, todos esos carromatos venían de hacer largas jornadas cargando granos básicos, verduras, azúcar, dulce, alfeñique, leche y quesos. La gente tempraneaba para comprarle a los carreteros que vendían a precios muy baratos.

“Con mi pandilla me iba por las tardes a platicar con los carreteros y ellos nos contaban cuentos, por ellos supe la existencia de las ceguas, la chancha bruja, el padre sin cabeza, los cadejos, la llorona, las huacas, los duendes, la carreta nagua, la flor del chilamate, los encantamientos y las luces que caminan porque son ánimas en pena”, narra.

“Las actuales generaciones ni siquiera pueden concebir la idea de aquello que fue el barrio El Bóer. Todo, todo ha cambiado… y tanto, que ya a nosotros nos cuesta señalar lugares y referencias”, dice con un deje de tristeza don Armando.

LOS VIEJOS CAMINOS DE MANAGUA

¿Recuerda usted los nombres de los viejos caminos que existían en las rondas de Managua?
Algunos. Estaba el Camino de Bolas, el Camino Solo, el Gancho de Caminos, el camino de La Reforma, el camino a Sabana Grande, el camino a León, el camino a Las Sierritas, el camino a la hacienda El Socorro, el camino a Jocote Dulce, la salida a Tipitapa, y un sendero que llevaba por la costa del lago hasta Los Martínez.

¿Qué recuerdos tiene en concreto del Mercado Bóer?
Cuando yo era un niño ese mercado era un conjunto de caramancheles de madera y tabancos ahumados, callejuelas de tierra, donde con cierto desorden las comerciantas vendían comida, café negro, vigorón, tibio, chocolate y deliciosos refrescos a base de leche y frutas. No recuerdo qué alcalde, creo que Andrés Murillo, construyó el edificio donde se establecieron tienditas de abarrotes y ventas diversas, como la farmacia de Lazlo Pataky, que era un judío que esprayaba de saliva a la gente cuando hablaba.

No existía aún la Colonia Somoza, pero sí la tienda “La Palmera” donde vendían zapatos, la de San José era una ermita de taquezal que estaba a cargo de un padre pedrano cuyo nombre no recuerdo, después estuvo el padre Siero.

¿A quiénes recuerda de su vecindario?
Recuerdo al “Coto Lucas”, que le faltaba una pierna. Vivía solo junto a la esposa que se llamaba Carmela, pero un día les apareció un hijo que resultó ser militar, tuvimos como vecinos a los Davison Blanco, a don Toño Avellán. Mi papá se llamaba Alejandro Soto Palacios y mi mamá Victoria Morales, fuimos cuatro hermanos: Reynaldo, Alejandro, Carmen y otro que murió ahogado, era mongolito y sufrió una convulsión en la Laguna de Xiloá.

¿Y de su pandilla a quiénes recuerda?
Éramos seis que después nos convertimos en cuñados. Nos encantaba ir al matinée de los domingos en el Cine González a ver las películas de Tim McCoy, Tom Kene, Hopalong Cassidy, Buck Jones, El Gordo y el Llorón… Entre las películas que quedaron en mi recuerdo figuran “El desfiladero Perdido”, que por cuenta era un recurso socorrido porque también vi “El desfiladero de la muerte”, “El desfiladero maldito” y las series “El potro pinto”, “Flash Gordon en Marte”, “Tarzán y su compañera”, y otras.

Recuerdo la emoción que nos embargaba cuando comenzaban a cerrar las puertas del cine para comenzar la función, entonces empezábamos a patear la parte trasera de los asientos y a hacer una bulla tremenda, que se repetía en cada momento de emoción. Parecía que íbamos a derrumbar el cine.

También no daba la onda de hacer flechas de papel y lanzarlas con los dedos desde el balcón de palco a la luneta, igual se las tirábamos a las muchachas que estaba adelante, en nuestra cuenta para enamorarlas.

Gozábamos cuando la flecha quedaba clavada en el cabello de las chavalas y ellas se hacían las disimuladas y no se las quitaban. Aquello era una especie de concurso pues tratábamos de hacer llegar la flecha desde el palco hasta el escenario. Igual lanzábamos aviones de papel que planeaban sobre el público.

No me dijo los nombres de los que conformaban su pandilla.
Guillermo Díaz, Samuel Díaz, David Díaz, Lito González y otro que ya es difunto. El papá de Lito me enseñó las primeras letras en una escuelita que quedaba, del punto donde están ahora los Bomberos, cerca del Estadio, cogiendo rumbo a La Basurera, hacia el lado izquierdo había una cuartería. Allí estaba la escuelita, y por cierto el profesor tenía una gran hortaliza que nosotros regábamos con unas regaderas de juguete que él nos prestaba.

Jugábamos hand ball y pegue corrido. Éramos tremendos al trompo, y no sólo jugábamos a los secos sino a los machetazos y hachazos.

También nos divertíamos mucho con el fusilado. Me acuerdo que en la noche jugábamos al pegue corrido junto a un poste de luz que se apagaba y se encendía si lo golpeábamos en cierto lugar. Recuerdo las cóleras y rabietas que hacía un señor cuando le apagábamos la luz.

Por cierto, en “La Peni” había un policía al que nosotros le caíamos mal y que charchaleaba por echarnos presos.

Una vez estábamos jugando cuando vemos que el tal poli venía persiguiendo a Baby Teko. ¿Se acuerda usted de Baby Teko? Era un carpintero metido a boxeador y que por cierto nunca ganó un combate, y por eso también le decían Kid Lona.

Pues Baby Teko corría perseguido por el poli que traía su fusil. Al llegar a nuestra esquina dobló hacia la montaña… Yo me escondí tras la esquina y cuando pasaba el policía le metí el pie… Se dio una gran malmatada con todo y rifle el pobre hombre, y nosotros salimos disparados por diferentes rumbos… ¡Cuándo nos iba a alcanzar!

Así salvamos a Baby Teko de la cárcel y nos desquitamos las perseguidas que nos daba el policía.

En otra ocasión nos fuimos hasta el Aeropuerto para averiguar sobre la existencia de unos túneles que decían había ahí. Encontramos una cosa como pila, y estábamos en eso cuando vimos que un avión casi cae encima de nosotros. Era el del capitán Ray, que participaba en una demostración de acrobacias con su escuadrilla. Sonó como un terremoto, y me acuerdo que del aparato destruido salían unas cosas como hilos de manila.

¿Cuáles eran las cantinas famosas del barrio El Bóer?
A través de los años fueron muchas las cantinas. Me acuerdo del “Ukelele”, “Rayito de luna”, “Las banquitas”, y otras de mala muerte que quedaba por La Basurera.

Los mejores recuerdos que guardo se refieren a mis amigos, fue tan grande esa amistad que todos salimos “encuñadados” al casarnos cada uno con las hermanas de los otros.

OTRAS REMEMBRANZAS

Del matrimonio de don Armando con la joven Concepción Calderón nacieron cinco hijos, uno murió muy tierno y el otro fue asesinado por la guardia durante los cortes del rojito.

-En la esquina Este de la casa de don Armando vivió el profesor Miguel Bonilla, también muerto por la GN, más allá vivían los Pavón que era una familia de calígrafos notables.

-En la Calle 15, cerca de la Iglesia de San José, estaba la Casa de Fabián Manzanares, cuya tumba fue violada por ladrones para robarle la dentadura de oro.

-“A los tacones de los zapatos les clavábamos agujas de victrola, así al arrastrarlos sobre el pavimento producíamos chispas y a veces llamaradas”, recuerda don Armando José Soto Morales.  

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