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Explosión de frijoles

Tito RondÓn [email protected] Ocurrió el 11 de agosto de 1903 en Boston, recordaba el veterano periodista de Filadelfia Charles Dryden. Los Atléticos visitaban a los “Somersets”, como les llamaron por unos meses a los Medias Rojas porque ese era el apellido del dueño. Por supuesto, faltaban nueve años para que se construyera el Fenway Park, […]

Tito RondÓn [email protected]

Ocurrió el 11 de agosto de 1903 en Boston, recordaba el veterano periodista de Filadelfia Charles Dryden. Los Atléticos visitaban a los “Somersets”, como les llamaron por unos meses a los Medias Rojas porque ese era el apellido del dueño.

Por supuesto, faltaban nueve años para que se construyera el Fenway Park, ya de concreto y metal. Mientras, predominaban la madera y los graderíos abiertos.

Lanzaba por Filadelfia el zurdo Rube Waddell, quien al siguiente año establecería un récord de ponches que tomaría el advenimiento de Bob Feller cuarenta años después para ser roto. Recuerden que en aquella época abanicar era vergonzoso, y lograr 348 kaes fue una especie de milagro, aunque en esos años los pítcheres acumulaban cantidades asombrosas de innings.

Waddell fue un gran lanzador, pero no llegó a las alturas de los Christy Mathewson, Walter Johnson, Lefty Grove, Feller, Sandy Koufax o Nolan Ryan por una razón nada más. Le faltaban cartas al naipe, o al menos un chelín para el peso. Era una mezcla de loquito con infantilismo.

Un problema que tenían los managers era que a lo mejor Waddell estaba tirando un partido dominante, digamos cinco ceros y uno o dos hits. Pero si pasaban los bomberos por el estadio, el zurdo tiraba el guante y salía corriendo detrás de ellos, para ver el incendio.

De más está decir que era un dolor de cabeza para los managers y el ídolo de todos los bomberos de Estados Unidos. También, en 1903 faltaban 70 años para que inventaran el bateador designado, y el día que nos ocupa bateaba Waddell ya avanzado el partido.

Levantó un foul por la derecha, que pasó muy encima de las gradas “sol” (diríamos hoy), atravesó la calle, y cayó en el techo de la enlatadora de frijoles más grande de Boston.

La pelota se trabó justo entre la sirena de vapor y la palanca que la hacía accionar y empezó a pitar.

Faltaban minutos para las cinco, pero los obreros creyeron que era hora de salir y abandonaron el edificio. Como la sirena sonaba sin cesar, ingenieros de fábricas vecinas creyeron que había un incendio, y sonaron también sus sirenas, hasta que un policía dio la alarma.

En lo que llegaban los bomberos, una caldera de vapor en el edificio donde cayó la pelota y que contenía una tonelada de frijoles explotó. Eso hizo saltar a la pelota y la sirena calló… pero una cascada de frijoles hirviendo descendió sobre las graderías del estadio causando el pánico.

Un fanático se volvió loco. Cuando vio que de una nube de vapor caían frijoles, el desafortunado aficionado empezó a gritar “¡viene el fin del mundo y todos seremos destruidos!”.

Una ambulancia llamada para atender a los posibles quemados llevó al demente a su casa. La tonelada de frijoles fue una pérdida total. El partido siguió.  

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