LA DICTADURA NO PUEDE OCULTAR LA VERDAD

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desde que nuestras instalaciones fueron tomadas y nuestro gerente general Juan Lorenzo Holmann fue detenido.

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¿Quién le pone el cascabel a Chávez?

Carlos Alberto Montaner

Nunca había visto a Caracas así. La gente crispada. La atmósfera cargada de presagios, y una especie de tensa anticipación a un desenlace necesariamente sombrío. Antes de llegar al país había leído Agonía de la democracia, de Carlos Raúl Hernández —la más formidable disección del fenómeno chavista que se ha hecho hasta la fecha—, pero ni ese texto excelente e imprescindible me preparó para lo que me aguardaba. El país espera la salida de Chávez del poder, y la da por inminente, pero no sabe cómo quitárselo de encima.

Los números son devastadores: en una encuesta de Datanálisis publicada el 12 de marzo, se revela que el 65 por ciento de los venezolanos quisiera la inmediata renuncia de Chávez, mientras sólo el 35 prefiere que continúe ocupando la casona de Miraflores. Pero incluso ese 35 por ciento puede ser una cantidad excesiva. La encuesta también mide “chavismo y antichavismo duros”. Los que apoyan al Coronel decididamente y sin fisuras apenas ocupan el 18 por ciento del censo. Los que lo adversan con igual pasión ya llegan al 49, y la tendencia va en aumento.

En tres años Chávez ha conseguido convertirse en una figura tremendamente impopular, escasamente respetada, y objeto de toda clase de descalificaciones y chacotas. Se cuestiona su inteligencia, su estabilidad emocional, su capacidad para gobernar y las ideas que manifiesta. Se le tiene por un caotizador nato. Lo que toca lo desorganiza. Sólo se le reconoce un logro milagroso: ha hecho posible que los empresarios y los obreros formen un frente común contra su gobierno, avalado por la Iglesia Católica, representada por un respetado intelectual jesuita, y aplaudido por los trotskistas de “Bandera Roja”. ¿Hay alguien que haya precipitado un consenso de esas características en la historia de las pendencias humanas?

Pero, ¿quién le pone el cascabel al gato y cómo lo hace? Hay varias opciones. La más sosegada es una reforma de la Constitución que reduzca a cuatro años el período presidencial y que comience la cuenta el 2 de febrero de 1999, cuando Chávez tomó posesión, y no dos años más tarde, cuando cambió las reglas electorales. Esa reforma se puede llevar a cabo con una mayoría simple del Parlamento, y parece que, tras el desencanto y la ruptura de Miquilena, ya existen los votos. Si no se lograra esa reforma, la propia Constitución vigente permite una consulta revocatoria a mitad de mandato, pero como Chávez ha manejado a su antojo los calendarios, hasta dentro de dos años no sería posible realizar ese referéndum, y a los venezolanos les parece que dos años más de chavismo es un martirio demasiado largo e intenso.

El golpe militar es el otro desenlace que casi todos comentan en privado pero rechazan en público. Los más viejos recuerdan el derrocamiento de Pérez Jiménez en 1958. Fue prácticamente incruento, y Larrazábal, el militar que tomó el poder, convocó a unas elecciones a los pocos meses y los venezolanos comenzaron el período democrático más largo de su hasta entonces convulsa historia: cuatro décadas de libertades y alternancia pacífica en el poder. El problema es que todo el mundo conoce cómo se lleva a cabo un golpe militar, pero nadie es capaz de medir sus consecuencias. Es posible que haya resistencias inesperadas, que se divida el ejército o que se complique el conflicto con esa feroz guerrilla colombiana, protegida y aliada del chavismo. No falta quien sea capaz de imaginar, incluso, a un Chávez que, frente a un golpe militar, pasa a la insurrección armada, seguido por unos miles de partidarios y, junto a las FARC y los “elenos” colombianos, crea un espacio guerrillero “bolivariano” que trasciende las fronteras de los dos países. O sea, una reedición del guevarismo de los años sesenta del siglo pasado.

Naturalmente, el presidente Chávez no permanece inmóvil mientras sus enemigos estudian la forma de sacarlo del poder. Bajo la directa influencia de su amigo Castro, asesorado por los mejores policías cubanos —los “mejores” quiere decir los más inescrupulosos—, y deslumbrado por el modelo represivo instaurado en la Isla —la forma más eficiente de control dictatorial que ha conocido América— los chavistas tratan a toda marcha de crear “círculos bolivarianos” a la manera de los Comités de Defensa de la Revolución —una fuerza parapolicial de inteligencia—, de crear “tribunales populares” como los cubanos para juzgar los delitos contrarrevolucionarios, y de armar a sus “brigadas bolivarianas” de matones destinados a intimidar a la población hasta reducirla a la obediencia por medio del pánico a los golpes y a los maltratos, tal como sucede en la Isla con las crueles “Brigadas de respuesta rápida”, versión tropical de los “camisas pardas” hitleristas.

Pero resulta que nada de eso se puede hacer mientras la prensa sea libre. En este tipo de ecuación el orden de los factores sí altera el producto. En Cuba, como en la URSS, o como en la Alemania nazi, la dictadura comenzó por aherrojar a la prensa. Y Chávez no ha podido. La ha amenazado, en algún caso la ha chantajeado, pero, en general, la resistencia de los periodistas y de sus medios de comunicación ha sido ejemplar. Y la paradoja es ésa: los venezolanos no saben cómo enviar a Chávez a su casa. Chávez no sabe cómo poner en pie su revolución autoritaria. Mientras tanto, nerviosos, los militares conversan en voz baja. [©FIRMAS PRESS]

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