Myrna Dávila Castellón
Hoy —Día del Trabajo— en muchas partes del mundo realizan los trabajadores desfiles y concentraciones para hablar de sus derechos. Esto es magnífico y generalmente justo, pues muchas veces el trabajador no devenga el sueldo que supuestamente merece. De más está decir que todos deseamos un buen trato y recibir un justo y merecido salario; sin embargo, hay un aspecto en el que es oportuno meditar en este día, pues casi nunca se aborda como tema de reflexión.
Sabemos bien que todo derecho supone una obligación, ya que estos dos están íntimamente unidos; pero nosotros casi siempre tendemos a “echar agua para nuestro molino”, exigiendo la mayoría de las veces nuestros derechos, sin pensar mucho en nuestras obligaciones. Es muy fácil decir al patrono, jefe o dueño de la empresa donde laboramos: “Tengo derecho a esto y a aquello”; pero cuan difícil es decir: “Todo lo he cumplido, he hecho lo debido”; porque si es razonable exigir un justo salario, también es justo laborar responsablemente.
Ojalá fueran muchos los médicos que pudieran pensar al final de la jornada: “He atendido lo mejor posible a mis enfermos, hoy he cumplido mi misión. Y el abogado al llegar a casa: “Qué satisfecho me siento por haber cumplido con mi deber”. Y el carpintero que pudiera exclamar: “Este mueble lo dejé tan perfecto, que quedará contentísimo mi cliente”. Y el zapatero remendón: “Pegué tan bien este tacón, que no se caerá la señora en la calle”. Y finalmente nosotros al llegar la noche: “Todo lo hice bien; tengo mi trabajo al día”.
Dios supo poner en nuestra naturaleza el amor al trabajo. Lejos de lo que otros piensan, el trabajo no lo hizo Dios como castigo, sino como fuente de vida y energía. Recordemos que desde un principio, antes del pecado original, dijo a la primera pareja humana: “Sean fecundos y multiplíquense. Llenen la tierra y sométanla”. (Gen. 1, 28). Si a veces el trabajo se nos vuelve fatigoso —como medio de vida— quizá sea porque escogimos mal nuestra profesión u oficio, lo cual no justifica para nada nuestra falta de responsabilidad en el desempeño de nuestro cotidiano quehacer.
Que lindo sería que en este día—que resulta muy oportuno— en un acto de buena voluntad, patronos y obreros se reunieran para reflexionar sobre si se está faltando a la justicia tanto de parte del empleador como del trabajador; aquél en relación al pago justo, y éste en lo concerniente a brindar una eficaz labor. Se podrían efectuar al mismo tiempo un balance general, examinando los pro y contra que hayan en la realización del trabajo para la buena marcha de la empresa, los frutos sacados del mismo, la dedicación con que llevan a cabo su labor y las dificultades que entorpecen el trabajo, a fin de sacar positivos frutos.
De esta manera, con el paso del tiempo, veríamos desaparecer las marchas y concentraciones de protesta que generalmente resultan infructuosas, o —por lo menos—éstas tendrían un sentido más celebrativo para el bien de todos.
La autora es secretaria.