Carlos Alberto Montaner*
MADRID.— Hugo Chávez ha manifestado su propósito de enmienda. El nombramiento de José Vicente Rangel como vicepresidente, en lugar de Diosdado Cabello, es un paso de avance. Es como si el médico nos cambiara el diagnóstico de cáncer por el de hepatitis crónica. Hombre, no es lo mismo. Uno se muere igual, pero más lenta y dulcemente. Cabello era el organizador de los círculos bolivarianos —algo así como los camisas pardas del chavismo—, mientras Rangel es un viejo periodista, empedernidamente antioccidental y antimercado, amigo sin pudor de dictadores, pero sin antecedentes de matonismo político. Algo es algo.
¿Quiere esto decir que Chávez ha abandonado su vocación revolucionaria, ésa que el pasado 11 de abril llevó al borde del abismo a él y a su país? Es difícil creerlo. Dos semanas después del golpe y contragolpe hubo en México una reunión de viceministros de educación de América Latina, y allá fue un representante del gobierno de Chávez con un documento que no tiene desperdicio: “Agenda para la seguridad educativa”. Me lo hizo llegar un preocupado amigo educador, presente en el evento. El texto es un bodrio palabrero, severamente reñido con la gramática, típico de la jerga chavista, pero en el que están presentes algunas de las más perniciosas obsesiones revolucionarias.
Veamos el comienzo: “El proceso de profunda trasformación planteado en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela trae implícito el proceso de formación del nuevo republicano, ciudadano que, formado para la nueva república, construya con su formación y acción las bases de la nueva sociedad”. O sea, que el chavismo, como antes el leninismo, el fascismo, el castrismo y todos los regímenes totalitarios que ensangrentaron el siglo XX, sigue empeñado en la creación de un “hombre nuevo”. Chávez y sus frankesteinianos partidarios no entienden que el origen de los campos de concentración y de los paredones es precisamente el rediseño forzoso de las personas de acuerdo con el criterio de los ideólogos iluminados por sus particulares prejuicios.
¿Para qué quiere el chavismo crear sus “Nuevos Republicanos”? El documento lo dice con una espeluznante franqueza. No se trata de educar a los venezolanos para el ejercicio de la libertad y el desarrollo de sus potencialidades. El propósito es otro muy diferente (perdonen la horrenda sintaxis y la catarata de mayúsculas): “La determinante histórica orienta la educación hacia la profundización y fortalecimiento del Nuevo Estado Docente para la Revolución Cultural y Productiva que impulse el paso del Estado de Derecho al de Justicia, de la Democracia Política y Representativa a la Democracia Social y Participativa; en un nivel de seguridad educativa que garantice cohesión intra e interinstitucional para la identidad Nacional de proyección latinoamericana en un mundo pluripolar”.
¡Madre mía! Quien debe alzarse contra Chávez es la Academia de la lengua. Traduzco: el párrafo citado dice que el modelo de Estado que pretende desplegar el chavismo, y para el cual educa a los venezolanos, no tiene nada que ver con la democracia como la practican los canadienses, los suizos o las veinte naciones más prósperas del planeta, donde se garantizan los derechos individuales, la existencia de la propiedad privada y la libertad económica, sino se propone hacer otra cosa diferente, basada en la justicia distributiva típica de los regímenes revolucionarios (Libia, Cuba o alguna otra fracasada satrapía). Y en cuanto a la “identidad nacional de proyección latinoamericana en un mundo pluripolar”, ya se sabe a lo que se refiere el chavismo: el acostumbrado discurso “nacionalista-antiimperialista” que insiste en colocar a nuestros países en una tercera vía antiamericana y antioccidental.
Vale la pena detenerse en otro de los caballos de batalla del chavismo: el tránsito que quiere efectuar entre “la democracia política y representativa a la democracia social y participativa”. Eso es mucho más que un trabalenguas banal para entretenerse en los monólogos hilarantes de “¡Aló, Presidente!”. Ahí está la médula de los fracasos de las tiranías construidas en nombre de las revoluciones. Las repúblicas democráticas, al menos las exitosas, están constituidas por una delicada trama de instituciones que se equilibran y contrapesan para evitar los atropellos de los gobernantes y de las personas o grupos poderosos. Es una construcción forjada por espíritus pesimistas atentos a la atroz experiencia de la barbarie humana. Su carácter “representativo” tampoco es gratuito. Los teóricos de la república y de la democracia sabían lo que querían: la democracia asamblearia, sin otra limitación que la mayoría aritmética escorada por el peso de los caudillos carismáticos, como la practicaron los griegos, conducía al desorden y a la opresión. El parlamento representativo era un instrumento para pactar y construir consensos. Era una vacuna contra el tumulto. Esto era lo que estaba en la cabeza de Jefferson y de Madison, de Hamilton y de Adams cuando crearon las bases de la república estadounidense. Habían leído a Hobbes y a Locke y no se hacían demasiadas ilusiones con respecto a los seres humanos. A esa criatura tan rabiosamente peligrosa había que sujetarla con leyes e instituciones para que no destrozara a mordidas a sus congéneres. Esto es lo que Chávez no termina de entender. ¿O es precisamente lo que se propone? [©FIRMAS PRESS]