Ernesto J. Marín*
En estos últimos meses y desde el comienzo de la gestión del presidente Bolaños, los nicaragüenses hemos sufrido y comprobado un rosario de hechos delictivos (léase robos), ocurridos, amparados y usufructuados en el gobierno que entregó el poder el 10 de enero pasado. Son tan apestosos e increíbles estos sucesos, que pensamos que el medio siglo de somocismo nos demostró los aprendices que ellos fueron, similares a los 12 años de Robolución de los descalzos de la Dirección Nacional, hoy forrados de oro en sus zurcidos bolsillos, y presentados como respetables empresarios.
Tomamos el nombre “Ocaso de los dioses” de la mitología germánica, cuyas tribus dominaron el norte de Europa antes y durante el Imperio Romano, allá donde eran considerados como dioses, y por aquí con unos supuestos homólogos que se sintieron dueños absolutos de vidas y haciendas. En la segunda mitad del siglo XIX, el maestro compositor alemán Richard Wagner inspiró una sinfonía que lleva ese título, hoy una de las más brillantes piezas del clasicismo alemán.
La beligerante Procuraduría, los contralores, y aun la silenciosa y Honorable Corte Suprema de Justicia, ya parecen despertar de un aletargado sueño para incorporarse en la defensa de los patrimonios del Estado.
Mientras los que desean ocultar de las autoridades los sacos de millones de dinero verde, sonrientes, orondos y elegantes, colocaron a buen recaudo el fruto de sus fechorías en los famosos paraísos fiscales, elevando orgullosamente sus inmunidades y privilegios para protegerse de las leyes, estos acontecimientos nos hacen recordar el cínico comentario de J.J. Rousseau: “La ley es como una tela de araña, donde sólo los insectos más pequeños quedan atrapados”.
Los funcionarios de altos estándares están protegidos por la ya famosa inmunidad, que al protegerlos de hechos delictivos se convierte en impunidad, una carta blanca que los “faculta” a reincidir en sus deshonestidades. Es cuando aparecen dos respetables ciudadanos, una juez temporal y un Procurador Especial, quienes investigan y reúnen las evidencias de los Al Capone —con nombres y apellidos—, prófugos de la justicia y tránsfugas de su partido.
Estos juristas contaron con la aprobación general de todos los estratos sociales de este país. Pero fuerzas tenebrosas, que todavía tienen su peso específico, hizo que fueran destituidos groseramente, cuando ya se habían ganado la simpatía de toda nuestra opinión pública. ¡Cosas veredes Sancho amigo!
El presidente Bolaños, pensador y tecnócrata, posmoderno y tradicionalista merece un digno trato a su investidura. Todos sabemos quién o quiénes están detrás de una jauría que con tantas bajezas quieren defenestrarlo moralmente.
Confiamos en usted, Presidente. ¡Ánimo, señor!
* El autor es diplomático.