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La fiesta de la Asunción de María es muy querida y celebrada por los nicaragüenses, de modo especial en León con su “Gritería Chiquita”, hablemos pues de ella y, más que todo, hablemos de María.La asunción de María en cuerpo y alma al cielo es el último dogma mariano declarado por Pío XII que el primero de noviembre de 1950 lo proclamó con aquel lenguaje característico de los solemnes documentos de la Iglesia:
“Después de elevar a Dios muchas y reiteradas preces e invocar la ley del Espíritu de la verdad, para gloria de Dios omnipotente, que otorgó a la Virgen María su peculiar benevolencia, para honor de su hijo, rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte; para acrecentar la gloria de esta augusta madre, y para gozo y alegría de toda la Iglesia, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Paulo, y con la nuestra, pronunciamos, decretamos y definimos ser dogma de revelación divina que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial”.
Cuatro son los dogmas marianos: María, madre de Dios; María, Virgen; María, concebida sin pecado (¡nuestra Purísima!) y María, asunta al cielo. En nuestros días hay una fuerte corriente de fieles que desea ansiosa una nueva definición dogmática: María, corredentora.
Lo cierto es que la Santísima Virgen, que nos es propuesta en esas verdades con prerrogativas tan gloriosas y excepcionales, es la siempre humilde esclava del Señor. Su grandeza reside precisamente en esto que ella misma cantó ante su prima Isabel: “El poderoso ha mirado la pequeñez de su sierva (…) ha hecho grandes cosas en mí (…) todas las generaciones me llamarán bienaventurada”, etc. El Magníficat es la clave para comprender el perfil de María, su misterio, su secreto.
Todo lo que se diga de Ella será siempre insuficiente, puesto que la Virgen excede en excelencia a lo que de más osado podamos imaginar (fuera, claro está, de que haga parte de la divinidad) y porque nuestro vocabulario es pobre al lado de un tal prodigio de Dios. María es inefable.
San Luis María Grignion de Montfort, misionero francés del siglo XVIII, fue un gran devoto de la Virgen y un docto autor que supo recopilar y enriquecer todo cuanto sobre la madre de Dios se había dicho y enseñado hasta entonces. Escribió una obra memorable, el “Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen María”, donde se encuentran tesoros de explicitaciones sencillas y profundas.
Hablando de María, Grignion de Montfort nos dice que en Ella hay un misterio, más precisamente un secreto, ya que el lugar y la función de ella en el plan salvífico de Dios no es aún suficientemente comprendido ni traducido en la vida de los cristianos. Un secreto en el sentido de que es necesaria una gracia particular de Dios para ver y gustar el rol de María. Secreto, por fin, porque una vida intensamente marial no se cifra en un conjunto de prácticas sino en una actitud interior del alma.
El santo nos explica su teoría con una demostración lógica: 1) Dios quiere que nos santifiquemos. 2) Para santificase hay que practicar la virtud. 3) Para ser virtuoso es necesario la gracia de Dios. 4) Para encontrar la gracia de Dios hay que encontrar a María. 5) El mejor camino para hacerse santo es consagrarse a María. 6) Y así, obrar todo con, en, por y para María.
Su espiritualidad lo lleva a proponer una consagración radical a la Virgen en que uno le entrega todo lo que es y lo que tiene. Propiamente la consagración es hecha a Jesucristo, la sabiduría encarnada por las manos de María. Quien quiera conocer y profundizar esta devoción que procure esa obra providencial: el “Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen María”.
Ese secreto benéfico está a nuestro alcance. Para agradar a Dios y servirlo, agrademos y sirvamos a aquélla que es su hija dilecta, su madre admirable y su esposa fiel. Aquélla por quien en Nicaragua gritamos alegres: ¿quién causa tanta alegría?
El autor es miembro de la Asociación Privada de Fieles de Derecho Pontificio “Heraldos del Evangelio”.