Jaime A. Pastora Rojas
Entre las últimas atrocidades que cometieron los sandinistas, que quizás fue una de las peores y que se llevó en el saco a Raymundo y todo el mundo, está la llamada “piñata sandinista”, que se inició cuando se dieron cuenta que habían perdido el poder a través de los votos en las urnas electorales.
En forma vertiginosa comenzaron las compras de propiedades a precio de guate mojado, y aquí se vieron afectados somocistas y no somocistas. Le echaban el ojo a una propiedad y ya aparecía cancelada en un banco, aunque el verdadero propietario ni cuenta se daba de la transacción fraudulenta.
Uno de los engendros de la piñata sandinista fue la famosa ley de inmunidad, de la que gozan los ministros y los señores diputados, quienes la bendicen, veneran, glorifican, adoran y le hacen reverencia día y noche.
Cualquier diccionario, por muy pequeño y barato, nos define la inmunidad como una resistencia natural o adquirida de un organismo vivo a un agente infeccioso o tóxico. También la define como un privilegio que, a causa de su cargo, exime a determinadas personas de la responsabilidad que pudieran contraer en el ejercicio de sus funciones.
Pero estos personajes inmunes no han entendido o no quieren entender el significado de ninguna de las dos definiciones anteriores y han confundido el sebo con la manteca tratando de imprimirle a la inmunidad adquirida gracias a la piñata sandinista, otros privilegios que han puesto a la población prácticamente manos arriba y así vemos cómo algunos parlamentarios se burlan de una orden judicial, otros, que al calor de los tragos en celebraciones personales le disparan a la población como si la inmunidad les concediera licencia para matar.
El colmo es que algunos funcionarios, escudados en el caparazón de esta inmunidad, se niegan a pagar sus impuestos y hasta amenazan con mandar a la cárcel al que se atrevió a cobrarle, cumpliendo con sus funciones edilicias.
Estamos claros que estos personajes hasta le pueden mencionar la madre a un juez y éstos se consuelan y se cruzan de brazos, argumentando que el que les mencionó a su madre tiene inmunidad y ese privilegio hay que respetarlo.
Mientras las autoridades correspondientes no modifiquen o eliminen esta ley de inmunidad, la población entera continuará manos arriba y seguiremos bajo los caprichos gangsteriles de estos personajes que gozan de tan absurdos privilegios.
El señor presidente de Nicaragua ya lleva seis meses intentando dar inicio a la lucha contra la corrupción (mal que durante fue vicepresidente nunca quiso admitir), continúa esperando pruebas contra el magnate de la corrupción y lo invita a renunciar a su inmunidad, para esclarecer la sarta de presunciones en su contra. ¿Acaso no son suficiente las acusaciones que en su contra ha acumulado este señor?
El señor Bolaños debería ser más enérgico y en su lugar de invitar a los corruptos a que renuncien a su inmunidad debe obligarlos como cualquier otro ciudadano a que enfrenten la justicia, ya que ante la ley todos somos iguales.
A cuenta de qué a un funcionario que se supone un servidor del pueblo, y que gracias al pueblo goza de un cargo exageradamente remunerado, ¿todavía hay que premiarlo dándole inmunidad? Inmunidad que han convertido en impunidad y hasta en licencia para enriquecerse. Insto nuevamente a las autoridades correspondientes a que estos privilegios sean abolidos totalmente.
El autor es médico veterinario.