Joaquín Absalón Pastora* Cada invierno induce a las agradables esperanzas y las presumibles emergencias. En el balance se empina la fatalidad. Las aguas de septiembre se vuelven lacrimosas en los ojos de los barrios improvisados donde se instala la miseria —asentamientos les llaman— sin prever los efectos de una sola de las ásperas gotas que […]