- Lleva nueve años trabajando el barro y comercializando los productos
Mayda Isabel Meléndez [email protected]
SAN JUAN DE ORIENTE, MASAYA.- En un buen día de venta, el joven artesano Juan Carlos Cuesta Cano puede obtener entre 200 y 300 córdobas, aunque “bien caminados”. De ese monto debe deducir lo que invierte en materiales, transporte y alimentación, por lo que al final le queda libre un 70 por ciento del total alcanzado.
Sin embargo, no todos los días son iguales para Juan Carlos, un muchacho de 18 años que vende de manera ambulante desde que cumplió los nueve. “A veces saco 100, 50 córdobas, y a veces no saco nada, pero no me aflijo porque así es esto”.
Originario de San Juan de Oriente, Masaya, asegura que uno de los recuerdos más fijos de su niñez es que veía a su progenitora, Teófila Cano, amanecer y anochecer haciendo diversos artículos de barro para asegurarles el sustento. “Y usted sabe, cuando uno es niño sólo quiere estar cerca de la mamá, así, viendo aprendí a hacer las pulseras y cadenas (con ‘cuentas’ de barro)”.
Un día de tantos, cuando contaba con siete años de edad, se puso a “travesear” con el barro y practicó todo el tiempo que fue necesario para aprender bien el oficio. Y, dos años más tarde, viajó hacia Granada en compañía de su hermano.
“Vos te vas por allí y yo me voy por aquí, allí nos encontramos más tarde”, le dijo su hermano. Y así fue. Desde entonces, hace nueve años ya, Juan Carlos viaja todos los viernes, sábados y domingos hacia diversos lugares del país, con su mochila a la espalda y cargando cuanta mercadería puede llevar en las manos.
QUIERE SER DOCTOR
Como todo en la vida, la venta ambulante tiene sus buenos y malos momentos. Ejemplo de ello son las veces que Juan Carlos ha sido asaltado o agredido, la última vez que eso sucedió fue cuando, hace aproximadamente un año, el joven ofrecía sus productos en las calles del barrio La Sabaneta, de Granada.
“Un hombre como de unos 35 años se metió la mano debajo de la camiseta y me dijo “dame todo eso”. Puse las cosas y me le tiré encima, usted sabe cómo es uno cuando anda asoleado, no piensa en las consecuencias y como dicen, se me salió el indio”. En su ayuda acudió un vendedor de sorbetes que pasaba por el sector.
Los días buenos están más ligados a las temporadas “altas” del comercio: Semana Santa, noviembre, diciembre y alguna que otra semana del verano. En esta época, un excelente día de venta puede dejar hasta 1,000 córdobas en el bolsillo de Juan Carlos. Cuando le va mal, almacena los productos para esta época.
“Lo que gano es para comprar chaquiras, hilo de nylon, pinturas, dijes y candados y engobe (barro blanco), que es lo que ocupo para trabajar; a veces también compro el barro rojo. Me compro mis cosas (personales), ayudo en mi casa con la comida y pago mis estudios”.
Este joven, por ahora cursa el tercer año de secundaria en el Instituto Augusto César Sandino, ubicado en Niquinohomo, pues cerca de su casa existe un centro de estudios privado pero su presupuesto no le ajusta para pagarlo.
Al consultarle qué desea hacer en el futuro, sin pensarla mucho responde “quiero estudiar medicina. Me gusta. Sé que es caro pero creo que puedo lograrlo porque si uno se propone algo, lo hace”.
