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Latinoamérica en fuego cruzado en la batalla por Otto Reich

América Latina es una región cuyas crisis se han consolidado y se han hecho más prominentes en el último año, una región que ahora más que nunca clama por un interés ininterrumpido, abierto y despolitizado por parte de Washington Marcela Sánchez washingtonpost.com Las elecciones del martes cambiaron dramáticamente la balanza de poder en el Senado […]

  • América Latina es una región cuyas crisis se han consolidado y se han hecho más prominentes en el último año, una región que ahora más que nunca clama por un interés ininterrumpido, abierto y despolitizado por parte de Washington

Marcela Sánchez washingtonpost.com

Las elecciones del martes cambiaron dramáticamente la balanza de poder en el Senado estadounidense, con unos pocos pero significativos votos. La pregunta ahora es si este estrecho margen cambiará el destino del diplomático clave para la política hacia Latinoamérica, y la política misma.

En el primer año del presidente Bush, los poderes en Washington lucharon hasta un amargo empate por la nominación de Otto J. Reich al cargo de Secretario Asistente de Estado para Asuntos del Hemisferio Occidental. Cuando el Congreso entró en receso, Bush nombró unilateralmente a Reich en el cargo. Por ley, sin embargo, el mandato de Reich termina cuando la actual sesión del Congreso concluya a fin de año.

Con los republicanos de nuevo en control del Senado, la tentación de resucitar la nominación es probablemente irresistible. También lo será, sin duda, la determinación de los demócratas de oponerse tan ferozmente como antes.

Reich podría empezar de nuevo, con mayores posibilidades de ganar. Pero muchos temen que América Latina, casi con certeza, no podría hacerlo. Se trata de una región cuyas crisis se han consolidado y se han hecho más prominentes en el último año, una región que ahora más que nunca clama por un interés ininterrumpido, abierto y despolitizado por parte de Washington.

DEJAR ATRÁS EL PASADO

El tema aquí no es realmente Reich, ni siquiera es Bush. En cambio, afirman observadores, es la oportunidad de dejar atrás, lo más atrás posible, las viejas pasiones que por años han dominado la definición de políticas hacia la región y las nominaciones de los encargados de formularlas.

Si éste no es todavía el Siglo de las Américas, afirman, por lo menos sí es un nuevo siglo para las Américas. Y observadores esperan que quienes estén involucrados en el episodio de Reich tomen conciencia de ello.

Quizás la persona que podría empezar a darle forma a este nuevo capítulo no es Reich ni el senador Christopher J. Dodd, el demócrata por Connecticut que ha sido el persistente enemigo de Reich y probablemente liderará de nuevo la lucha para bloquearle el paso.

Richard G. Lugar (R-Ind.), un moderado internacionalista de honda tradición bipartidista, será pronto el nuevo presidente del Comité de Relaciones Exteriores del Senado. Su llegada marcará el fin de una era —la era de Jesse Helms—. Helms se jubila del Congreso a final de año, después de décadas de mantener en la cámara alta, prácticamente, un departamento de estado alterno influenciado por sus recalcitrantes ideales conservadores.

A menudo fueron las palabras y acciones de Helms las que abrieron las viejas heridas dejadas por las guerras centroamericanas de los 80, cuando la política estadounidense estuvo tajantemente dividida por líneas partidistas. Su implacable antagonismo nació en la Guerra Fría, pero se rehusó a morir con ella, afirman sus críticos. Las realidades de la región cambiaron y su estilo se hizo anacrónico.

También es por ese tipo de razones, creen algunos en Washington, que una nominación como la de Reich fue, es y sería problemática. Reich, dicen, tiene la ventaja de haber tenido experiencia en la región, pero la desventaja de que su experiencia lleva consigo un lastre que revive las divisiones del pasado. En esa atmósfera nadie gana.

REICH, CUBA Y CASTRO

Como nadie gana tampoco ahora, cuando Reich mismo continúa trayendo otras tensiones a su trabajo, concretamente su punzante preocupación con la Cuba de Fidel Castro, ese desvanecido vestigio de la Guerra Fría.

Reich es comprensiblemente emotivo acerca de lo que pasa en la isla en la que nació, pero sus defensores aseguran que eso no ha influido inapropiadamente su labor en el resto del hemisferio. Ciertamente, esa era la esperanza.

Pero apenas la semana pasada, invitado a hablar sobre la política estadounidense hacia Latinoamérica ante la conservadora Fundación Heritage, Reich dedicó 20 por ciento de su tiempo a hablar de Cuba, mucho más de lo que le ocupó el tema de Cuba en otro discurso similar a comienzos de año.

Y esta semana, cuando la Casa Blanca decidió expulsar a cuatro diplomáticos en represalia por un caso de espionaje cubano, entre ellos estaba Gustavo Machín Gómez, quien ha sido el contacto de la comunidad de negocios y del Capitolio estadounidenses que buscan levantar algunas de las restricciones comerciales a la isla. Reich todavía espera que dichas restricciones ayudarán a forzar a Castro a que abandone su cargo.

Durante el breve período de Reich en ejercicio, la región ha tambaleado más con eventos en Argentina, Brasil, Colombia y Venezuela. Aun así, Reich parece contentarse, si mucho, con ofrecer las mismas viejas prescripciones. O peor, parece estar desconectado de los tiempos, tiempos que claman por un nuevo enfoque y que confirman que los resultados del martes realmente podrían marcar la diferencia.  

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