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Los errores políticos de Bolaños

Si la Asamblea Nacional hubiera desaforado la semana pasada a Arnoldo Alemán para que respondiera ante la justicia por las acusaciones de corrupción, muchos se hubieran acreditado el éxito y pocos se lo habrían reconocido al presidente Enrique Bolaños, pues como dice la frase atribuida al asesinado ex presidente estadounidense John F. Kennedy, “el éxito tiene muchos padres pero el fracaso es huérfano”.

En realidad, la imposibilidad de la Asamblea Nacional de desaforar a Alemán el jueves pasado, porque no habían los 47 votos necesarios para hacerlo, fue percibida públicamente como un fracaso del presidente Bolaños, aunque lo cierto es que mientras el dictamen sobre el desafuero no sea discutido y votado —o retirado de la agenda parlamentaria— no es correcto decir que el empeño por el desafuero de Alemán ha sido derrotado.

Pero el presidente Bolaños cometió un error político al asumir públicamente como asunto personal el desafuero de Alemán, y asegurar cuando estaba junto a Daniel Ortega que a pesar de la ausencia del diputado Fernando Avellán, por una súbita e inoportuna enfermedad, los 47 votos estaban asegurados; mientras los directivos parlamentarios decían que en esa sesión se discutiría el dictamen sobre la privación de inmunidad a Alemán.

Don Enrique Bolaños es el Presidente de todos los nicaragüenses, inclusive de los corruptos, es jefe del Estado y representante de la nación, y por lo tanto no debe asumir ninguna clase de liderazgo político partidista, como le aconsejan erróneamente algunos asesores oficiales y oficiosos. En su carácter de Presidente de la República don Enrique ya cumplió su obligación de denunciar la corrupción de Alemán y acusarlo judicialmente por los delitos de corrupción. A partir de allí es problema del Poder Legislativo privarlo o no de la inmunidad, es asunto del Poder Judicial juzgarlo o no, y es responsabilidad de la sociedad obligar a que se haga justicia o permitir la impunidad de los corruptos.

Por otro lado, el presidente Bolaños cometió también el grave error de haber dejado en su gobierno a funcionarios de alto rango y cargos de confianza que formaron parte de la administración anterior, quienes han hecho una labor de quinta columna a favor de Alemán y han perjudicado de múltiples maneras al nuevo gobierno.

También el nombramiento del doctor José Antonio Alvarado como su secretario para asuntos políticos fue un error del presidente Bolaños. No se trata de poner en duda los méritos del doctor Alvarado, que son incuestionables. Es que por la forma en que rompió con el PLC, Alvarado no era el interlocutor apropiado para negociar con los diputados liberales el apoyo a la causa bolañista. Y además, Alvarado es un caracterizado “presidenciable” y por lo tanto rival del vicepresidente José Rizo y del ministro de Hacienda, Eduardo Montealegre, quienes tienen que haber visto con desconfianza su llegada al gobierno a un cargo de tanta influencia sobre el presidente Bolaños. Esto es lo que explica el distanciamiento del vicepresidente Rizo de las posiciones de Bolaños y su acercamiento a las de Alemán, aparte de las inevitables y comprensibles ambiciones de poder vicepresidencial.

Pero, a nuestro juicio, el peor error que ha cometido el presidente Bolaños es el de haber mal administrado su credibilidad moral, que es la única fuerza que tiene además de la simpatía popular y el respaldo internacional. Y es el mismo presidente Bolaños quien se ha encargado de socavar su fortaleza ética y credibilidad pública, por la ambigüedad con que ha manejado los casos de los megasalarios, “estipendios” y pensiones de privilegio, y sobre todo por el incumplimiento de su compromiso de renunciar a la inmunidad ante la acusación por supuestos delitos electorales por miedo a que los arnoldistas lo derrocaran.

Pero los arnoldistas no tienen agallas para derrocar al Presidente ni a los sandinistas les conviene que lo hagan. Y aunque pudieran hacerlo, Bolaños debió renunciar a su inmunidad como lo prometió públicamente, y desafiar a la Corte Suprema de Justicia libero-sandinista a ver si es cierto que se atrevería a destituirlo. Así don Enrique pudo haberse apuntado también un resonante triunfo político, y no parecer como escondido debajo de las faldas de la inmunidad, como él mismo dijera de Arnoldo Alemán.  

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