Rómulo Sánchez Leytó[email protected]
América Latina (AL) con 100 millones de indigentes; es un sub continente convulso y en crisis económica. Unos 220 millones carecen de seguridad alimentaria. Para cumplir la meta de reducir la pobreza a la mitad en el 2015; debe crecer al menos un tres por ciento anual. Los pronósticos señalan que en el 2002 la economía latinoamericana decrecerá por primera vez en 20 años. A finales del año se calcula que deberá unos 737 mil millones de dólares al exterior, casi el doble de sus exportaciones. La pobreza se está revirtiendo y crece de manera sostenida afectando al 44 por ciento de los latinoamericanos. Argentina continúa en la bancarrota, sin luz en el horizonte. Uruguay se encuentra en serios problemas. La fuga de capitales hace derrumbar las monedas. Para muchos, es el sub continente un lugar de mucho riesgo.
Brasil con cerca de 200 millones de habitantes es el quinto país más grande del mundo. Excluyendo a Chile, tiene fronteras con todos los países de América del Sur. Según los últimos datos de la CEPAL existen unos 40 millones sin seguridad alimentaria y 10 de ellos viven en la miseria. Brasil está apostando a conseguir la soberanía alimentaria. Para ello pretende con un plan estratégico enfrentar el reto del hambre y la inseguridad alimentaria de la población en los próximos años, para cumplir con el objetivo de “hambre cero”. Recientemente se conformó el Consejo de Desarrollo Económico y Social, organismo que surgió de un acuerdo social de diversos sectores. El mismo tiene como prioridades definir políticas sociales y degeneración de empleo, así como, crear los cimientos de una reforma tributaria, del mercado laboral y de la política agraria.
Es obvio que Brasil juega un papel trascendente en la geopolítica de Estados Unidos. De ahí que la situación geográfica sea un objetivo estratégico para los intereses económicos de Estados Unidos. Brasil posee una riqueza en biodiversidad envidiable. El bosque tropical y húmedo genera 40 por ciento del oxígeno del planeta y posee además la quinta parte de la reserva hidrográfica mundial de agua dulce. No se olvide que ya se ha vaticinado por expertos que el agua será el arma estratégica del siglo XXI. Los requerimientos de agua se duplican cada 20 años por el crecimiento poblacional. De ahí el apetito obsesivo por los recursos acuíferos. El agua es un bien ya escaso y podría obtener tanto o más valor que el petróleo. El capital global requiere disponibilidad de agua per cápita alta. Brasil posee además, la biodiversidad más rica del planeta e inmensos recursos energéticos.
Uno de los grandes lastres con que tiene que confrontarse el gobierno del recién electo presidente Ignácio Lula da Silva, es la inmensa deuda pública interna y externa. La primera de US$ 239,240 millones de dólares (octubre 2002) significaba el 64 por ciento del PIB, su mayor valor histórico, según el BC del país.
La deuda externa que ya en el 2001 rebasaba los 213 mil millones de dólares, equivalía a 53.3 por ciento del PIB. Actualmente ronda los 250 mil millones de dólares. Esto hace vislumbrar que Brasil tendrá dificultades para honrar su deuda, si no recibe dinero fresco, que también tiene el riesgo de seguir elevando el volumen de la misma. Una devaluación continua del real sería fatal, porque encarecería el servicio de la deuda. Cerca del 40 por ciento de la misma está atada al dólar.
La desigualdad en la distribución de la renta es un obstáculo perverso y difícil de solventar en el corto plazo. En Brasil el 10 por ciento más rico de la población, goza de más del 50 por ciento de la riqueza. En el país de Pelé 100 familias opulentas controlan la economía carioca.
Un escenario posible es el que sigan las presiones del mercado transnacional financiero para crear una atmósfera ficticia crítica, de inseguridad comercial, monetaria y de incertidumbre bursátil. La inseguridad política puede ser producto de presiones financieras y de otro tipo. Las multinacionales pueden desalentar las inversiones. Bloquear el acceso a los mercados de capital empeoraría la situación y obstaculizaría los programas sociales. No es remoto que persistan y esto, se convierta, en el más severo enemigo de la gobernabilidad. Lula da Silva ha respondido con toda la seriedad del caso, y aseguró que Brasil será responsable con los compromisos adquiridos.
El saliente presidente Enrique Cardoso y el mismo Lula da Silva, se han opuesto al Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), por considerar que mientras el proteccionismo de Estados Unidos persista, toda negociación será en perjuicio de los países latinoamericanos. El mismo ha sido tildado de anexionista y subordinante. El ALCA responde al expansionismo del capitalismo actual, es el instrumento que EE.UU. necesita para librar la batalla de los tres megamercados: el del dólar lidereado por Estados Unidos, el del yen por Japón y el del euro encabezado por Alemania.
Las tendencias proteccionistas estadounidense se han incrementado de manera agresiva, imponiendo tarifas onerosas a la importación de acero (30 por ciento), a las de madera (27 por ciento). Los subsidios para la agricultura han aumentado en casi un 80 por ciento. Recientemente aplicó un arancel de 65 por ciento a las importaciones de miel provenientes de Argentina, lo que hizo fracasar a los productores que apostaron a la filosofía del “libre mercado”, cuando pretendían “invadir” el mercado estadounidense.
El ALCA no contiene la negociación de la libre circulación de los flujos de mano de obra. Este eje que fue central en las negociaciones de las 15 naciones europeas, es el gran ausente en los tratados subregionales del ALCA. En la UE los trabajadores de los países menos prósperos no han invadido a los más ricos. El presidente Fox, de México, ofreció la apertura de la frontera, Bush temeroso del costo político, ha dicho un rotundo “no” a la libre circulación de la fuerza laboral. El informe sobre Desarrollo Mundial 2000-2001, del BM subrayaba: “Las reformas comerciales adoptadas por los países pobres no han producido en general todos los beneficios que se podrían esperar, porque no han estado acompañadas de reformas semejantes en las naciones ricas”.
La reciente Ley de Seguridad Agrícola en EE.UU. (Farm Bill), proveerá subsidios de 190 mil millones de dólares a los productores agrícolas en los próximos 10 años. Los productores estadounidenses y europeos reciben subsidios promedio entre 21,000 y 16,000 dólares al año, mientras los productores agrarios de los países en desarrollo, tienen que “hacer de tripas corazón” con 400 dólares o menos al año.
Hay sobradas razones para suponer que Estados Unidos torpedee cualquier intento de fortalecimiento del Mercosur, y promueva la constitución del ALCA, eslabón importante para la hegemonía política y el control económico norteamericano en el continente. Brasil, así como los demás países latinoamericanos, está obligado a fortalecer el entorno legal y la gobernabilidad.
Si las cosas salen bien en Brasil, se convertirá en una esperanza para millones de miserables del planeta. Por ello está obligado a cambiar el rumbo de la historia, al ritmo de la samba, si es necesario. No basta la “brujería” de ser pentacampeones, se necesita también algo de “magia” para hacer sostenible el crecimiento económico, disminuir los niveles de pobreza y rezago social. Esto requiere afilar las armas económicas, construir consensos, alejarse de los dogmas y recobrar la confianza. En fin, crear condiciones para que la cosa pública camine, los mercados funcionen y prevalezca la transparencia económica.
A pesar de todo, hay chances para salir de la postración económica y la eterna deuda financiera y social que han dejado en gran medida los ajustes neoliberales. Brasil puede convertirse en un “milagro” económico de prosperidad y real justicia social, si se realizan reformas inteligentes y se aplican políticas económicas consistentes. Ignácio Lula da Silva está obligado a gobernar con responsabilidad, eficiencia y justicia. Las fuentes que lo llevaron al vértice del poder son populares y con ellas tiene también un gran compromiso. Sólo que el tiempo es corto, para desafíos tan extraordinarios.
El autor es doctor en Economía.
