LA DICTADURA NO PUEDE OCULTAR LA VERDAD

Hoy se cumplen

14
días

desde que nuestras instalaciones fueron tomadas y nuestro gerente general Juan Lorenzo Holmann fue detenido.

con las instalaciones tomadas y nuestro gerente general Juan Lorenzo Holmann detenido.

Managua, treinta años después

Félix Navarrete*

El veintitrés de diciembre se cumplen 30 años del terremoto que destruyó Managua, nuestra ciudad capital. Aquella medianoche fatídica, yo tenía ocho años, y las únicas imágenes que guardo son la de una inmensa bola de fuego que se apoderó por segundos del cielo oscuro, y se detuvo frente a mí, como si un pequeño planeta se hubiera extraviado de su órbita, dejando a su paso escombros, incendios, cenizas y los gritos aterradores de centenares de vecinos que morían entrampados en sus casas.

Sólo he visto esta imagen apocalíptica en el cine, ayudada por los efectos especiales. No sé si esa bola de fuego que vi en el cielo fue producida por los incendios que generaron los sismos, o fue fruto de mi infantil imaginación, pero lo cierto es que Managua, como una novia sifilítica, se nos fue de las manos en cuestión de segundos. Expiró en nuestros brazos, dejando un olor fétido en el ambiente y una eterna tristeza. Fue como haber vivido despierto una pesadilla que nos catapultaba hacia una realidad ingobernable. Por un momento me angustié pensando que el mundo terminaba allí, frente a mí, cuando apenas atravesaba el umbral de la razón y la inocencia, y me había encontrado en pijamas, con una almohada bajo el brazo.

La ciudad alegre y simpática que conocí a través de los ojos de mi padre y de mi abuela, cayó herida de muerte ante mis pies sin que no pudiera hacer nada más que llorar como un niño desconsolado a quien le han arrebatado de las manos su más preciado juguete.

Han pasado treinta años de esta catástrofe, y aún me siento huérfano de ciudad. Mi cordón umbilical fue cortado de raíz por el hacha de la catástrofe. Mi liga con el pasado, con mis ancestros, quedó perdida en los escombros de la ciudad. Mi ombligo quedó en el kilómetro cero de la capital, en el populoso Barrio Santo Domingo, corazón de la falla sísmica que terminó con la ciudad y sus recuerdos.

Me avergüenza decirlo, pero los nicaragüenses somos los únicos en Centroamérica que no tenemos una capital que nos enorgullezca. Somos huérfanos urbanos. A pesar de ser privilegiados por la naturaleza, hemos convertido un hermoso lago —que ya quisieran tener varias ciudades capitales— en una pieza escatológica inmunda, en un gigantesco depósito donde van a parar a diario las heces fecales, sin que haya alguien que nos llame la atención sobre este crimen cotidiano y deliberado de lesa humanidad. Por otra parte, tenemos un paisaje volcánico peculiar, envidiable, digno de convertirse en un pequeño paraíso de sueños, pero que ha quedado reducido a una tarjeta postal que se vende en el Instituto de Correos sin pena ni gloria.

Si usted ha tenido la oportunidad de observar Managua desde la ventanilla de un avión, se dará cuenta que está aterrizando en un feo pueblón asimétrico, con huellas habitables y leves características arquitectónicas, donde apenas un edificio, el Banco de América, se alza digno y solitario como un Ave Fénix en medio de los escombros. Luego se destacan rótulos comerciales de neón cobijando largas y dispersas hileras de casas y remedos de casas, que han crecido como hongos locos por los cuatro puntos cardinales de la ciudad.

Es decir, Managua es en la actualidad un rompecabezas sin armar. Si tuviéramos que organizar las piezas, no sabríamos por dónde comenzar. Lo único que podría decir es que las señalizaciones que indican nombres de barrios y ciudades, y la arquitectura de algunos centros comerciales recién construidos, emulando la urbanización y el tránsito de la ciudad de Miami, son burdos trasplantes que nos impiden buscar nuestro rostro.

La otra vez, quizás por un instinto de atavismo, manejé casi hipnotizado hasta el kilómetro cero de Managua, en busca de algún detalle que me conectara con la ciudad muerta. Busqué entre la tierra cuarteada por los sismos de hace treinta años, habitada ahora por otra gente que ha hecho sus viviendas de tablas y cartón. Me imaginé por un momento las casas y las calles de mi barrio, y de repente al alzar mis ojos al cielo, me topé asustado con el palo de coyol del patio, compañero de juego de mi infancia solitaria. De repente me sentí que estaba en casa, en la tierra que me vio nacer y donde me crié amando a esta ciudad perdida que aún busca un rostro.

* El autor es escritor y periodista nicaragüense.  

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