- La vida en pareja es de compartir… hasta las cuentas. ¿Pero qué ocurre cuando surgen
discusiones por el dinero y en virtud de ser compañeros somos competidores?
Irma y Enrique hacen las compras de alimentos para la casa cada sábado por la mañana, en el supermercado cercano a su domicilio, Las Brisas.
Fue en la última visita al supermercado, que la pareja tuvo su más reciente pelea. La razón: Irma decidió “alterar” la lista de compras, incluyendo entre lo necesario una cartera blanca que alegó necesita para combinarla con un par de sandalias que recibió de regalo en Navidad.
La bendita cartera no sería el eje del conflicto sino fuera porque Enrique alega hasta hoy, que a él le toca cubrir los gastos de la comida de la casa y a su esposa los servicios básicos, siendo los otros egresos, como ropa, accesorios y salidas familiares, algo que pagan alternadamente.
A Enrique le parece injusto tener que pagar por la cartera, mientras a Irma le parece una tacañería que repare en ese gasto que apenas equivale a 250 córdobas. Además resulta que según Irma con el acuerdo de división de gastos para el hogar, ella salió perdiendo, ya que el costo de los servicios básicos se ha “disparado” en los últimos meses, así que de acuerdo a su criterio, ella termina aportando más dinero a la casa.
Una de las causas más comunes de discusiones entre las parejas es el dinero. La sicóloga Marcia Castillo, directora del consultorio psicológico de la Universidad Centroamericana (UCA), explica que las relaciones de pareja son una realidad sumamente compleja, por distintas razones, pero las más importantes porque cuando dos personas se unen, se da la unión de dos historias, dos maneras de pensar, dos culturas e incluso niveles socioeconómicos distintos.
“Pueden haber muchas diferencias que puedan llevar al conflicto, en realidad los conflictos se generan porque son parte de la vida cotidiana, en general tenemos una posición errada del conflicto, tiene aspectos positivos y negativos, si tenemos disposición para resolverlos”.
Como la canción que está muy de moda del guatemalteco Ricardo Arjona, “El problema”, Castillo coincide con el cantautor en que el problema no es problema. “El problema no es quién gana más, es cómo lo asumo yo y cómo lo asume él”.
Esto re resume en que depende la solución del conflicto depende de la posición que tome cada quien. “En una pareja se van a producir conflictos y hay otros aspectos que intervienen, como las diferencias pueden venir de niveles de formación e instrucción educativa”, sostiene.
Con el paso de los años las mujeres hoy en día, en términos generales, acceden a mayores puestos de trabajo y esto ha cambiado la posición de los hombres y mujeres en los hogares.
“La dependencia económica es la situación más desagradable para cualquier persona porque hace falta la autonomía, ésta da la libertad de opinar más, tener decisión en cómo utilizar los recursos”, explica.
No todos los casos son iguales y por eso hay parejas que pueden llevar bien las diferencias económicas. Esto ocurre cuando se tiene una relación de colaboración y no de competencia.
Pareja y rivales
Las rivalidades entre parejas tienen como fondo problemas de inseguridad. “Se quiere compensar esa inseguridad por otros medios”, analiza la sicóloga.
Se puede competir en todos los terrenos, pero con un sentido motivador, no en el sentido de hacer sentir mal a la pareja. “Algunas personas suelen echar en cara a su compañero o compañera que él gana más o ella aporta más dinero en la casa”.
“En la historia de las mujeres eso es lo que ha ocurrido, el hombre usa el dinero como un instrumento de poder, se utiliza para tener el control de la relación y lo que hace la pareja”.
“La competencia mal sana es aquella en la que uno de los dos queda en desventaja. Hay que tomar en cuenta que cada uno tiene una posición distinta de poder, pero no superior ni inferior al otro”, concluye la especialista.
Poder adquisitivo
La magíster Ligia Arana, directora del programa de género de la UCA afirma que el aumento del poder adquisitivo de la mujer ha variado porque hay más participación en el ámbito público, pese a todas las desventajas, como por ejemplo que estudios demuestran que en funciones que desempeñan hombres y mujeres, ellas ganan hasta un 20 por ciento menos que ellos.
“El sistema patriarcal se ha transformado y eso nos pone en una mejor posición en relación a nuestras antepasadas.
Cuentas claras conservan matrimonios
Para orientar a las parejas sobre la mejor manera de utilizar su dinero, recurrimos a los expertos. La revista económica, Consumer, de España, en un reportaje sobre cómo pagar los gastos comunes, sugiere que cuando ambos miembros de la pareja trabajan fuera de casa, tengan tres cuentas distintas: una destinada para gastos comunes y las otras dos para uso exclusivo de cada miembro de la pareja.
La cuenta conjunta se alimenta de las otras dos y recibe de ellas un porcentaje mensual de los ingresos de cada cónyuge o una cantidad fija que acuerdan las partes. De esta manera, ambos asumen los gastos comunes, pero mantienen su independencia económica.
Para definir la cantidad que le toca aportar a cada uno a la cuenta común, deben considerarse qué gastos fijos que se compartirán como núcleo familiar, y puesto que los ingresos de las dos partes serán presumiblemente diferentes, cuánto habrá de depositar cada uno en la cuenta compartida, en función de lo que gana. También se puede optar por asumir al 50 por ciento de los gastos comunes: todo es válido mientras se trate de una decisión tomada por ambos.
Si una de las partes de la pareja no trabaja, conviene organizar de otra manera los gastos, tratando de que quien carece de ingresos no quede en situación de dependencia. Por ello, en un núcleo familiar con una sola fuente de ingresos la opción más habitual son las cuentas conjuntas.
Imprevistos
La vida familiar está llena de gastos imprevistos, y es importante prever el modo en que se organizarán las cuentas domésticas si las circunstancias varían. Con la llegada de niños, por ejemplo, la madre puede optar por dejar su trabajo temporalmente o por reducir durante un tiempo su jornada laboral, con lo que su nómina descenderá. Asimismo, pudiera suceder que uno de los dos pierda su empleo. En ambas situaciones y en alguna otra que la vida doméstica depara, la cuenta común verá descendidos los ingresos, por lo que habrá de preverse que mantenga el nivel suficiente para hacer frente a los gastos obligatorios.
Dime cuánto gastas…
La terapeuta Olivia Mellan afirma que existen personalidades monetarias. Sostiene que hay características que llevan al individuo a actuar de determinada forma frente al dinero. Según la llamada “ley de Mellan”, dos personalidades extremas se atraen. Sin embargo, cuando se juntan dos iguales, terminan polarizándose, con el fin de mantener el equilibrio.
Gastadores / Atesoradores:
Los primeros adoran gastar su dinero en ellos mismos o en el resto en forma espontánea e impulsiva. Odian la palabra “presupuesto”, los hace sentirse claustrofóbicos y controlados. Al contrario, prefieren el término “plan de gastos”. Creen que gastar el dinero es sinónimo de amor, felicidad, poder, libertad y autoestima.
Por el contrario, los atesoradores priorizan en las decisiones y nunca toman una sin haberlo pensado cuidadosamente. Pero lo más importante, es guardar para el futuro. Para ellos el ahorro significa seguridad. En cambio, cuando el gastador no compra, se siente ansioso.
Planificadores / Soñadores:
Los planificadores no están tan preocupados del ahorro como de invertir bien el dinero, por lo que se preocupan de hasta el último detalle antes de efectuar un gasto. Los soñadores, en cambio, no son gastadores impulsivos, pero sí se mueven en torno a grandes objetivos o, incluso, fantasías. Claro que para ellos es impensable sentarse a trazar un plan de acción concreto y realista. En el ámbito financiero, por ejemplo, no se fijan en detalles como cuánto interés están pagando en la tarjeta de crédito.
Permisivos / Preocupados:
El primero odia conversar los asuntos de dinero; el segundo, trata todos los aspectos de su vida monetaria y siempre está obsesionado de cuánto dinero tiene o necesita en determinado momento.
Fraile / Amasador:
Los llamados “frailes del dinero” creen que éste es sucio y corrompe a la gente, por lo tanto, no les interesa tenerlo ni manejarlo. El segundo, en cambio, define el concepto de sí mismo por cuánto dinero tiene. Su objetivo no es ahorrar para el futuro como los atesoradores, sino que —simplemente— invierten para tener cada vez más.
