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Se dice que unos 22 millones de personas en el mundo, en su mayoría niños y adolescentes, sufren en la actualidad algún tipo de esclavitud. Es difícil imaginar en pleno siglo XXI, semejante cantidad de seres humanos padeciendo cualquiera de las formas de esta despreciable práctica de sujeción del hombre por el hombre, que creíamos erradicada, y que de acuerdo a los historiadores, la iniciaron, cinco o seis mil años antes de Cristo, los sumerios, etnia belicosa que se estableció en el valle del Éufrates, la cual solía dar muerte a sus prisioneros de guerra, pero que más tarde comprendió que era mucho más productivo y beneficioso utilizarlos en las labores agrícolas.
Es probable que jamás podamos tener evidencia objetiva y dar seguimiento a estas cifras monumentales, recopiladas en su mayoría por organismos de derechos humanos y de protección a la niñez y la adolescencia, pero sí estamos en capacidad de documentar un caso en particular: el del niño paquistaní Iqbal Masih, cuyo estado de esclavitud fue descubierto en 1988, mientras trabajaba en una tejería, encadenado a una máquina con la cual hacía su parte en la fabricación de alfombras.
Cuatro años habían transcurrido desde que su padre lo había vendido por el equivalente a cuatro dólares, que sirvieron para costear parte de la boda de otro de sus hijos. A la edad de 8 años, Iqbal logró escapar de su cautiverio, convirtiéndose de inmediato en adalid de la lucha antiesclavista en su país. Su encanto personal y elocuencia, no pasaron inadvertidos para algunas instituciones humanitarias de Estados Unidos, país al que viajó para hablar en las escuelas acerca de la perversidad de la esclavitud. Su voz suave y convincente cautivó a los norteamericanos que le otorgaron el premio “jóvenes en acción”, patrocinado por la fundación Reabuck.
De regreso a su patria, en abril de 1995, mientras paseaba en su bicicleta el Domingo de Pascua, alguien le disparó y lo mató. Tenía entonces 12 años y su crimen, si es que lo hubo, fue decir la verdad en contra de la maldad. Su asesinato jamás ha sido esclarecido, pero su pequeña figura martirizada se convirtió en un símbolo de la lucha contra la esclavitud. Más de 3 mil niños fueron liberados en las tejerías paquistaníes y un boicot mundial redujo en 10 millones de dólares las exportaciones de alfombras de ese país.
Todo lo anterior nos muestra de forma indubitable, que esta lacra que durante siglos ha azotado a la humanidad y que ingenuamente suponíamos extirpada de nuestras sociedades, está vivita y coleando. Pero lo más preocupante es que para enfrentarla sólo contamos con algunas estadísticas y la apatía de algunos gobiernos, que no sólo la toleran sino que en ciertos casos la propician.
En Nicaragua no existe la esclavitud y que sepamos jamás ha existido, al menos en su forma tradicional. Nuestras ataduras son de naturaleza diferente. Vivimos esclavizados a la pobreza, a la corrupción, a la insensibilidad de agiotistas internacionales y a la codicia de compañías transnacionales que expolian sin compasión nuestros recursos. No obstante, vale la pena creer o soñar, que un día ocurrirá el milagro en que romperemos estos vínculos nefastos. Vale la pena también, recordar alguna vez, el ejemplo real del niño mártir Iqbal Masih, un nombre, un rostro, una víctima de la infamia, pero también, una historia verdaderamente conmovedora e inolvidable.
El autor es periodista.