Jorge Ramos Avalos
“La verdad tengo miedo. En las últimas 24 horas he escuchado más de la guerra —y a lo que podría llevarnos un ataque a Irak— y a cómo estar en alerta. La verdad estoy superestresado. Tengo familia, pienso mucho en mis hijas, en mi esposa, y en lo que podría pasar (durante un acto terrorista) si yo me encuentro en el trabajo y ellas en la escuela. ¿Qué es lo que has escuchado? ¿Qué es lo que pasa antes y después de la guerra?”
No tengo, desafortunadamente, ninguna información que pudiera tranquilizar a Isaac, quien me envió este correo electrónico. Sin embargo, su e-mail refleja la terrible ansiedad de millones que vivimos en Estados Unidos.
Nunca antes, en los 20 años que llevo viviendo en Estados Unidos, había percibido tanta incertidumbre e inquietud. Nunca. Las declaraciones del secretario de defensa estadounidense, Donald Rumsfeld, tampoco prometen calma. “Estamos entrando”, dijo Rumsfeld, “en uno de los ambientes de seguridad más peligrosos que haya conocido el mundo”.
Este ambiente de inseguridad surge, no sólo por lo que parece una guerra inminente contra Irak, sino también por la amenaza que representa Corea del Norte. Hace unos días George Tenet, el director de la CIA, advirtió que el gobierno de Kim Jong-Il tiene la capacidad de lanzar cohetes nucleares a Los Angeles, San Francisco y otras ciudades en la costa oeste de Estados Unidos.
La alerta de terrorismo color naranja, la segunda más grave, envió a familias enteras a las tiendas y ferreterías del país a comprar cintas adhesivas y plásticos para protegerse en caso de un ataque con gases venenosos. Lástima que el plástico no sirve para protegerse de ataques con las llamadas bombas sucias —que tienen la capacidad de esparcir materiales radioactivos— y que, nos dice el gobierno norteamericano, pudiera tener la organización Al-Kaeda, los mismos del 11 de septiembre.
Ver por la televisión que los principales edificios de Washington están rodeados de armamento antiaéreo y que sus policías llevan máscaras de gas no ayuda a calmar los nervios. Tampoco anima que los 535 miembros de ambas cámaras del congreso están tomando medidas de emergencia, como abastecerse de comida enlatada, agua y linternas. Y mi periódico local me explica cómo lavarme la cara en caso de un ataque químico.
Todo lo anterior —una guerra contra Irak, un ataque nuclear de Corea del Norte y actos terroristas dentro de Estados Unidos— está en el reino de lo posible y, quizás, de la especulación. Pero lo que sí es tangible —casi se puede tocar— es la división en el mundo debido al conflicto con Irak.
A EE.UU. se le acabó la paciencia. Ellos lo está viendo todo a través del prisma de su seguridad nacional y teniendo en mente los actos terroristas del 11 de septiembre del 2001. El argumento para iniciar la guerra es lineal: el primero en hacernos daño fue Osama bin Laden y el próximo pudiera ser Saddam Hussein. No van a esperar. Extender las inspecciones sería un “truco” más, según dijo Colin Powell. Punto.
Para el resto del mundo las cosas no son tan claras. Para Francia y Alemania, por ejemplo, las inspecciones en Irak sí están funcionando y hay que darles más tiempo. ¿Cuánto? Bueno, Francia ha propuesto una nueva reunión del Consejo de Seguridad de la ONU para el 14 de marzo. Dudo que Estados Unidos quiera esperar hasta entonces.
Esto ha dividido a los cinco miembros permanente del Consejo de Seguridad
—Estados Unidos e Inglaterra frente a Francia, Rusia y China— y a la misma OTAN. Por primera vez desde 1949 la principal alianza militar del mundo se dividió. Hubo que torcer muchos brazos antes que sus 19 miembros vencieran un veto de Francia, Bélgica y Alemania y decidieran enviar tropas de la OTAN a proteger a Turquía ante la eventualidad de una guerra. Con la ONU dividida y la OTAN fracturada el peligro de mayor intestabilidad a nivel internacional es patente.
Esto no es todo. La gente de Estados Unidos es la única que apoya la guerra. La última encuesta que leí (de CBS y The New York Times) indicaba que 66 de cada 100 norteamericanos están de acuerdo en atacar a Irak. Pero en esto los estadounidenses están solos. En ningún otro país del mundo —ni siquiera en Inglaterra— hay apoyo popular para una guerra. Ocho de cada diez europeos, según las encuestas, dicen no a la guerra.
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