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con las instalaciones tomadas y nuestro gerente general Juan Lorenzo Holmann detenido.

Durante quince años, el padre jesuita José Miguel Clemente ha conservado esta fotografía de monseñor Oscar Arnulfo Romero, convertida en postal durante el octavo aniversario de su martirio.

Jesuitas no olvidan a Oscar Arnulfo Romero

Hace 23 años, monseñor Romero fue asesinado mientras oficiaba misa Eduardo Marenco [email protected] Un día como hoy, hace veintitrés años, mientras oficiaba la Eucaristía, fue asesinado de un certero disparo a eso de las 6:25 de la tarde en la Capilla del Hospital La Divina Providencia, en San Salvador, El Salvador, monseñor Oscar Arnulfo Romero, […]

  • Hace 23 años, monseñor Romero fue asesinado mientras oficiaba misa

Eduardo Marenco [email protected]

Un día como hoy, hace veintitrés años, mientras oficiaba la Eucaristía, fue asesinado de un certero disparo a eso de las 6:25 de la tarde en la Capilla del Hospital La Divina Providencia, en San Salvador, El Salvador, monseñor Oscar Arnulfo Romero, el obispo que comprometió su vida con los pobres de su país, cuando éste se desangraba a las puertas de una guerra civil.

Quienes lo admiran no olvidan las imágenes de aquel 24 de marzo de 1980, cuando la televisión local reproducía una toma fija de unas monjas rodeando un cuerpo caído ante un altar.

“Vivió en una situación de mucha confrontación, tuvo la capacidad de estar en el corazón de los conflictos”, explica el sacerdote jesuita de origen hondureño, Germán Rosa Borjas, quien vivió largos años en El Salvador.

En ambos países se admira a monseñor Romero, considerado por miles de pobres, el “San Romero de América”, aun sin haber sido canonizado oficialmente, de la misma manera en que se le considera “mártir”, sin esperar los trámites protocolarios del Vaticano. En ambas naciones, para muchos es una tradición conmemorar la fecha de su asesinato, añade el padre José Miguel Clemente, también sacerdote jesuita.

Tímido y reservado, durante su niñez

Según sus biógrafos, Oscar Arnulfo Romero nació en Ciudad Barrios, San Miguel, el 15 de agosto de 1917. Desde pequeño, Romero fue conocido por su carácter tímido y reservado. A muy corta edad tuvo que interrumpir sus estudios debido a una grave enfermedad. Ingresa al Seminario Menor de San Miguel en 1931. Fue ordenado sacerdote en 1942; veinticuatro años después, en 1966, siendo ya monseñor, fue elegido Secretario de la Conferencia Episcopal de El Salvador.

Fue nombrado Obispo de la Diócesis de Santiago de María en diciembre de 1974. El contexto político se caracteriza sobre todo por una especial represión contra los campesinos organizados. En junio de 1975 se producen los hechos de Tres Calles: la Guardia Nacional asesina a 5 campesinos. Monseñor Romero llega a consolar a los familiares de las víctimas y a celebrar la misa. No hizo una denuncia pública de lo ocurrido, como le habían pedido algunos sectores, pero sí envió una dura carta al Presidente de la República.

El nombramiento de monseñor Romero como Arzobispo de San Salvador, el 23 de febrero de 1977, es una sorpresa negativa para el sector de la Iglesia inspirado en el Concilio Vaticano II y en la Conferencia de Obispos Latinoamericanos de Medellín, en 1968, quienes profesaban “una opción preferencial por los pobres”. Se esperaba que monseñor Romero actuara en consonancia con los grupos de poder.

El asesinato de Rutilio Grande

“Él sufrió una gran transformación en un país con una gran concentración de la riqueza en pocas familias, cuando su gran amigo, el padre Rutilio Grande, un sacerdote párroco de la Diócesis de monseñor Romero, fue asesinado el 12 de marzo de 1977, comenzando un proceso de conversión en monseñor Romero. Él tenía una sensibilidad especial por los pobres, pero el asesinato de su amigo, así como la espiral de violencia que se generó en el país, comenzaron a tener fruto en el interior del corazón de monseñor Romero”, explica el padre Borjas.

Añade que “hay una transformación que lo fue llevando a vivir con más radicalidad y cercanía de los dolores y sufrimientos de El Salvador. Fue un hombre profundamente solidario y humano como sacerdote”.

Sus biógrafos explican que la postura de Oscar Romero, cada vez más comprometida con el pueblo, comenzó a ser conocida y valorada por el contexto internacional: el 14 de febrero de 1978 fue nombrado Doctor Honoris Causa por la Universidad de Georgetown (EE.UU.); en 1979 fue nominado al Premio Nobel de la Paz y en febrero de 1980 fue investido Doctor Honoris Causa por la Universidad de Lovaina (Bélgica). En ese viaje a Europa visitó a Juan Pablo II en el Vaticano y le transmitió su inquietud ante la terrible situación que estaba viviendo su país.

El Salvador era entonces un país con profundas desigualdades sociales, una alta concentración de la tierra y riqueza en pocas familias, y vivía un conflicto interno avivado por movimientos guerrilleros insurgentes y la existencia de escuadrones de la muerte, grupos paramilitares vinculados al gobierno. En Nicaragua, la revolución triunfante, apoyaba a la insurgencia salvadoreña. De manera que el gobierno de Estados Unidos otorgó millones de dólares en ayuda militar al Ejército salvadoreño, para evitar “el efecto dominó” en Centroamérica. La Guerra Fría calentaba la región.

w Porqué asesinan

a Monseñor Romero

El sacerdote jesuita José Miguel Clemente, de origen español, lo ve así: “¿Por qué matan a Jesús dos mil años antes aproximadamente? Porque hay algo que se opone al camino del Evangelio, del Reino de Dios, que es parte del pecado, que se quiere ocultar, que quiere decir que el mundo es posible fuera del Reino de Dios, ese morir de Jesús, tiene mucho que ver con el morir de Romero, de manera que es muy significativo dónde lo matan, el lugar, el momento, y lo que está celebrando en ese momento, durante la Eucaristía”.

“Hay cinco millones de salvadoreños en un pañuelito de tierra de 20,000 kilómetros cuadrados, un obispo de la altura de Romero, no sólo tuvo la audacia de estar en el corazón del conflicto, sino que discernió sobre el corazón del problema, sirviendo como mediador del mismo problema”, explica por su parte el padre Rosa Borjas.

Añade que monseñor Romero “caminaba por El Salvador, se atrevía a recoger cadáveres de salvadoreños en un país en guerra y luego sabía escuchar el clamor del pueblo salvadoreño para luego darlo a conocer como voz del pueblo. Sus homilías eran una auténtica cátedra de realidad nacional porque recogía lo que ocurría en el país y lo iluminaba con la luz del Evangelio, comunicaba esperanza en los momentos más difíciles de la vida, de tal manera que él se convirtió en un líder carismático que paralizaba el país durante sus homilías. Siendo hombre, sacerdote y obispo, fue profeta. Denunciaba las grandes dificultades del país, las injusticias de años y décadas, la violencia institucionalizada, que se concretó en la Doctrina de Seguridad Nacional, que él denunció al decir que no era eso lo que quería Dios para el pueblo de El Salvador”.

Y recalca, “denunció la violencia con tanta valentía que al final lo apartaron del camino”.

w La memoria frente

al olvido

Hoy a las cinco y treinta de la tarde, en la Universidad Centroamericana (UCA), con la participación de rectores jesuitas de América Latina, incluido de la UCA de San Salvador, se realizará una peregrinación en el campus universitario y luego una misa, para conmemorar el 23 aniversario de la muerte de monseñor Romero.

“No podemos olvidar, estamos en tiempo de Cuaresma, estamos queriendo recoger la historia de la muerte y resurrección de Jesús… cuando se habla de él, se habla de una espiritualidad, Romero supo cómo descubrir a Dios en los pobres y los pobres cómo encontrar a Dios a través de esa Iglesia que está cercano a ellos”, explica el padre Clemente.

Y concluye, “eso lo pudo sintetizar en la Eucaristía, es el cuerpo y la sangre de Jesús, que se encarna en la realidad de hoy, que es una realidad del pueblo de El Salvador y Latinoamérica, y eso nos sigue dando vida”.

Su última homilía

La última homilía del 23 de marzo de 1980, un día antes que lo asesinaran, es una denuncia clara contra la violencia y la violación de los derechos humanos:

-“Yo quisiera hacer un llamamiento muy especial a los hombres del Ejército y en concreto a las bases de la Guardia Nacional, de la Policía, de los Cuarteles. Hermanos, son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos, y ante una orden de matar, debe prevalecer la Ley de Dios que dice “No Matar”. Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios”.

-“Una ley inmoral nadie tiene que cumplirla. Ya es tiempo de que recuperen su conciencia y obedezcan a su conciencia antes que a la orden del pecado. La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la Ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación, queremos que el gobierno tome en serio, que de nada sirven las reformas tan temidas con tanta sangre; en nombre de Dios pues, en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el Cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno, en nombre de Dios: cese la represión”, dijo monseñor Romero.

-El padre jesuita Germán Borjas, señala que “esa capacidad de decir verdad no fue tolerada, los que escucharon esa homilía, no fueron capaces de soportar la fuerza de la verdad que tenían las palabras de monseñor Romero”. Así se ganó su sentencia a muerte.  

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