Thelma de Prego
Término de moda. En primera plana cuando se habla del Congreso Mesoamericano de Áreas Protegidas. Tema de “apremiante actualidad”. Cada vez más se habla de recursos naturales, bosques, especies en extinción, acuíferos y fuentes. Sobre todo de agua (bendita agua de Dios, pero ya también en extinción).
Antaño en Nicaragua esos recursos estaban en manos de gente que amaba su terruño y lo conservaba de abuelo a padre, de padre a hijo que la amaban entrañablemente. Ahí nacían, vivían y morían; enterraban sus difuntos y sus ombligos. Nadie ni nada los sacaba de su heredad. Un árbol se conservaba de forma invariable. No se dañaba el bosque, sus veredas, monos y oropéndolas. Todo era reliquia: ojos de agua, esteros, quebradas, pozas, el río serpenteante y sus cascadas. Todo era humedad, montañas y verdor.
Hoy eso es historia patria del siglo pasado. Las tierras arrebatadas pasaron a manos de ignorantes e irresponsables depredadores, negociantes y traficantes de madera, destructores de la naturaleza. Si Nicaragua cobrara por la producción de oxígeno —por el poquito que proporcionamos al mundo, con lo que aún no destruimos— no necesitáramos pedir limosna, ni condonaciones, ni préstamos.
Poco falta para empezar a morirnos de sed (baste preguntar en los otrora verdes Boaco, Matagalpa y Juigalpa). Se precisa de una campaña educativa a todo nivel y en todo el territorio. Que todos y cada uno de los nicaragüenses entendamos la importancia de la conservación del medio ambiente y que el juicio final lo estamos ejecutando nosotros mismos con el calentamiento cada vez mayor del planeta, la extinción de bosques, agua y oxígeno.
Si se consiguieran incentivos y fondos por la conservación de la naturaleza, por la reforestación, por conservar especies en extinción, Nicaragua mitigaría la pobreza y contribuiría a postergar en el universo el día del juicio final.