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desde que nuestras instalaciones fueron tomadas y nuestro gerente general Juan Lorenzo Holmann fue detenido.

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La Virgen de Fátima ayer, hoy y siempre

Rafael Ibarguren

“El trece de mayo en Cova de Iría bajó de los cielos la Virgen María”.

Eso que en las iglesias y procesiones marianas se canta con candor y entusiasmo, evoca uno de los acontecimientos más importantes del siglo XX: las seis apariciones de la Virgen a tres niños en Fátima, Portugal, en el año 1917. Baste citar, para dar fuerza a lo dicho, que el Papa Juan Pablo II ya visitó tres veces durante su pontificado el Santuario de Fátima, y que en el Año Jubilar 2000 beatificó a los videntes Jacinta y a Francisco, proponiéndolos como modelos para la Iglesia universal.

Las circunstancias en que se dieron esas apariciones a inicios del siglo pasado, tienen profundas analogías e importantes diferencias con las de los días actuales.

En aquel entonces, la Primera Guerra Mundial rugía en Europa y en otras partes del globo. Hoy no azota un conflicto específicamente mundial, pero se cuentan por decenas las guerras y guerrillas localizadas que siembran el dolor y la muerte.

El laicismo y el ateísmo era ostentado por muchos Estados dichos “civilizados” de entonces. Actualmente, los gobiernos y las instituciones no se ufanan de su irreligión como hace un siglo atrás, pero van penetrando insidiosamente en los más diversos países del Occidente y del mundo, ideas, leyes y costumbres atentatorias a los derechos más elementales, como el derecho a la vida humana desde su concepción en el vientre materno hasta el momento en que Dios la llama; o al de constituir una familia según los cánones de la moral natural y cristiana.

En la aurora del tercer milenio, un punto importante, en cambio, me parece fundamentalmente diferente del tiempo de las revelaciones de Fátima. Es la fuerza y el prestigio que tiene la Iglesia. Pienso que, por la gracia de Dios, es mucho mayor.

Es un hecho incontestable —aceptado incluso por los no cristianos— que el Papa peregrino ha contribuido con sus casi cien viajes alrededor del mundo a cimentar la fe, a revivir la esperanza y a consolidar los lazos del amor entre las naciones y los individuos.

La prodigiosa cantidad de canonizaciones y de beatificaciones que Juan Pablo II realiza, dan a la Iglesia una vitalidad asombrosa, pues queda patente para el mundo secularizado el valor del testimonio de tantas y tantas almas. Gran parte de los que son puestos como ejemplos, son santos o mártires del siglo XX.

La Iglesia Católica se ha visto también enriquecida en los cinco continentes y especialmente en países que otrora se llamaban “de misión”. A inicios del siglo pasado, en Europa —y un tanto en América Latina— se contaba la inmensa mayoría de la jerarquía. Hoy, la presencia de cardenales, obispos y sacerdotes autóctonos de los diversos países, culturas y razas, ha proyectado la catolicidad de forma notable.

Y el laicado, ese gigante dormido, se va despertando; se le mira más organizado, más presente, más actuante.

Este es el Año Misionero, el Año del Rosario. Es un tiempo en que se dan a luz documentos del Magisterio que bien se pueden llamar proféticos, como la última encíclica sobre la Eucaristía, o la reciente Carta Pastoral del Cardenal Arzobispo sobre la Misión.

Son estos signos de los tiempos de un renacer de la fe que animan y comprometen.

Pero no hay que engañarse. No hay que tranquilizarse con las diferencias ni desanimarse con las analogías. En 1917 como en 2003 el mensaje de Fátima tiene la mismísima actualidad… ¡Si es que no la tiene más hoy!

Es que la médula del Mensaje de Cova de Iría no es diferente de lo que es esencial en el Evangelio: conversión, oración y penitencia. En las apariciones de Guadalupe, de Lourdes, de Fátima o de Cuapa (para citar las más conocidas) resuena el mismo timbre de las palabras que dijo María a los servidores de la boda en Caná de Galilea: “Hagan lo que Él les diga”.

En un mundo en crisis, o en la más idílica de las situaciones que nuestra imaginación pueda concebir, una perenne máxima fundamental competirá a los bautizados: renunciar al pecado y hacer la voluntad de Dios.

Eso es lo que pide a la humanidad la Madre de Dios en Fátima. Su mensaje tiene, pues, palpitante vigencia. Y la tendrá siempre.

El autor es miembro de la Asociación de Fieles de Derecho Pontificio “Heraldos del Evangelio”.  

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